lunes, 16 de abril de 2012

LA MONTAÑA SIEMPRE MIRA A LOS OJOS

Rogelio es mi amigo. Con él voy a la montaña y a menudo compartimos habitación. Me gusta porque es tranquilo, educado y no ronca, pero sobre todo porque antes de que nos durmamos me cuenta historias.
Rogelio no inventa nada, tampoco repite historias aprendidas, simplemente derrama en el silencio de la habitación momentos de su vida. Pero a mí me gusta lo que me cuenta, porque como coincide con el mismo tiempo en el que yo he vivido y algunas de sus historias se aproximan tanto a las mías, es como si me contaran mi propia historia. Pedacitos de vida, momentos lejanos pero muy próximos aún, que relajan los músculos y abren la puerta al sueño.
Anoche me contó que cuando tenía 16 años, había acabado formación profesional, yendo y viniendo a la capital en el coche de línea cuando reunía dinero para ello, y cuando no en auto-stop. Y fue entonces cuando su padre le dijo mirándole a los ojos: Rogelio, ya eres mayor, en casa hay muchas bocas que tapar, es el momento de que hagas algo por tu cuenta.
Rogelio hizo su pequeña maleta, se puso el traje de los domingos, metió en una carpeta el título de formación profesional y en el bolsillo los ahorros que tenía más unos duros que le dio su madre, y partió para Valencia. A Valencia porque era la ciudad más próxima donde había fábricas de cosas químicas, no por otra cosa. Abrazó a sus padres y a sus hermanos y cogió el tren regional. Cinco horas de viaje le dieron tiempo para despedirse de su tierra mientras la dejaba atrás. Era la primera vez que salía de ella.
Al llegar buscó una pensión barata, se instaló, y a partir del día siguiente desgastó las suelas de sus zapatos de domingo en buscar empresas a las que ofrecer sus servicios.
En la mayoría no querían recibirle, pero él insistía e insistía y al final todos le escuchaban. Enseñaba el diploma, decía lo que sabía hacer, pero sobre todo a lo que estaba dispuesto: a trabajar.
Fueron más de quince días. Más de un centenar de lugares los que visitó y otras tantas entrevistas. Empezó por entrar sólo en las que tenían que ver con lo que había aprendido, pero luego entraba en casi todos los sitios que tenían puerta. Un polígono industrial tras otro hasta casi quedarse sin dinero para pagar donde dormía. De la comida ni se acordaba.
Rogelio recuerda la descarga de adrenalina que sufrió el día que un hombre de edad mediana que se parapetaba tras unas gafas de cristal grueso le dijo mirándole fijamente: muchacho, tú mereces que alguien te ayude. Vente mañana que vas a trabajar aquí.
Para mayor suerte, era una empresa de productos químicos, donde el jefe de laboratorio, a pocos años de retirarse a descansar, le enseñó todo lo que sabía. Un máster de los que no ofrece ninguna universidad.
Después de varios años pasó a otra empresa, y luego a otra en la que también participó como propietario; donde actualmente dirige el laboratorio. En total 47 años de nada…
Al final, ya entredormidos los dos, me dijo: te cuento esto porque mi hijo, que es ingeniero industrial, me pidió antes de venirme de viaje que pasara por su casa. Me dijo que le han despedido porque ha cerrado la empresa y que no sabe si irse a Inglaterra a aprender bien inglés mientras le dura el paro. Mientras me lo decía estaba echado sobre la cama deshecha y jugueteaba con un aparato de esos que funcionan toqueteando la pantalla. Casi no me miró a los ojos. También me preguntó, bueno, me dijo, que si algún mes le faltaba algo si podía pedirme para pagar la hipoteca.
Me dieron ganas de llorar, pero no por mí sino por él. Le dije que sí, le di un beso y me vine a la excursión.
Cada vez me gusta más venir a la montaña, creo que cuando no tenga que trabajar me vendré aquí para siempre. La montaña siempre mira a los ojos, como mi padre.

