martes, 1 de marzo de 2016

PALAUTORDERA

Nunca había oído hablar de ello. Sí, sabía y sé que hay innumerables formas de meditar, y que cada una tiene su propio nombre. Pero fue al oírlo de boca de Candy, un amigo en el que creo, que me llamó la atención.
Y fue la segunda vez que lo mencionó, viniendo de una excursión de montaña en el pirineo, cuando entré en internet, busqué la página correspondiente y pedí ir a meditar en las fechas que más me convenía. Tuve que rellenar un formulario con algunas preguntas algo inhabituales, contestándome que estaba completo, que si me quería apuntar en la lista de espera. Dije que sí.
Pasado un tiempo me solicitaron que confirmara si quería seguir en la lista de espera, así como si estaría dispuesto a ir avisándome con uno o dos días de tiempo. También dije que sí.
A las pocas semanas me enviaron un correo para incorporarme en dos días. Yo ya lo había intuido, casi podría decir que estaba seguro que sería sí; que me llamarían, seguro, y con dos días de tiempo. Como si se tratara de un modo de confirmar mi interés por encima de todo.
Tomé el tren hasta Barcelona, y luego el rodalíes hasta Palautordera; por cierto, pueblo feo donde los haya, probablemente para competir con Cercedilla, y no me cabe duda que con otros muchos que por suerte no conozco.
Me bajé en la estación abandonada que, entre pintadas y cascotes, indicaba Palautordera, y me puse a andar. Un hombre que bajaba de un coche, me vio y me preguntó adónde iba; le contesté que al pueblo y me rectificó que era en sentido contrario. Di las gracias y cambié mi ruta, pero insistió en su interés para con mi conducta y me informó que al otro lado de la vía había una parada de autobús que llevaba al pueblo, que estaba a más de un kilómetro. Nuevas gracias y crucé hacia un aparcamiento en el que los de allí dejaban sus coches para tomar el tren a Barcelona y su zona industrial (o lo que sea, porque para la industria que queda).
Estaba yo solo y me entretuve leyendo los carteles que había pegados; me llamó la atención uno que convocaba a una carrera con perros. Luego opté por dar patadas a las colillas que había bajo la marquesina del autobús (preferiría decir del ómnibus, es más latino, más nuestro). Hasta que llegó una señora con una maleta, se sentó en el banco de espera debajo del toldillo, y se puso a fumar uno tras otro. Entonces, con mi exigua mochila comencé a pasearme por la carretera y entre los coches aparcados.
Antes de que llegara el autobús, o mejor el ómnibus, aparcó en su lugar una pequeña y desvencijada furgoneta, conducida por un hombre de edad, de porte espigado, con un bigote blanco y grande, y andares de una agilidad vacilante, del modo como andan los marineros, acostumbrados a hacerlo así para compensar los vaivenes con que el mar sacude los barcos.
Nos saludamos y nos miramos varias veces a los ojos con intención escrutadora, como intentando preguntarnos algo sin atrevernos. Me parecía que iba a un encuentro secreto o algo parecido, y creo que él también lo percibía así. Al poco llegó el siguiente tren, de él bajaron no más de 5 ó 6 personas, y entre ellas dos mujeres de edad por debajo de la mitad de su vida, que se dirigieron al hombre preguntándole si era él el que las llevaría al centro de meditación. Fue entonces cuando me acerqué y, antes de que llegara a su altura, se dirigió a mi con una sombra de timidez para preguntarme si yo también iba allí. Contesté afirmativamente y se apresuró a coger la maleta que había en la parada del ómnibus, quizás influido por las voluminosas maletas de mis futuras compañeras de meditación. Enseguida le paré para decirle que no, que yo ya llevaba mi mochila. La maleta era de la señora que fumaba, que sin duda esperaba al tren que iba dirección Barcelona.
Subimos los cuatro al coche y nos dirigimos a nuestro retiro. Agradecí la intervención del primer hombre, pues la distancia era realmente considerable y no muy agradable el trayecto; una carretera fría y desangelada, igual que la tarde.
Durante el viaje hablaron sobre todo las dos mujeres. Una de ellas repetía estancia y estaba deseando volver, lo cual me animó; la otra era también novata. El hombre apenas hizo alguna pregunta, limitándose a conducir, como parte de una meditación.
Cuando llegamos ya era media tarde de otoño. Los hombres íbamos en una dirección y las mujeres en otra.
