martes, 28 de junio de 2011

Crónica

Dos adolescentes se disponen a dar un concierto en un centro comercial. Uno de ellos se sienta frente a un piano, el otro, discapacitado, sujeta con mucha soltura un trombón de vara reluciente.
Frente a ellos se forma enseguida una semicircunferencia. Todos de pie.

Como el tiempo se paraliza por unos momentos, mi curiosidad se centra ahora en los atuendos de los que les rodean. Mientras unos intentan disimular su imagen tras corbatas y chaquetas anchas, otras arruinan la suya con faldas de cenicienta y sujetadores de engaño. Qué manía con eso de que las tetas tienen que ser grandes y redondas. Cuando se darán cuenta que el atractivo y la elegancia va mucho más allá de eso.

El gentío que puebla el centro comercial pasa sin a penas volver la cabeza. Casi estamos en rebajas y no hay que entretenerse. Alguien puede quitarte la ganga.

El semicírculo se abre y en el centro se sitúan varios trípodes con cámaras. Llegan más corbatas. Los teléfonos no se separan de las orejas; qué mal que debieron pasarlo cuando no existía esta tecnología. Así pues, que lo disfruten ahora que pueden. Yo a lo mío.

Mientras tanto, los chavales están ausentes, afinando sus instrumentos (musicales) y comunicándose entre ellos, ante la fija mirada de un señor en mangas de camisa, que debe de ser quien los dirige. El resto no cesa de buscar con la mirada aquí y allá, no sé si temiendo que los descubran o esperando que los vea algún vecino, aquí y de esta guisa.

La algarabía del centro no cesa, pero los chavales se niegan a regresar. Los verdaderos artistas son siempre así, viven en un mundo exclusivo al que sólo nos dejan asomarnos de vez en cuando, a través de sus obras, y no siempre los comprendemos.

Nuevas sonrisas ensayadas se van incorporando al grupo, acompañadas de besos, abrazos, apretones de manos y golpecitos en la espalda. Pero las cabezas siguen girando a un lado y a otro, buscando a alguien más.

Está claro que sea quien sea quien falte, es alguien que no hace falta, porque si están los artistas y los instrumentos…

Y ese tal sea quien sea debe de ser muy importante, porque son los importantes los que siempre hacen esperar; por eso son importantes, porque de otra forma serían maleducados.

Por fin la espera no es en vano y un nuevo torrente de besos y apretones de manos acompañados de sonrisas de plástico se precipita sobre el grupo.

Me aparto un poco. Quiero meditar sobre qué serán las son-risas si no son risas. Dejémoslo por el momento.

Me despierto con el relampagueo de los flashes de las cámaras. Esto parece que va a comenzar. Sí. Ya está.

Micrófonos, palmas, títulos de presidente, concejal o director, y otros tantos discursos copiados de algún manual. Mientras los chicos esperan con paciencia y todavía con ilusión. Son tan jóvenes…

Tres piezas breves se abren y me hacen olvidar donde estoy. Tan alejado esto de todo lo anterior, que no sé si pensar que valió la pena esperar o que todo lo demás sobró.


28 junio 2011 -

jueves, 16 de junio de 2011

Salirse del tiesto

Es una expresión popular. Si miras en el diccionario de dichos la traduce de varias maneras, pero todas significan lo mismo, más o menos: colocarse verbalmente o con la actitud alejado de lo que corresponde a lo que se habla, al lugar o a la compañía.
Pero yo acabo de leer una reseña estadística en un diario que también saca del tiesto a un grupo de seres humanos.
No es la primera vez que leo algo en ese sentido. Los medios de comunicación hace mucho tiempo que se basan en las estadísticas para dar noticias o para predecir lo que va a pasar. ¡Qué pedazo de profesionales! ¡Qué mayores!.
Te pueden decir: nuestro país está a la cola del mundo en cuanto a nacimientos. Sólo hacen 0,98 niños por mujer. Eso es la catástrofe. Y luego añadir, en tal o cual país se limita la natalidad a 1 hijo por pareja pues de seguir con su coeficiente de nacimientos actual que es de 1,4 por pareja, ni el país ni el planeta lo podrán soportar.
Y desde el punto de vista global, por una parte nos alarma que seamos 7.000 millones de personas y por otra es necesario que aumente la población, porque el sistema que nos gobierna se derrumba si no crece. Sea lo que sea pero tiene que crecer.
La noticia dice: en el año 2050, nuestro país será el que mayor porcentaje de mayores de 60 años tenga en todo el continente. Y eso será una catástrofe.
Dan ganas de montar una fábrica de hornos crematorios, o de inyecciones letales cuyo efecto es menos doloroso. Puede ser un gran negocio de confirmarse esos temores.
Y gracias que hacen la medición a nivel de país, porque tengo un conocido que vive solo. No tiene familia. Y tiene ya 68 años. En su familia el 100% son mayores de 60 años, y no en 2050, no, eso es ya hoy. Eso sí que es grave. Voy a avisarle para que se esconda. Yo de él no estaría tranquilo.