DESPUÉS DE LEER A HOUELLEBECQ

Qué se puede esperar de una sociedad, y de los seres que la forman, que ha propiciado el desarrollo de un sistema económico y social como el capitalismo, mientras que ha hecho fracasar otros más solidarios, racionales y acordes con el entorno en el que vive.
Nada.
Si esta y sólo esta es la forma en que podemos permitirnos convivir, queda claro que caminamos lenta pero decididamente hacia la destrucción de lo que nos soporta – el planeta – y por ende del hombre como especie dominante.
Es el fin del Holoceno y el comienzo del Antropoceno. También el momento culminante de una nueva especie, el “homo estúpidus”. Insolidario y enemigo de sí mismo.

lunes, 2 de abril de 2012

Abril, cimas mil

El recuerdo de este fin de semana no está escrito con la intención de suscitar envidias, aunque presumo que no va a ser posible evitarlas.
El viernes de “dólares” lo respetamos, nadie prueba la carne hasta pasada la media noche. El pulpo (de Manu) y las tostas, mejor las segundas, nos ayudan un poquito a ello. El camino es largo y el cirio corto, que dice el refrán con sabiduría.

Nos vamos a dar trabajo a una antigua posada, donde descansaban y hacían trueque los pastores de la trashumancia. El dueño, un yupi desencantado, nos asegura que está en vísperas de un “tsunami centromesetario”; a continuación, el citado fantasma huye, quizá en busca de una sábana con que recibir lo que se le viene encima (o debajo, que nunca se sabe).

Poco después de acabar la cena, sólo recordaremos los postres y al multidisciplinar siervo que nos atiende, que lo mismo plancha un huevo que fríe una corbata.

Para decepción del profeta-meteorólogo y confirmación de nuestras dudas, el esperado acontecimiento se hace esperar, así es que entretenemos la noche identificando galaxias sobre un puente de aguas calmas.

Pero el “raro vino” comienza a dar sus frutos. Y alguien confunde la luz intermitente de una alarma con el reclamo de un club nocturno; otros se conforman con no jugarse nada a la siete y media (mal empezamos).

Apenas un sueño de por medio y el sábado nos inyecta algo terminado en “ina” que nos encamina ilusionados hacia la Laguna Negra y el nacimiento del Duero.
La primera parte del camino hacia estos bellos parajes es facil de seguir por el reguero de "clinex"; por suerte pronto comenzamos un estimulante aprendizaje típico de montañeros avezados: aprendemos a ponernos y quitarnos los crampones, a utilizar el culo de una forma diferente a la que conocíamos hasta ahora, a identificar el punto G-eodésico y a partir de él llegar juntos a la “cima”, y muchas cosas más que es complicado resumir.

A la vuelta, hay incluso quien imita con éxito a Tarzán-ito (por aquello de la liana y tal), por suerte sin consecuencias.

Un “mazizo”, abandona a su amada y se lanza al rescate del maltrecho individuo, salvando(me) del vacío; quien sabe si también de ser pacto de las truchas; todo ante la sorprendida mirada de nuestra "Reina Mora", que el susto había dejado petrificada, y a la que hay que agradecer su "atención" al evento.

[Yo, que tenía tan definida mi sexualidad (o al menos eso me creía), dedico desde entonces todos mis sueños y mis fantasías al valeroso salvador. Todavía no sé cómo voy a confesar esto a mi madre, va a ser un golpe para ella difícil de superar.]

Pero el grupo sale muy unido de cada dificultad, hasta nos hacemos fotos y hablamos…

La Laguna Negra no es negra, el nacimiento del Duero se limita a un “chorrito” al que allí reza que rindió homenaje un alcalde de Oporto. El pico de Urbión está decorado con una imagen religiosa del "líder" de la misma, representando su agonía (más bien de su muerte). Se empeñan siempre en ello, como si el hombre no hubiera tenido buenos momentos...  ¡Qué le vamos a hacer!

Y, por último, el (o los) picos de Urbión, nos sorprenden con su morfología geológica (esto que acabo de escribir no tengo ni puta idea de lo que quiere decir, pero no me negaréis que está guay).

La tarde noche va de catedrales, que no sólo de montañas vive el grupo. Guiados por la prudencia culta y dulce de Ana, penetramos (siempre que utilizo este verbo me cuesta acabar la “oración”) en la cultura Orogonesa,  lo que nos da gran satisfacción y placer. Repito, esto va sólo de cultura ¿vale?, aunque ya sé que no me va a creer nadie; será que tampoco yo me lo creo.

La cena del segundo día: discreta; al son de la tamborrada procesional. Luego ya toca volver a disfrutar del circuito de los Ónix en el “sorprendente” hotel del señor de los chorizos, Mirador del Moncayo. El que me toca (el ónix) es mexicano, extraído a 2500 m de altitud, decora un excelente lugar apropiado para jugar al pádel o a cualquier otra cosa más que para cagar que es a lo que está básicamente destinado; lástima que no he traído lo necesario para su mejor aprovechamiento. Me temo que no podré jugar a nada…

El cansancio acorta la noche: sueño con mi salvador y echo de menos los dados y el mentiroso. Una decepcionante seguridad para quien comparte conmigo el sueño.

Al día siguiente nos alejamos del lujo sibarítico y trasnochado poniendo los ojos en el Mon-yayo. Suave cima que cubrimos sin dificultad gracias a la protección de Francesc I de Torís.

Desde allá en lo alto, el paisaje es tan amplio que no parece tener fronteras, pero esas descripciones las dejaré para Almerich… zapatero a tus zapatos. No vayamos a cagarla ahora que vamos tan bien.

Un malentendido y media hora de nada de despiste, nos acercan  de nuevo al clímax y a la autodestrucción. Finalmente la resignación y el respeto al libre albedrío se imponen, y el grupo se dirige más cohesionado que nunca a hacer votos en un monasterio cercano, patrimonio de la humanidad cuando ésta todavía existía.

Sublime hallazgo al que nos dirige una vez más esa maravillosa aparición que ha sido Ana.

Ya en tierras bilbilitanas, nos despedimos varias veces (si es que no queremos…), y nos vamos “a contar mentiras tralará…” para no variar, e intentar hacer más atractiva la próxima salida.

Gracias a todos, también a los “Tonis”, pero sin Miky.

Hay momentos que no se olvidan. ;-)

[30-31 mar y 1 abr 2012.]

El Guerrero “sin” Antifaz

martes, 6 de marzo de 2012

Persiguiendo a Ulyses por el Olimpo


[La célula disidente de un grupo expedicionario próximo al ejército clandestino de PV (léase Pancho Villa), llega a la antigua Grecia con el objetivo secreto de tomar el Olimpo, aprovechando las fiestas de Carnaval.]

Hemos elegido cuidadosamente la estación, el mes y el día, para que el viaje sea un disfrutado fracaso; y como tal nos aprestamos a vivirlo.

Para entrenamiento de nuestros sueños mitológicos, nada más iniciar el viaje, un pasaporte toma prestadas las alas de Pegaso y vuela delante de nuestras narices rumbo a un paraíso fiscal.

Gracias a la rápida reacción de la policía se le captura escondido en un aparato listo para despegar hacia Suiza.

Pero eso no consigue mermar nuestros ánimos, así es que decidimos perseguir a Ulyses, guiados por un GPS, que (¡Horror!) ha programado en secreto el traidor minotauro (el del laberinto), para que nos aleje del Olimpo, con una u otra escusa placentera.

Encandilados por sus mensajes, partimos a catalogar varios centenares de piedras milenarias (grande, pequeña; yin-yang). Poco después nos dirigimos hacia el sur a pedir consejo a las sirenas y, de paso, comer pescaíto frito; lástima que intervenga el dios del fuego y nos lo sirvan casi carbonizado.

Morfeo nos alcanza junto al Egeo dándonos un respiro. Al despertar nos trasladamos a teatros desgastados por las obras de Eurípides, Sófocles y Esquilo, pero Efevo se chiva y no dura mucho el sueño.

Rumbo de nuevo hacia el norte, el malvado GPS se afana en retorcer la carretera entre las abundantes montañas del Peloponeso que, de entrada, nos obsequian con una pasarela de más de un metro de nieve a uno y otro lado, lo que condiciona la llegada al siguiente destino. El frío nos traspasa los huesos y nos deja una risa nerviosa y perenne, gracias a la cual, interpretada como gesto de buena vecindad mediterránea, encontramos donde dormir, aunque sólo por una noche.

A la mañana siguiente, tomamos un coqueto tren cremallera para subir no sé dónde, que luego resulta que baja (¡Ay Penélope, Penélope!, que no queremos desposarte, no seas cruel con nosotros).