Carta a mi mismo

Quiero iniciar esta carta con una pregunta. Sí, una pregunta que hace tiempo que deseo hacerte y que he reprimido de manera forzada, a veces mordiéndome la lengua y otras haciendo lo mismo con el capuchón del bolígrafo.
No temas, es una pregunta sencilla, para ti. Seguro. Es a mí a quien le supone un esfuerzo hacerla. No porque sea embarazosa, ni porque vaya contra mis principios, ni nada de eso. Simplemente es porque al ser tan sumamente irrelevante, cuanto más tiempo pasa sin que te la hago, resulta para mí más vergonzoso (iba a poner humillante pero me ha parecido demasiado).
Por fin me he decidido. Una vez formulada, y sobre todo cuando obtenga la respuesta, todo va a ser más fácil para mí, y también para ti. Sí, precisamente por eso debería de habértela hecho hace tiempo.
Tú, podrías decirme ahora una cosa. Seguro que la estás pensando. Esa cosa es: si sabes que la respuesta va a facilitárnoslo todo es porque la conoces. No, en eso estás equivocado. No conozco la respuesta, pero da lo mismo. Lo importante, más que la pregunta o la respuesta, es lo que vas a pensar antes de contestar. Simplemente lo que tu pienses acerca de la respuesta ya será suficiente. Por eso afirmo con toda contundencia que todo va a ser más fácil, puede que incluso rocemos la felicidad.
No te impacientes, te la haré enseguida. O, si no, a qué vendría el mensaje, la carta o como quieras llamar a esto. Ya he tomado la decisión y no voy a volverme atrás. Es el momento. No habrá más dilación.
Antes de contestarla, por favor, léela varias veces, tómate tu tiempo. Es importante que analices su alcance. Será breve, no precisará de análisis técnico ni psicológico (tampoco sintáctico ni morfológico). Y, cuando entiendas su esencia por completo, sabrás enseguida lo que contestar. Verás cómo te sale de carrerilla, y te relaja.
Repito, habrá un antes y un después. Los dos desearemos que esto se hubiera producido antes. Yo, la pregunta, y tú, la respuesta.
Quizá si todo el mundo se hiciese esa misma pregunta cuando tienen uso de razón, la vida sería diferente. Mejor. Lo único que hay que procurar, evitar, siempre, es hacérsela a otra persona. Mucho más si la conoces. Más aún si la conoces muy bien. Qué curioso ¿verdad?
Vamos a liberarnos.
Ha llegado el momento.
Simplemente te pregunto:
¿Por qué?
¡UFF! Qué descanso. Ves como era sencilla. Ahora piensa, reflexiona, tómate todo el tiempo que necesites y luego contesta. Verás, verás que bien te sientes. Qué bien nos vamos a sentir.
Mucho mejor – no quiero extenderme ni influenciarte – si la tenemos presente de forma permanente. Si antes de hacer algo, de tomar una decisión, de emitir una opinión, de afrontar un estado de ánimo, nos detenemos unos segundos, la respondemos y seguimos adelante.
Ahora, o luego más tarde, cuando tenga, cuando tengamos la respuesta, a partir de ese momento, ya no seremos tú y yo. Seremos sólo uno. Para siempre. Y un uno aún mejor (iba a escribir mejores, como si todavía no te hubiera preguntado y estuviera en ciernes nuestra unidad).
Pero, repito, no tengas la debilidad (o quizá sea insolencia) de hacérsela a nadie. No. Es una pregunta inconveniente y raya la falta de respeto.
No, ahora no me preguntes por qué, porque eso sería tema para una carta más larga. Para un libro o para varios. Imagina por un momento: el por qué del por qué… ¡Uf!
Tengo un poco de miedo. Estoy a punto de conocerte, y tú estás a punto de conocerme a mí también. Los dos estamos a punto de ser nosotros y a la vez más prudentes, más humanos, más respetuosos con lo que hacemos y más coherentes.
Y apuesto a que dejaremos de juzgar y comparar. Sólo lo notaremos en que antes de hacer algo, de tomar una decisión o de adoptar una posición ante cualquier cosa, tendremos presente ese “por qué”, que ya nunca nos va a separar, sino todo lo contrario.
Te lo vuelvo a decir: sí, creo que sí, algo parecido debe de ser la felicidad. Qué cerca la tienes, la tengo, la tenemos.
Esto es intemporal, como nosotros, pero te lo escribo un día, de un mes y también de un año; uno que denominan 2011, pero eso no me voy a preguntar por qué.