Como tenemos aún “in mente” el sabor carbonizado del pescaito, probamos ahora con la carne y con los dulces. Pero “Arkinano” el dios de la cocina, ha puesto en ellos leche del centauro Quirón, lo que hace que sucumba el primero de los guerreros, a causa de sus debilidades terrenas.

La noche se hace larga en el nuevo laberinto que nos pone ahora a prueba. Desde lo alto, Casiopea, las Osas y Pegaso obligan a que el ahora “guerrerito” (tirando a “piltrafilla”) devuelva todo lo que se comió, mientras contemplan a los demás, desconcertados, errantes y sorprendidos de no encontrar vida en tan largo tramo. Buscamos desesperadamente un oráculo.

Pero el GPS (nuevo dios de la tecnología) que no descansa, retuerce aún más si cabe la ruta obligándonos a esquivar vacas sagradas, saltar sobre los corderos bíblicos y apartarnos de los derrumbes de unas montañas por las que nadie, desde el emperador Adriano, había transitado. Sesenta kilómetros en 4 horas es… ¡Todo un record! (las tortugas nos adelantaban por la izquierda).

Todo esto añadido a tener que superar a cada paso la dificultad de un alfabeto alejado del que nos dejaron los fenicios, no siempre traducido igual y con profusión de repetición de nombres. ¡Por Júpiter! la torre de Babel ha venido también a nosotros.

No contentos con esta estratagema, los dioses, aprovechando la turbación del grupo, se afanan en esconder nuestras pertenencias. Ya en los armarios de los hoteles, ya en cualquier hueco que encuentra a nuestro paso.

Así las cosas, por democracia directa y tras varias horas de deliberación, decidimos ir a meditar (de ayuno hemos cumplido sobradamente) a los monasterios de Meteora, para ver de apaciguar estas iras tan perversas; pero el resultado es pobre y breve. ¡Tenemos una ensalada de dioses!. Parece que éste (el de Meteora) no tiene mucho que ver con los que antaño dominaron estas tierras, y que aún siguen presentes.

Apenas recuperados de estos contratiempos, el grupo sufre un ataque “brutal”; máscaras y drag-queens se precipitan sobre la noche ayudadas por la fuerza de Eolo (alguien abrió el odre de los vientos mientras dormíamos), y sus compinches los nuevos dioses de la lluvia (goretex) y la nieve (yeti), hacen que, de nuevo, tengamos que emprender la huida hacia el sur.

Un “casto sueño” nos revela el paradero donde se encuentra lo que los dioses nos han ido escondiendo por el camino, y el GPS nos da un pequeño respiro; a decir verdad, demasiado pequeño. De no ser así, ¿quién sabe dónde podríamos haber recalado? Quizás en Verjoyans, si es que no estamos ya allí a juzgar por el frío que hace; que no hay que infravalorar los poderes de estos inmortales.

Así las cosas, volvemos a las cariátides con musaka y al cafetín de Plaka, no sin que, aquí también, se nos hielen todas las puntas del esqueleto, partes blandas y cartílagos incluidos.

La nieve y varias jaurías errantes están esperándonos junto al Partenón (¡es que no descansan…!). No quieren desaprovechar la ocasión “única” de obligarnos a huir. Digo única, porque toda Grecia sabe ya que somos los “únicos” extranjeros en este momento en el país.

Pero ellos, ni el país ni sus habitantes, se merecen el “brutal” clima que ahora tienen (el atmosférico tampoco, menos cuando estamos al final del invierno). Si ha sido por nosotros podrían habérselo ahorrado…

No hemos encontrado a Dyonisos en su templo y nuestro “guía” (GPS) ha sido confundido por los cantos de las sirenas de las montañas.

No han entendido que hemos venido en son de paz… Aunque, quién sabe si nos han confundido con Alsacianos, Renanos, por la talla de algunos de nosotros, o Sajones (aquí no se me ocurre nada que se pueda escribir… siguiendo criterios de decencia).

Así las cosas, y puesto que “Kronos” no para nunca, optamos por volver (VOLANDO), deslizándonos poco a poco hacia el oeste de nuestro “mar de siempre”, sin dejar de sufrir hasta el último momento el ataque despiadado de “Alta-la-maya” (la diosa del escondite) y sus cómplices.

Como castigo, dejamos al malvado GPS haciendo penitencia y espinando sus culpas en el parking de un solitario aeropuerto. Pero  lo recibimos después con gusto tras su arrepentimiento y una vez cumplida la penitencia.