lunes, 18 de abril de 2011

Marathon Atlas

Marathon Atlas (marzo 2011) Unos cuantos correos cruzados por Internet, una leve referencia de otros compañeros que han hecho algo parecido a lo que nosotros pretendemos, aunque con más tiempo, y poco más. Es todo con lo que contamos cuando aterrizamos a la caída de la tarde en el aeropuerto de Menara, en Marrakech. Enseguida nos damos cuenta de que no es el mismo Marrakech que conocíamos pocos años atrás. Más occidental, algo más limpio y, lamentablemente, más civilizado. Tanto que, de seguir por este camino, acabaremos prefiriendo las postales a la realidad. Hombres y mujeres visten indistintamente la tradicional chilaba, los vaqueros, la minifalda o el escote generoso; incluso, algunas jóvenes, con mirada descarada, prestan sus ojos para que te mires en ellos. El diálogo con el móvil es aquí tan frecuente como en cualquier parte del mundo. La ciudad sólo conserva casi íntegro su desorden aceptado. Cenamos en el Riád donde dormiremos (el menú vale 100 disrham, inalcanzable para ellos que viven con entre 1000 y 3000 al mes), un Riád transformado en hotelito, como casi todos ellos en el centro de la ciudad. Nos acompaña la sonrisa natural, abierta y desinhibida de la camarera, potenciada por la luz de las lámparas, acorde con su alegría y desenvoltura, impropia de la mujer árabe cuando se muestra en público. Esto es un espectáculo y así lo requiere. Hay más mesas ocupadas, muchos españoles, un ambiente bastante natural y demasiada comida a la que no entramos a calificar: ensalada, cordero, cous-cous, y al final el té y los inevitables dulces. Comemos y disfrutamos de la relativa novedad, expectantes respecto de lo que nos esperan los siguientes días. Los dedos de “Momo”, que así se hace llamar Mohamed, nos marcan lo que serán las jornadas siguientes, que en el papel resultan mucho más llevaderas de lo que serán luego. Su otro acompañante se conforma con mirar. Un breve paseo por la plaza “Djemaa el fna” que tampoco es lo que era, ahora incluso está algo limpia y con menos cuenta cuentos y encantadores de serpientes; una foto a la Cotubía, otra a los carros de naranjas, el leve asedio de los comerciantes que cuando a la manida pregunta de ¿dónde?, les contestamos Valencia, ahora dicen “Mercadona”, cuando años atrás decían Baraja o Villa. Las persianas de los pocos puestos que quedan abiertos van cayendo como párpados perezosos. Es más de media noche aquí en el sur de Marruecos. Me despierto a las 5, al tiempo que desde los minaretes se oyen los primeros cantos. Probablemente son llamadas a la oración. A las 6 estamos desayunando y poco después el bullicio se apodera de la calle, cuando comienzan a levantarse las persianas que dejan al descubierto este inmenso mercado. Salen a la puerta a gritarnos las ofertas de desayuno, de venta de productos, incluso de masajes en un spa que hay frente al Riád que ocupamos. A esta hora no hay mujeres, sólo hombres de piel oscuro que interrogan con su mirada penetrante. Levanto la vista y allí está la media luna vigilando desde lo alto en un cielo azul recién estrenado. Mañana limpia, jardines recién regados que en estos primeros días de primavera vuelven a la vida y la ciudad aún perezosa se va incorporando al nuevo día. El chofer nos acompaña al viejo y desvencijado mercedes. Me pide la bolsa y se la dejo, pero enseguida desata las asas y me ofrece una. Le pregunto si sabe francés a lo que contesta que poco. Luego, en español me dice con claridad: “España, España, trabajar mucho y comer poco”. Sonrío. Salimos de la ciudad entre el revoloteo de motos y bicicletas que trazan laberintos sobre la calzada para esquivarse, saltándonos los pasos de cebra y fijos en el inminente globo amarillo que nos acaba de aparecer en el horizonte, medio oculto tras una tenue sábana de bruma matinera. El “driver”, un hombre corpulento de piel oscura, nariz aguileña y bigote media luna, se toca con un turbante negro. Aferrado al volante con las dos manos, conduce como disputara la final en una videoconsola, aunque de vez en cuando se permite cambiar la radio o visitar lo más profundo de sus narices, para lo que intercambia los dedos. Puede ser que lo haga como prevención de la artrosis, algo de leyenda hay al respecto. El viaje dura 5 hora, por lo que nos da tiempo acostumbrarnos a su estilo de conducción que, por otra parte, sólo es posible aquí, donde todos actúan de igual manera. Es el orden del caos. Justo el factor que necesitaba Einstein para completar su teoría del origen del universo. A punto de salir de esta encrucijada, nos rodea un bosque de palmeras del que nos separan dos rosarios de jóvenes en bicicleta que van a la escuela o al trabajo. Entramos en una niebla espesa que apenas nos permite ver más allá de una docena de metros. Tan espesa que el avezado conductor pone el limpiaparabrisas, el cual ruge como fieras de la sabana. Ahora comienzan a aparecer en la cuneta pollos, gallinas y algún que otro perro que parecen salir a distraerse; también un burro que no se atreve ni a rebuznar. Entre ellos, seres humanos que esperan… quizás el presente, cual si fuera el futuro. Atención: llevamos un camión delante y parece que va a intentar adelantar… adelantamos y estamos vivos. La carretera se deteriora cada kilómetro que avanzamos, mordida por el arcén que nos separa de los campos de cereales que verdean, lejos de encañarse para lo que aún les faltan meses. Atravesamos pequeños grupos de casas aterrazadas, con apariencia de inacabadas, pero es su forma de construcción “modular”, lista para ser ampliada en sucesivas generaciones. Todos los poblados tienen su minarete y todas las casas su parabólica. Televisión y religión, los dos fallos del Imperio Romano para perpetuarse. La niebla nos da un respiro y paramos a comprar agua, el conductor nos rechaza la oferta de comer algo y seguimos, subiendo lentamente y con mejor visibilidad. Al fondo ya se pueden ver las cordilleras nevadas. La carretera es la columna vertebral que divide y une a las ciudades. Es el mercado, el centro cívico y, en definitiva, lo es todo. El “driver half moon” se anima y vamos a más de 100. Cereales, almendros y olivos amatorralados. Burros y personas, sobre todo mujeres; encima o tirando de ellos, con alforjas o sin ellas, orlan la carretera. Ovejas y cabras pactan sobre los riscos y entre los árboles. Son más de las 8, hora de almorzar. Pasamos junto a una escuela, en un descampado solitario, con cientos de bicicletas amontonadas a la puerta. Sin preguntar, la recta se convierte en una pura arruga, a derecha e izquierda, hacia