¡Volveremos! (no es una amenaza)… a llamar a la puerta de los dioses del Olimpo, pero antes nos aseguraremos que han entendido que es una visita “amiga”.

El viaje nos deja un recuerdo inolvidable de ayuno y castidad, también un “Master en piedras” y grandes dosis de cultura, de amistad, de buena gente, de solidaridad, de fuerza para superar las adversidades; y como siempre de enseñanzas humanas.

Hemos aprendido a esquivar vacas sagradas en la carretera, a cómo insultar a un GPS (¡Caldoso!), también a ignorarlo (gracias a lo cual logramos volver), a conducir haciendo lo contrario de lo que dicen las señales de tráfico, para no desentonar con los nativos, a pedir descuento en los tickets con el carnet de la “Internasional Federasion de Montain” (y conseguirlo), y hasta hemos aprendido que los viajes son una escusa para poder después contarlos ¡Como todo! (bueno, casi todo).

[A Estelia, Josep y Caesar: Thanks “I miss you”]



NOTA: Traducción del griego realizada por “Pericles el de los palotes”©

miércoles, 1 de febrero de 2012

Vielha amb neu

Alguien nos cargó de energía hasta más allá de la antigua Tarraco (a saber hasta dónde nos hubiera llevado de ir en bicicleta), donde rendimos homenaje a los calçots de Perafort, y un poco a unos caracoles a los que habían hecho renunciar a los cuernos; sin duda cosa de alguna iglesia, pues son la esencia de las emociones que contienen la “x”; me refiero a los cuernos no a los caracoles.
Allí, abrazados, enseñamos los dientes por primera vez, para inmortalizarnos entre el tizne que chorrea por aquí y el vino que chorrea por allá. ¡Menudo chorreo que llevábamos!
Volvimos zigzagueando a los coches y acertamos, primero con la llave y después a seguir el camino "correcto" (nada de ir a Zaragoza o a La Coruña). Aun así, habíamos perdido el miedo a soplar.
El otro coche llegó antes a destino, porque a Pepe en estos eventos lo que se le pone rígido es el pie derecho, situación en la que se encuentra como pez en el agua. Pero aún así, tampoco nos sacó tanto, porque no era yo quien conducía en ese tramo, y eso se nota.
El resto de la noche lo tengo en blanco; apenas recuerdo los abrazos de bienvenida, unas partidas al futbolín en las que Bernabé puso cordura defendiendo el pase lateral, con cuya estrategia conseguimos vencer a los franceses con más contundencia que en 1808; y, ya a media noche, mi caída libre desde la litera hasta los pies de la cama de Pepe, sin otro objetivo que vaciar la vejiga. El error: hacerlo sin parapente (tampoco había escalera).
El sábado se presentó espectacular, y todos los objetivos “deportivos” se cubrieron sin excepción, dejando la tarde noche para la bioalquimia. Me refiero al proceso que hace que las hormonas, bulliendo desesperadamente, se transformen en jugos gástricos, con necesidad imperiosa de ser neutralizados (con su ácido clorhídríco y todo). Un descubrimiento que, por antinatural, pronto será motivo para un nuevo Nobel.
Ni la colaboración de Dionisos y Baco “a full time” logró que cambiara lo más mínimo el proceso anterior. Pasada la medianoche, la calle continuaba regalándonos una nevada suave y discontinua, muy propicia para inmortalizar risas, sonrisas y resignaciones. Y para postre, más futbolín con gin-tónic, chocolate negro, bombones, chupitos y todos los calmantes legales que contribuían a alejarnos del normal comportamiento de la especie.
No tengo la más mínima duda. Si no practicamos más, vamos hacia una extinción súbita. ¡Qué ejemplo más pobre estamos dando como sociedad culta y desarrollada!. Lo que no tengo claro es quién nos puede sustituir… ¿los primates? no. Umm! posiblemente los cerdos (me refiero a esos privilegiados de la media hora); y es que no es lo mismo media hora que 10, 12 ó como mucho 20 segundos. Qué mal se hizo esto; claro, en seis días qué podemos esperar… pues sin ir más lejos yo mismo soy una víctima de esas prisas.
El domingo continuó nevando y los coches estaban ya enterrados en la nieve. Así es que nos pusimos palas a la obra y, siguiendo los consejos de Bernabé (que ahora comienza a dar frutos), conseguimos sacar los dichosos cacharros a la carretera.
Desde allí, con la frustración de no haber podido disfrutar más del mágico polvo blanco (qué mente la mía, quiero decir de la nieve), chano chano, cogimos carretera y manta hasta encontrarnos con unos pocos en el asador de Flix.
Finalmente partimos vía aeropuerto de Castellón (muy concurrido a esa hora... por los camiones que no quieren pagar peaje), con la alegría de la resaca y alegremente resignados, quizá porque en lo más profundo de nuestro estómago (pues pensamos con el estómago, si no no se entiende…) ya estábamos acariciando la siguiente salida. En la que ni la esperanza ni la ilusión nos van a faltar.
Después de esto espero que… ¡amigos! ¿No?.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Todo un logro... SANITARIO