arriba y hacia abajo. Ya estamos a más de 1000 m de altura. En las laderas comienzan a aparecer sabinas. La situación se hace irrespirable por momentos, debe de haber sido el “driver” que ha dejado escapar un descomunal pedo (y eso que no ha almorzado). Intento bajar el cristal… temo perecer en el intento. Consciente de la situación me ayuda él mismo. Salvado, por esta vez. Espero que no tenga réplicas. La inminente presencia de la policía de carretera nos hace bajar la velocidad. Por prudencia, supongo, o por miedo. Mujeres escardan a mano los sembrados a costa de su espalda y de sus manos. Paramos a echar gasolina y el guía, que es muy servicial, que no servil, nos compra botellas de agua, nos da una moneda para que paguemos a la que limpia los servicios y nos invita a un té (el gas-oil está a 0,70€ y la gasolina a 1€, ambos subvencionados para calmar al “pueblo”; son medidas anti revueltas). Las mezquitas, con su minarete, aparecen incluso cuando no hay poblados… hay que ser previsores, no se pueden dejar estas cosas en manos del azar. Y la foto del rey lo preside todo: bares, tiendas, escuelas; vamos, todo. Son los dos pilares del poder, que ahora habrán de competir (o aliarse) con Al-jazzira. Ya pasamos sobradamente los 1300 metros de altura, estamos en Azilal. Casas color calabaza, tenderetes, mercadillo, chilabas sentadas o paseando y, de repente, un escaparate que ofrece braseros deslumbrantes de un arte sublime y mesas adornadas para la fiesta más sofisticada. A la puerta, un hombre de piel brillante con bigote y sonrisa amplia nos muestra su felicidad al vernos que tomamos fotos de su escaparate. “Momo” va al banco y nos retrasa el viaje más de una hora… quién sabe si intencionadamente. Reemprendemos el viaje a una del medio día en el Atlas, con un sol plomizo y una ruta estrecha e interminable en la que resulta imposible compartir un cruce con otro vehículo, y donde siempre se aparta el más débil, el más cobarde o el que más estima el vehículo (o su vida), y siempre a última hora. Es una prueba calculada de fuerza física y mental. Hoy es viernes, día de oración pero hábil para alguna cosas, porque los colegios están abiertos. Los comercios y los bares no cuentan porque lo difícil es saber cuando cierran. Los hombres están en su mayoría sentados platicando o simplemente en estado contemplativo. Estas religiones desconocidas para mí, con sus fiestas de viernes, de sábado y de otros días probablemente, a juzgar por su comportamiento, han conseguido mi sueño: trabajar sólo el domingo. Una hora después contabilizo que no se ha apartado ninguno de los vehículos con los que nos hemos encontrado. Sólo nosotros, claro, prueba de ello es que continúo el relato. Sin duda una muestra de nuestra debilidad, lo cual no lamento. Giramos a la derecha por un camino aún peor. Niños de pocos años de edad acarrean agua desde el río o la fuente más cercana; garrafas mugrientas de plástico que a menudo han de arrastrar debido a su peso. El “driver” azuza mi mareo, ahora con una cassette de música árabe repetitiva. Me pregunto si tendrá la nariz tan grande de tanto sacarse mocos o se los saca con tanta facilidad porque la tiene grande. Lo que no consigo saber es dónde los está guardando. Paramos a mear y hacemos fotos a unos torreones de adobe que hay al otro lado del río. Las sabinas y algún que otro roble, todavía desnudo, salpican la ladera de nuestra derecha. Burros con cargas voluminosas que casi los ocultan, montes repoblados con pimpollos de coníferas, una construcción que parece un refugio de ganado con una parabólica en lo alto y poco más, son ahora nuestra escasa compañía. Me ausento dormitando para volver ya en torno a los 2500 metros de altura, sobre un páramo interminable. Atravesamos con dificultad un caótico mercado surgido entre unas pocas construcciones de adobe en el que se mezclan burros, tenderetes, vehículos y personas de todas las edades que nos miran fijamente con ojos de interrogación. Al diluirse me quedo con algunas sensaciones tatuadas: los silenciosos bebés mochila, ignorados por sus madres que nos miran de reojo y a veces saludan levemente, mientras trabajan en el campo o en el mercado, los burros que intentan decirnos algo siguiéndonos con la mirada y los niños pastores que corren tras el coche hasta que el polvo los borra de nuestra retina. Le pregunto al “driver” para animar la conversación ¿combien kilometres?, me responde siete, lo que quiere decir, traduciéndolo a los que conocemos, unos cincuenta. ¡Cómo conduce el tío!, si lo fichan los de “Red-bull” arrasan. Acabamos de encontrarnos en una curva sin visibilidad con una cosa enorme con ruedas y seguimos vivos. Cruzamos un río (en el coche, sí, en el coche, que es un mercedes…) y aparece un cartelito: “gîte 4 km”, o sea, 25. Ahora nos cruzamos con una pareja de turistas de mediana edad, pantalón corto, manga corta, piel quemada, cara de susto o quizá de colonizadores. Resultado: ingleses. Habrá que estar atentos los próximos años. Y es que estos se comportan igual en el Caribe, en el Tíbet, en Islandia o aquí; no cambian ni el gesto ni el uniforme, y siempre se olvidan la crema protectora. La música machacona del “bigote media luna” la tengo metida en la médula. Como no lleguemos pronto le voy a “comprar” la cassette. Pero me hace reflexionar que, cuando hace pocos días me preguntaban “¿dónde vais?”, y contestaba “al Atlas”, abrían los ojos, sonreían y nos espetaban “¡qué bien!”… Llegamos. El agua corre por todas partes, no en balde son ellos los que nos montaron las acequias en la península. Las mulas nos esperan pactando rodeadas de un grupo de hombres dejados caer aquí y allá. Un sinfín de niños revolotean a nuestro alrededor mirándonos con expectación. Una niña de a penas 2 ó 3 años tose constantemente de un modo que alarma. Se lo digo al grupo de hombres y, uno, que debe de ser el padre, responde orgulloso afirmando con la cabeza y con una sonrisa. Ha roto mis esquemas. Las mulas se llevan las bolsas grandes, una tienda de ellos y la comida; o al menos eso esperamos. Nosotros iniciamos la marcha a pié pasado el mediodía. El camino no tiene dificultad. Lo hemos cogido con ganas. Al atardecer, con la media luna en el centro de un cielo azul claro, llegamos a un refugio de ganado. Montan la tienda y nos sirven té. Nos dan a elegir para dormir entre la tienda y uno de los “refugios”, el otro es para las mulas. Cambiamos de opinión varias veces y al final nos decantamos por el refugio imitándolos a ellos, además de que la tienda tiene muchos agujeros. Seguro que no han elegido lo peor.

El lugar debió de ser un establo y quizás una casa, pero ahora son ruinas. Llegamos cansados y, una vez decidido el lugar donde descansar, unos minutos para observar el maravilloso cielo y nos afanamos en poner los aislantes, desenrollar los sacos y meternos dentro para enjugar el cansancio. Mientras, los guías que están en el fondo de este tubo de habitáculo, han encendido fuego y velas y continúan hablando, ponen música y se mueven de aquí para allá como lo haría un grupo de serpientes en su nido, por el poco espacio. A la luz de las escasas velas no se puede ver mucho más. Ni ganas. Sólo queremos descansar, dormir. Yo comienzo a decir en voz alta: “bon nuit, au revoire, à demain…” una y otra vez, si éxito. El murmullo continúa; aún así, alguno de nosotros ya duerme hecho un ovillo. Y cuan es nuestro asombro, cuando al poco extienden sobre la manta que nos separa de ellos, unos cuencos con sopa, una ensalada y el sempiterno artilugio de barro con forma de cono aplastado, que guarda en su interior verduras cocidas, legumbres y carne. A penas tomamos algo, sólo algunos, siempre dentro del saco, cuando conseguimos dominar el coro de nuestras carcajadas. No fue fácil. La cena. Se trataba de la cena que habíamos olvidado totalmente, al igual que la comida, y casi todo. Cuando comienza a clarear el nuevo día, un día limpio sólo encubierto por ese velo suave que produce la nieve al evaporarse, recogemos los sacos, desayunamos e iniciamos la subida ya con crampones. La nieve de la mañana está helada. Partimos de unos 2300 ó 2400 metros, hay una diferencia de 100 metros entre mi altímetro que mide por hp (hectopascales) y el de Mario que lo hace por GPS. Es de César parece que se queda algo por debajo, no sabemos si será porque las pilas están descargadas. Subiremos hasta los 3300 m salvando un desnivel de más de mil metros. La subida tiene tramos muy técnicos, son palas que hay que atravesar en diagonal (la pendiente es muy fuerte) y, conforme avanza el día, el sol blandea la nieve. En algunos tramos llegamos a hundirnos las piernas enteras, lo que hace más lenta la subida. Paramos a las 3 horas de camino para beber agua y tomar unos frutos secos que nos ofrecen los guías. Son una mezcla de cacahuetes salados, dátiles secos dulces y minúsculos trocitos de pan tostado. Los comemos con ganas y seguimos. Alcanzar el objetivo no se hace muy pesado, tenemos ganas. Arriba llegamos a las 12:45 (algo más de 6 horas de subida), en dos grupos, yo me he ido tras un guía que, no sé por qué razón se ha desviado del resto. Tengo algo de migraña pero se va enseguida. Nos quedamos en la solana para descansar y hacer la comida fuerte. Enfrente está el M’goun, majestuoso. La comida ya será igual todos los días: pan moruno con sardinas, queso y … poco más. Hoy le ponemos además tomate y cebolla que hemos encontrado semienterrados en la nieve, en diferentes lugares, unos tomates primero, una carlota, y unas cebollas después. Las cebollas están congeladas, perfectas para que no nos hagan llorar cuando las partimos. También disfrutamos de más ración de éstas porque a Pilar no le gustan. Para postre hay quesitos “la vache que rit” y “kiri”, quesitos que acabaremos odiando y a pesar de eso comiendo. Los restos de la comida los colocan sobre una zarza y le prenden fuego. Es normal encontrarte zarzas quemadas con una lata de conserva en el centro. Es la costumbre de los pastores (su reciclaje) que, al tiempo, les sirve para calentarse. También lo hacen sólo para lo segundo. En los instantes de reflexión horizontal que siguen a cada comida concluyo que este deporte no basta con que guste, tiene que apasionar. Si sólo gusta te puedes dar satisfacción con fotos, relatos y documentales; des sólo cuando apasiona cuando necesitas añadirle sufrimiento para que compense. Seguimos ruta y cuatro horas después estamos en el refugio de “Terkedit”(¿), la base para la posible subida al M’goun. Estamos solos: el del refugio, nuestros dos guías y nosotros cinco. Esto es una amplia meseta próxima a los 300m m de altura. Tengo migraña. Tomamos el té de bienvenida y colgamos las botas de un cable que hay sobre una estufa de hierro parcheada con papel de aluminio, en un rincón donde hacen tertulia los guías. Aún así, ya no volverán a estar secas en todo el viaje. De los calcetines mejor no decir nada. Las literas son de obra, con una pequeña colchoneta y el cuarto está helado. Decidimos por unanimidad dormir en el comedor, sobre los bancos o en el suelo. Antes, durante y después de la cena, una discusión entre el guía y nosotros sobre la subida al M’goun del día siguiente, que se prolonga durante 4 horas. Toda una estrategia negociadora propia de las mejores escuelas de Chicago, de Lyon o quien sabe si la de aquí, la del Atlas, la desconocida escuela Berebere. Una vez acabada, todos comprendemos por qué la UE pierde con ellos las negociaciones de la pesca y cualquier otra en la que se embarque. No subiremos el M’goun. Y lo peor es que no somos capaces de decir ni uno solo de los motivos o razones por lo que no lo vamos a hacer. Ha ganado el guía, y encima no lo parece. Salimos a la mañana siguiente, un poco alicaídos, con la moral algo mermada. Es muy temprano, aún no son las 6, hora del Atlas. Hace mucho frío a pesar de que el sol se levanta con fuerza. Nos quedan más de 10 horas para llegar a nuestro próximo destino. La nieve, al evaporarse, produce una calima que nos dificulta ver el horizonte con nitidez. Las montañas alternan el gris verdoso de la solana con el blanco de la umbría. Allá abajo se ve el río serpenteando. Al filo del medio día iniciamos el Valle Perdido, aún a 2700 metros de altura. Cogemos agua de una fuente, totalmente marrón por las lluvias de la noche anterior y le echamos pastillas potabilizadoras. Al poco, los guías corren tras una liebre que al final se escapa; poco después tras otra con la misma suerte. Como parece que esa iba a ser nuestra cena, creo que repetiremos otra vez sardinas con queso, porque ya no quedan tomates ni cebollas. Unas veces evitando el río, otras cruzándolo o siguiéndolo, superamos algunos pasos cuyo riesgo no valoramos y que yo valoro de alto. A las 5 de la tarde seguimos a 25 m de altura. Por fin aparecen las mulas allá en lo alto del horizonte, sobre una colina. Pero, atención, vienen sin alforjas… lo que quiere decir que de aliviarnos de las mochilas nada de nada. ¿Y qué puñetas pintan entonces aquí?... Antes de llegar a una “gîte”, en una pequeña aldea, tres privilegiados compartimos con los muleros los lomos de las tres mulas: Estelia, Pilar y yo. En cuanto anochece vuelvo a salir a contemplar el cielo. Es espectacular, tanta claridad sólo la he podido apreciar en el desierto, ni