Han abierto una tienda de Mac en la calle Colón. Fue el sábado, o sea antesdeayer, y yo pasé anoche sobre las 8 y media de la tarde aunque, a punto de alcanzar el solsticio de invierno, ya era más que de noche.
La tienda ocupa un edificio recién restaurado, frente a unos grandes almacenes. Estaba a rebosar de gente que tocaba y tocaba las pantallas de los diferentes “i’s”.

Yo saludo con agrado los logros tecnológicos, pero desde que aparecieron las pantallas táctiles mucho más. Sí, a las pantallas táctiles les estoy enormemente agradecido. Y explicaré porqué.

El ser humano, casi en general, tiene necesidad de hacer cosas con los dedos y desde que los trabajos son menos manuales había un déficit importante en ese sentido. Por ello, los ocupaba en pequeñas labores que no beneficiaban demasiado a la salud. A saber: sacarse mocos, quitarse legañas, hurgarse en los oídos, apartarse las boceras de las comisuras de los labios, limpiarse las uñas; incluso, a veces, hasta otros menesteres por debajo de los pantalones (o quien sabe si también la falda), tanto por delante como por detrás.

Esto ahora ha quedado (casi) totalmente eliminado, al menos a la vista de los demás.

Ahora se toquetean sin descanso las pantallas táctiles de los móviles, de las tabletas (¿se llaman así?) o de cualquier artilugio que se tiene a mano (que siempre se tiene alguno); se hace mientras se espera que el semáforo se ponga verde, entre cliente y cliente, en la cola del supermercado, o del banco, o del lugar que sea. Incluso andando por la calle, ¿por qué no?. Y esto es bueno para la salud, sobre todo si la profesión de la persona que entretiene así los dedos está relacionada con la hostelería o directamente con la sanidad.

Sí, señoras y señores, un gran logro de la tecnología en beneficio de la sanidad al que quiero rendir homenaje.


lunes, 24 de octubre de 2011

La tardor del ruiseñor (Mas de Roncales)

Llegamos a borbotones 24 primaveras a compartir la alegría del recibimiento. En el grupo, como ya es habitual, las mujeres doblaban a los hombres (quiero decir que había más, que no haya confusión, pues de momento es sólo eso); yo lo atribuyo a que el fútbol femenino no ha cuajado en el país (o qué sé yo ahora…).

El ambiente: muy bueno, gracias a la cerveza y al vermú de Aragón.

Como primera etapa, Maribel nos situó, ayudada por una proyección de plantas, árboles y setas, tan buena que incluso nos abrió el apetito. Aprendimos a diferenciar los colores: verde, marrón, azul, rojo y algún otro. Lo de arriba y abajo, delante y detrás ya lo habíamos practicado al repartirnos las literas.

Tras la cena, en “petites” tertulias arreglamos todo lo que se puso a nuestro paso, cual taxista experimentado en distraer al pasajero tomando la ruta más larga. Con la renovación de neuronas para nosotros todo era nuevo. Recordamos nuestros últimos viajes omitiendo lo malo; los viajes astrales los dejamos para un poco después. Al fin y al cabo sólo se trataba de olvidarnos del día a día, y lo conseguimos.

Luego dormimos todos juntos como espíritus asexuados. Para mí eso fue lo más aburrido. También dormir.