siquiera las noches que pasé al sur de la Patagonia. Los “carros” parece que se me vengan encima y observando con detalle, a penas queda algún hueco sin estrellar. Estrellas de todos los tamaños y de todos los colores adornan el infinito. Creo que aquí, lo mejor sería dedicarse a la astronomía, porque lo de coger liebres no tiene demasiado éxito. La casa en la que nos quedamos es de adobe, con un patio central. En el resto de las dependencias no sé lo que hay, quizá un lugar para cocinar, otro para las mulas… El escusado está allá en lo alto de la ladera, donde se encaraman las cabras buscando hierba, si vas un poco ligero, no llegas. Cuando me levanto por la mañana, nada más aparecer el sol en el horizonte, un niño de unos 10 años cava hoyos, está plantando olivos alrededor de la casa; mientras un señor que aparenta bastante edad, de cara enjuta y gesto petrificado, airea la chilaba corriendo tras las cabras en la ladera, espero que con buenas intenciones, pues estamos en primavera y ya se sabe… La mujer permanece en el anonimato, sólo la vimos ayer tarde de refilón. Me quedo unos momentos recordando el día de ayer, en el que todo pasó un poco sin pensar. Había llovido por la noche, y eso, acompañado del deshielo, hizo crecer el río que se dejó ir de forma turbulenta; es decir, turbio y con fuerza. Lo tuvimos que cruzar varias decenas de veces, incluso a veces seguirlo en las gargantas, andando sobre su lecho con el agua más arriba de la cintura. Nos cogíamos de los brazos para evitar que la corriente nos arrastrara, pero eso no evitaba que las botas se nos llenaran con las chinas que arrastraba la corriente, y las horas se alargaban interminablemente. También cruzamos varios poblados de adobe. En las orillas del río hay cultivos de huerta y árboles frutales, básicamente manzanos. Hay escuelas con la bandera del reino en lo alto, cerradas porque no tienen maestro (quizá los padres no pueden pagárselos), niños pastoreando las cabras y acarreando agua del río. Todos nos miran con curiosidad o con sorpresa, no sé descifrarlo. Les regalamos una botella de agua vacía y lo agradecen con el gesto como si fuera su regalo de cumpleaños. También encontramos alguna que otra “boutique” en la que venden coca-cola y poco más. Incluso un indicador que ofrece a 500 m ducha de agua caliente. Algunas de estas casas pueden prescindir en las largas noches de invierno de las velas, tienen en los tejados paneles fotovoltaicos, y también parabólicas, quizá sea esa la razón. En el Atlas, el tiempo es otro, el espacio es otro, aquí la física no es la misma. Unas veces se alargan los minutos como si fueran de goma suave y otras se manifiestan de manera fugaz. El espacio es también flexible, mucho y poco no significan nada, son palabras vacías. Las dimensiones son elásticas y caprichosas. Se llega cuando se llega y se tarda lo que se tarda, pero ni siquiera después de ocurrido un hecho se puede valorar. Por eso sin duda sobreviven impasibles sus escasos habitantes. Esperan nada y cuando nada llega continúan esperando. Viven con nada y esperando nada. Las estaciones se suceden como telón de fondo de una vida calma bajo un cielo vivo lleno de luz, de día y de noche. Vuelvo a mí. No me duele nada, es como si hubiera prescindido del cuerpo. Son las 5 de la mañana, después del té con galletas, lo que queda del pan del primer día y quesos Kiri, nos esperan 5 horas más de río, que nos pueden parecer 7 ó 10, depende. El río está hoy bastante más frío, cada vez que hay que cruzarlo de nuevo, es necesario olvidarse de la vez anterior, para alentar la esperanza de que haya mejorado. Pero todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, que decía Machado. Llegamos a otro poblado donde encontramos de nuevo las mulas. El Consejo del pueblo pasa junto a nosotros y entabla conversación con los guías, los niños nos rodean y miran con ojos de curiosidad; otros lo hacen desde lo alto de los montículos que nos rodean. Al final, una furgoneta Mercedes digna de ser declarada monumento nacional o trasladada al MOMA, consigue arrancar y nos ofrece sus asientos dejados caer sobre el agujereado piso para transportarnos a través de un conjunto de curvas en las que montones de piedras procuran que no nos despeñemos a uno y otro lado. Terraplén tras terraplén de este pedregoso, blancuzco y yermo suelo, nos cruzamos con algunas mujeres acarreando leña, burros esquivando piedras seguidos por un bulto que se cubre del sol, y niños corriendo tras de las cabras, hasta llegar a un estrecho asfalto, que aliviará temporalmente nuestra tensión. Rugiendo de forma atroz nos conducirá hasta otra furgoneta. Creo que sería un buen anuncio para la Mercedes. Con el conductor de esta joya no cruzamos palabra, y no por falta de iniciativa, pues César se devana en elogios a la decoración y en preguntas al habilidoso conductor, sin éxito; lo máximo un gesto, pero sin quitar la vista del camino y sin volver la cabeza, cosa que agradecemos. De lo contrario, este relato no se habría escrito nunca. Cambiamos de coche, volvemos al que nos recogió el primer día en el aeropuerto de Menara. Comenzamos a perder el tiempo, se paran y bajan al río a saludar a no sé quien… cuando vuelven les decimos que el avión sale a las 4 de la tarde y aún quedan casi 300 km, de los de aquí. Abandonan la idea de comer en Ouarzazate y ponen morro a Marraquech. El conductor se pone al volante y nosotros adoptamos un silencio sepulcral. Nadie se atreve ni a recordar los rezos que aprendió de niño. Repasamos en cada curva el testamento, sobre todo si coincide con un adelantamiento. Cruzamos poblados superando los obstáculos que taponan sus calles, sorteamos camiones, burros y bicicletas, y, cuatro horas después, a punto de tirarle al chofer el móvil por la ventanilla (es la enésima vez que atiende al aparatito), llegamos al aeropuerto con 8 minutos de tiempo para facturar. Al día siguiente, todo tan distinto, no sabemos si es mejor o peor que lo que hemos dejado atrás. Unos días de vivencias naturales, espontáneas, imprevistas y totalmente diferentes a las que estamos acostumbrados. Gracias a Estelia que aguantó todo el tiempo sin ducharse, a Pilar que nos cedió su parte de las cebollas, a Mario que lo tenía todo hilvanado y se dejó convencer por el guía para no subir el M’goun, y a César que mantuvo en silencio su tobillo y me recuperó el chaleco y el “W-T”. Pero sobre todo por su compañía, por su alegría, por los momentos difíciles y por las interminables carcajadas. Nos vemos en la próxima, esta vez en el “Campo de Marte”, que también hablan francés, aunque haya muchos más chinos que en el Atlas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Así lo veo, así me veo

Soy el mayor de los tres hermanos vivos, así es que soy el más mimado, y creo que también deseado. Pero nunca pensé en eso.
Cuando fui consciente de mi mismo y de mi entorno, lo recuerdo perfectamente, me encontré con un grupo familiar muy unido a pesar de sus diferencias. Éramos una piña; bueno, eran, porque yo no pintaba nada o casi nada. Un grupo de mediano a grande, solidario, unido como decía antes, y reconocido como grupo familiar en el pequeño pueblo en el que vivíamos.
Aprendí de ellos a comer, primero, en cuyo aprendizaje fueron muy permisivos conmigo. No fui un modelo de equilibrio alimentario, más bien un modelo de capricho. También aprendí a ser un poco autosuficiente, desde comer solo a ir al retrete y limpiarme el culo con un trozo de periódico, que así lo hacíamos. El retrete estaba entre el pozo y la porchá, en mitad del patio. Era un agujero repujado con una piedra agujereada por donde dejábamos caer los excrementos, encaramados en cuclillas a la piedra.
Luego, hasta que tuve 7 años, pasé los días mirando por los cristales como jugaban en la calle de tierra las niñas del colegio de doña Fani, antes de la clase, después de ella y durante los recreos. Era el polideportivo, el patio y el salón de juegos de la escuela.
Cuando no, garabateaba con un lápiz apoyado en la ventana mientras miraba las gallinas, que picoteaban en el patio, y los gatos, acicalando con la lengua su habitual coquetería. También zurzía calcetines ayudado por una bombilla fundida que introducía en el interior; mientras mi madre y mi tía cosían y hacían comentarios sobre la comida, las vecinas u otros familiares.
Luego, aprendí a leer y a escribir durante las tardes de un verano en casa de una vecina que era maestra, aunque la realidad era que ya casi sabía. Lo había aprendido en mis soledades, por la lógica inercia que inspira la curiosidad infantil.
Y es desde ese momento desde el que recuerdo ser más consciente de los retos que se me iban a ir presentando, pues a la entrada del otoño recalé en el colegio público.
Nada más llegar me coloqué entre los primeros. Sabía leer y escribir, entendía lo que leía y lo que me decían, y para más gozo lo recordaba. Así es que todo fue sobre ruedas. Bueno, casi todo, porque pronto llovieron sobre mi los rechazos de los compañeros más activos socialmente. No, no me refiero a los más activos en redes sociales, entonces no existían todavía esas cosas. Me refiero a los que mejor jugaban a la pelota, los que ganaban jugando a pilla y los que acertaban cuando tiraban una pedrada.
Cuando uno de ellos se tiraba un pedo era una fiesta llena de risas, pero cuando me lo tiraba yo derivaba en una crítica feroz: “s’a cagao, cochino… jajaja”
No fue fácil sobreponerse a eso, pero poco a poco lo conseguí. Quizá ser el primero o segundo de la clase me ayudaba.
A los pocos años me alejé de aquella escuela. También del queso y la leche en polvo de la “ayuda americana” que nos daban en el recreo, y que yo tenía en mi casa porque nos la daba el cura, amigo de mi padre, que era quien la distribuía en el pueblo. Gracias a aquello se llenaba el estómago tres o cuatro veces al día, suficiente para estar casi sano, aunque quizá un poco escaso para competir en las olimpiadas.
Ingresé en una academia privada, África la bautizamos, donde pagaba con 200 pesetas al mes las clases de preparación para los exámenes libres en el instituto Alfonso X El Sabio de Murcia. No había más.
Al poco, mi padre dejó de pagarme las clases. No podía. De modo que, como yo quería seguir estudiando, me puse a trabajar cobrando los recibos de socio a los agricultores de todo el término municipal.
No tenía bicicleta así es que, primero desmoté pieza a pieza una vieja de mi padre, la arreglé parcialmente (no encontré los frenos) y la pinté. Me sirvió durante un tiempo. Aprendiendo a montar le pisé los zapatos a Ginés, el único guarda municipal que había en el pueblo, de modo que tuve que emplearme a fondo para dominar aquella “máquina perversa”. Poco después, obligado a cambiar, le quité el motor a una motocicleta vieja (un mosquito), y lo utilicé como bicicleta, ésta ya con frenos. Todo un lujo.
A los 15 años obtuve una beca que me obligaba a ser oficial en lugar de libre, por lo que tenía que asistir a clase en el instituto en Murcia.
Me fui a Murcia. La búsqueda de una pensión allí da para escribir un libro. Iba con otro compañero, hijo del sargento de la Guardia Civil, cuyo padre, León se llamaba para más INRI, fue el encargado de la búsqueda. Un hombre autoritario y con poco criterio que nos sometió a un calvario, no solo por los lugares en los que nos ubicaba en función de no sé qué criterio, como por el control absurdo al que nos sometía. Enseguida me di cuenta de que tanto él como mi padre tenían un único objetivo: que no folláramos.
Todo lo que tiene de raro su objetivo lo tenía de estúpido y, para nosotros, de extraño. Dos becarios que habían sufrido dificultades económicas y que vivían en un entorno autoritario y socialmente complicado, no perseguían otro objetivo que salir del agujero. La sexualidad quedaba limitada a los deseos y al onanismo que los tranquilizaba.
Al final recalamos en la pensión Murcisol (precisamente a una calle del llamado barrio chino), donde compartíamos comedor con otros estudiantes de derecho, de comercio y de otras carreras, casi todos universitarios; aunque también había algún que otro trabajador más adulto. Allí nos enteramos por Lorenzo Lara Lara, de Villarrobledo, de que habían matado a Kennedy (poco después nos lo confirmaría la pequeña televisión en blanco y negro que colgaba de una esquina del comedor), y de otras noticias que hoy nos parecen historia o casi prehistoria.
De la comida de la Murcisol, de los bocadillos de atún con mayonesa o de mortadela que me pasaban por 1,50 pesetas las del kiosko del instituto, primas del sastre, mi vecino del pueblo, prefiero olvidar sus condiciones organolépticas y el germen de úlcera que sembraron en mi estómago.
Luego vino seguir con la beca, elegir carrera, trabajar y estudiar y hacer frente a la familia. Todo a la vez.
Probablemente fruto de una precipitación, pero también, de unas ganas terribles de salir hacia delante, de no temer al futuro, de ilusión, de constancia y de olvidarnos de nosotros mismos; pues en aquellos años no dejamos ni un minuto de nuestro tiempo, ni un céntimo de nuestros recursos y ni un ápice de esfuerzo para nuestro placer personal. Fue, a mi entender, el sacrificio de una generación para dar un salto adelante desde el punto de vista económico y social.
Ese salto hacia adelante que ahora se está dilapidando con la pasiva complicidad de todos.
Pero no es mi objetivo hacer una biografía ni nada parecido. He comenzado así porque me resulta extraño escuchar hoy en día decir que “la situación es muy mala” (prefiero no escribir la palabra crisis; pues sería demasiado estúpido por mi parte). Me callo pero por dentro me revelo porque tengo memoria y recuerdo el pasado de mi generación, que no fue en absoluto malo, pero que sí fue lo que he manifestado aquí, así como otras cosas que me guardo; y, aún peor, me imagino el de mis padres o el de mis abuelos.
Ahora reflexiono y me doy cuenta de que a lo largo de nuestra vida nos han ensañado, y hemos aprendido, a leer y escribir primero, luego matemáticas y otras disciplinas; finalmente una profesión, un trabajo o una carrera. Lo mismo me da que me da lo mismo. En definitiva, a ser responsables, a trabajar, a esforzarnos, a hacer las cosas lo mejor posible, a comportarnos socialmente (algunos hasta de forma solidaria) y muchas cosas más.
Y ahora viene la sociedad y nos dice que “se acabó”. Que no podemos seguir dentro de su engranaje, que no le somos de utilidad para sus objetivos. Objetivos que esa misma sociedad desconoce, a medio y largo plazo. También a corto, me temo.
Todo esto sin habernos enseñado qué es lo que tenemos que hacer ahora. Cómo hemos de comportarnos y a qué tenemos que dedicar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestros conocimientos y nuestros recursos. Esos elementos que hemos estado entrenando y formando durante tanto tiempo.
Todo esto me obliga a afirmar categóricamente lo siguiente: “Ese ente impersonal, parte dominante de la sociedad, que nos coloca en tal situación, creo que nos está subestimando.”
Y hay una segunda parte que se traduce en pregunta: “¿Se apoyan para cimentar su comportamiento en la generación que nos sucede?”.
Vaya por delante que es una generación que me merece el mayor de los respetos. Una generación en la que tenemos una parte muy importante de responsabilidad. Una generación a la que, en contraposición con nuestra trayectoria, hemos arropado para que se deslice por la vida sin ningún tipo de dificultades, por lo que está probablemente falta de entrenamiento, a pesar de ser ya bastante adulta.
Su espíritu de sacrificio está algo desentrenado y, a menudo, se sienten mal, avergonzados, culpables y con baja autoestima.
No son conscientes de que el mundo son ellos, de que el país son ellos, de que el pueblo o la ciudad en la que viven son ellos. Están esperando que “alguien” venga a hacer algo por ellos, sin darse cuenta de que son ellos mismos quienes tienen que hacerlo.
Están centrados en lo que TEMEN en lugar de en lo que TIENEN. Y eso lo acusa el estado de ánimo, lo acusa el funcionamiento de su cerebro y lo acusa la sociedad. Son victimistas y conformistas, y se centran en las tímidas oportunidades de satisfacción personal que les brinda el hoy para aparcar el mañana. Parasitan temporalmente el legado de anteriores generaciones y se esclavizan a un destino inmediato poco alentador.
Faltan “ganas”, porque lo que tienen les ha costado poco o nada. Sus dos males principales son el miedo y la pereza.
La libertad, en la sociedad actual, es la capacidad del ser humano de ser autosuficiente. Si no estoy equivocado en esto, ¡qué poco espacio de libertad disfrutan las generaciones que en el momento actual tienen la responsabilidad de liderar el mundo!
Y finalmente me hago una pregunta: ¿despertará la sociedad europea occidental de este falso sueño que la conduce al abismo... o seguirá anestesiada esperando el más estruendoso de los fracasos?
Leed el minilibro “indignaos”, escrito por un luchador nonagenario (Stéphane Hessel, francés de origen alemán, luchador de la resistencia y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos), que tiene más sangre en las venas y más neuronas útiles en su cabeza que muchos colectivos juntos.
Él se dirige en su libro a las nuevas generaciones, de las que todos esperamos mucho, pero no hay que descartar que otros grupos encuentren en su invitación la forma de dar sentido a su existencia.
Así lo veo.