La mañana siguiente: el sueño había sido tranquilo y a penas hecho honor a lo que sugiere el nombre del lugar: un solo de trombón interpretó varias veces una partitura de música contemporánea, y alguien desde el otro extremo intentó hacerle el coro con timidez. Vino bien para cambiar de postura, no fueran a dormirse las manos.

A las siete, el cielo estaba limpio. En el horizonte comenzaba a aparecer partido por la estela del pasillo aéreo de la costa. Acabada la hora mágica volví al Mas para evitar el enfriamiento del despunte del día.

Contemplar el desayuno me transportó al cine clásico: Buñuel y Monty Pyton sobre todo. Pero estaba tan bueno… y de alguna forma había que compensar apetitos no satisfechos…

El sábado salimos sin sospechar lo que nos esperaba. No importa que la ruta se haya repetido varias veces. Cada vez es diferente. Esta vez buscábamos setas.

Nueve horas de caminata, con la correspondiente parada de mediodía y alguna que otra paradita, nos recuerdó que somos humanos. Más de 900 metros de desnivel y 19 kilómetros; un poco más para quienes hicieron (hicimos) cima en la Penya “Llepola” (1.200 de desnivel y 22 km). Pero en la montaña todo esfuerzo vale la pena y es recompensado. Ese día con el cansancio y al siguiente con unas agujetas “del carajo”, que diría un gallego.

También hubo quien se aventuró en bicicleta. Su esfuerzo fue compensado con un  clamoroso recibimiento; aunque, a juzgar por lo fresco que llegó, habrá que investigar si se ayudó de alguna energía alternativa o, lo que no sería tan sorprendente, que fuera dopado.

A lo largo de la ruta, los que no miraban exclusivamente al suelo (o sea casi nadie) practicaron la charla de Maribel del día anterior, produciéndose algunas discusiones sobre el color de los pinos (hubo incluso quien aseguraba que son verdes. Habrá que repasar los apuntes…) o sobre si las setas no comestibles debieran de estar rotuladas. A la hora de comer, para evitar riesgos, todos nos tomamos el bocadillo que llevabamos. Hay que ir a lo seguro.

A la llegada al Mas, ocaso cerrado, fuimos recibidos por “súper-ratón” y por el “mariquita de la capa verde” (le acompañaban otros pero son irrelevantes). Lo que pasó después tiene “sólo” que ver con el lúpulo, la cebada germinada y levaduras que producen el mismo efecto que la marihuana (¿endorfinas?). De no ser así no es entendible una conducta colectiva semejante. No existían motivos ni razones para tanta risa, salvo para hacer que los huesos de Jorge de Burgos se revolvieran en la tumba hasta sonar como unas maracas.

La noche del sábado al domingo fue un paréntesis en blanco para la gran mayoría. Nadie recuerda nada. Acaso algún sueño que debería consultarse (seguro que cualquier psicoanalista “porteño” le encontraría sentido, previo pago de la terapia por adelantado), pero nada preocupante. Nada que no pueda resolver una “meiga”.

Y el domingo. ¡Qué decir del domingo!. El día nos recibió con la puerta regada y el polvo (del camino) un poco más asentado (¡para que aprendamos de la naturaleza!). Olía a vida y al despuntar el alba, un silencio atronador y el paisaje calmo y algodonoso nos entró por los ojos sin pedir permiso, hasta hacernos formar parte de él.

La hora mágica llegó envuelta en una suave bruma que la hizo aún más cálida y misteriosa. Solo, en aquel inmenso lugar, me sentí muy pequeño pero a la vez acompañado, hasta que el tímido piar de unos pajarillos me recordó la hora del desayuno (¿o fue el ronroneo de las tripas?...) y volví raudo a la mesa de reuniones.

Ya de marcha, fuimos hasta la poza mayor del río Carbo y allí se demostró sobradamente la teoría de Darwin: ya no hay eslabón perdido, estaba allí. Que nadie tenga dudas.

Como lo de la cascada (de agua) nos había retrasado un poco, la velocidad del grupo al volver batió todos los “record” de caminar por la montaña. Nos esperaba el gazpacho de setas…

Y ahora emplazo a quien quiera a que acabe este relato, pues después del segundo plato (y del vino), yo perdí la memoria.

¡Gracias! Es difícil conseguir ser como vosotros, sólo me aguarda el consuelo de que incluso eso “se cura”.



[CIM – Tardor 2011 – Mas de Roncales]