sábado, 19 de febrero de 2011

Momentos estelares de la humanidad

A lo largo de mi vida he vivido diversos momentos estelares, pero no hay que alarmarse, no los voy a contar todos. Sería un abuso y también un derrame de presunción.
Pero voy a relatar dos o tres que tienen una cierta relación y que creo que pueden ser interesantes. Bueno, para mí lo son, por lo que no hay motivo para que no lo sean también para el resto de la humanidad. Ojo, si no, al título.
El primero que voy a relatar me ocurrió hace años y fue más o menos así: estoy en un lugar, da igual el que sea, y una persona del sexo femenino muy atractiva se me queda mirando. Yo le devuelvo la mirada y una media sonrisa (¡collons, que buena que estaba!). Mi mente se pone a cien. Sólo la mente, que recuerde ahora.
Titubea, se me acerca y me espeta "señor, por favor, podría USTED decirme... ". No recuerdo más. No, no me desmayé, sólo que ese "momento estelar" hirió mis sentimientos, mis pensamientos y lastró para siempre mi futuro. Les deseo que no les pase nunca. ¡UFF!.
El segundo fue unos años después y así exactamente: subo a un autobús (creo que desde entonces voy siempre andando), miro a ver si hay algún asiento vacío. No lo hay. Me encuentro con la mirada de una agradable persona femenina. Me sonríe y se levanta ofreciéndome el asiento; diciendo algo así como "sientese usted por favor".
Sin comentarios.
El tercero. Después de los anteriores ya no hay por qué temer a nada. Ya se verá. Ocurrió hace una semana. Entro con mi nieto en la catedral. Le gustan mucho las campanas y está empeñado que subamos a todos los campanarios. Le abro la puerta y se cuela raudo y veloz por entre las faldas de una agradable señora o señorita que sale; la puerta se va a cerrar y ella la sujeta, me mira con una maravillosa sonrisa y me suelta: que se te escapa tu hijo.
Extraordinario, sensacional, maravilloso... lo he visualizado centenares de veces en estos días. He vuelto a creer. No sé en qué, pero he vuelto a creer.
He dejado lo mejor para el final ¿eh?, esto sí que es un momento estelar. Estelar viene de estrella (creo), y aquí la estrella debo de ser yo. Aunque sea una estrella de tierra, pero una estrella al fin y al cabo.
¡Salud!

viernes, 4 de febrero de 2011

Calcetines

Cada tiempo, da igual que sea un mes que una semana, donde se deja la ropa para planchar, o simplemente para organizar y distribuir, aparecen calcetines sin pareja que, por mucho que dilatemos su eliminación, acabamos por tener que tirar.
Es un “misterio” que nunca he sido capaz de desenmascarar, y que creo que no es exclusivo de mi casa.
También es algo que se acepta con normalidad, de modo que quizá requiera de alguna investigación pero no de preocupación.
Pero últimamente hay otra cosa que sí que me ha dado que pensar, aunque no mucho. Pues, a partir de que uno ha visto ya unos cuantos miles de amaneceres, apenas se preocupa por las cosas que no se pueden explicar de forma fácil; el bagaje de la vida nos orienta hacia lo difícil, hacia lo que nos puede proyectar hacia la inmortalidad. Lo demás es irrelevante.
Y esa cosa es que, de vez en cuando, pues esto no ocurre todas las semanas, aparecen en ese mismo lugar donde se acumulan los calcetines sin pareja, calzoncillos que todos los hombres que pertenecen al entorno de convivencia censado rechazan como suyos. Y es mejor no insistir, es mejor que a las primeras de cambio nos deshagamos de ellos y continuemos nuestra rutina sin más.
Entre otras cosas, o sobretodo, porque son de un tamaño descomunal. Mucho más grandes de los que usamos por aquí. Y ¿para qué complicarse la existencia a estas alturas?, sobre todo cuando eso no nos va a proyectar hacia la inmortalidad del cuerpo, mucho menos del alma (o lo que sea).
Sería estúpido arriesgar cuando no hay beneficio posible en ello, más bien lo contrario, a juzgar por el tamaño de las prendas.
Y ahora que lo pienso, a lo mejor sobran el resto de los argumentos y basta con la última reflexión. Mira por donde me podía haber ahorrado gran parte de la exposición, pues todo era cuestión de tamaño.