Entré en una habitación larga y algo estrecha. Un cartel avisaba de varias normas: silencio absoluto (nada de saludos, ni gracias ni por favor ni nada de nada), no trocarse ni para darse la mano y cosas parecidas (todo ello ya fue para mí un choque importante). Tras una mesa, un hombre nos iba dando un formulario parecido al que ya había rellenado hacía meses por internet, el cual había que firmar. Al cogerlo fui a darle la mano y me la rechazó sin miramientos señalándome el cartel. El formulario exigía, entre otras cosas, el compromiso de cumplir los 10 días de retiro. Pero lo que me sorprendió fue que nos pedían el teléfono, la documentación (carnés, tarjetas y dinero) y las llaves del coche, a quien hubiera llegado por ese medio, para meterlo todo en una bolsa de tela con un número, dándonos a cambio una ficha de plástico con el mismo número.
Ahora pienso que ese fue mi error. Tenía que haberme negado, o ya dispuesto a tener la experiencia, haber ocultado en la mochila las tarjetas y el carnet de conducir, lo que me hubiera dado seguridad, con lo que probablemente hubiera sido diferente. Al final explicaré porqué.
Tras instalarnos en nuestras literas y tomar una merienda cena frugal, nos reunieron en un patio cuadrangular a todos los que íbamos a compartir los 10 días de meditación. En total algo más de 50, mitad hombres y mitad mujeres, aunque no los conté. Sí que en alguna ocasión hice un cálculo más exacto, cuando estábamos en la sala de meditación, y contando los voluntarios (cocineros, asistentes y monjes o casi) estábamos en torno a las 70 personas, más o menos.
Al patio daban varias puertas, las de un lado correspondían a los aposentos de los hombres y las del otro a los de las mujeres. También en éste último se alojaba la máxima autoridad (desconozco su tratamiento), que era una mujer.
Envueltos en mantas, pues la noche era fría, escuchamos las normas a seguir durante los siguientes días, que había que añadir, por supuesto, a las que rezaban en los carteles, y que eran más o menos: levantarse a las 4 de la mañana e ir a meditación hasta las 7, luego primera comida, pequeño descanso y otras tres horas de meditación. A las 11 segunda comida, y última para los repetidores (los nuevos tomarían un té y fruta a las 17 horas, o sea a las 5 de la tarde). Luego, pequeño descanso y nueva meditación. Después de la merienda frugal, meditación hasta las 7 u 8 de la tarde, ya noche en otoño, en que había una charla y meditación que concluía a las 9 de la noche con el “toque de silencio” (no sé si era posible más silencio…) y la marcha hacia las literas. Todos los eventos se avisaban con un gong que había en medio de la parcela; un gong para las mujeres y otro para los hombres (¿).
La mayoría de las meditaciones eran en una gran sala con el suelo de parqué y las ventanas tapiadas, pero había flexibilidad y una parte de la meditación se podía optar por hacerla en la habitación, si bien no era aconsejable.
Estábamos discretamente vigilados. Un casi monje (es que no sé cómo llamarle) cuidaba de que tuviéramos los cojines, las mantas, banqueta quien la necesitara, e incluso en algún caso silla para sentarse en la parte posterior de la sala, los que no podían resistir en otra posición.
Los vigilantes llamaban discretamente la atención cuando algún comportamiento se salía de las normas (una vez me quedé dormido en la litera entre meditación y meditación y vino a preguntarme si me pasaba algo), y estaba a nuestra disposición para aclarar dudas; que digo yo… ¿qué dudas?.
Aunque la meditación, a diferencia de la que yo practico, era con los ojos cerrados, yo los mantenía discretamente abiertos. Miraba normalmente hacia delante, pero varias veces me fijé en el perfil de una japonesa que había dos o tres filas más allá, a mi derecha. Me apeteció mucho dibujar su perfil, tan diferente a los occidentales a los que estoy acostumbrado los jueves por la tarde en las sesiones de dibujo.
Bueno, dibujar me apeteció muchas veces, así como escribir, pero eso estaba también totalmente prohibido. Tengo que progresar yo mucho para entender tantas cosas, que voy a tener que priorizar.
Entre meditaciones podíamos pasear por el terreno que rodea los edificios, los hombres a una parte y las mujeres a otra, todo muy separado. Eso lo hacíamos todos, cruzándonos una y otra vez sin ni siquiera mirarnos a los ojos; los que tenían el coche aparcado al otro lado del seto lo miraban como se mira un objeto de deseo al otro lado de un escaparate. Aunque ahora hablaré de ese terreno que he citado.
El terrero, 4.000 ó 5.000 metros cuadrados, muy poco cuidado, estaba (estoy hablando en pasado como si ya no estuviera, pero seguro que está) relativamente poblado de pinos, algún frutal ocasional (almendro, granado) y arbustos, con una constante “que todos se encontraban extremadamente endémicos”, retorcidos los troncos, vegetando mal, con los frutos secos antes de madurar. Vamos, como si estuvieran torturados. Ante esta perspectiva, saqué varias veces con disimulo mi péndulo de madera e hice preguntas con resultado desolador. Allí había pasado algo NO bueno en el pasado y el terreno no había sido limpiado.
No fui capaz de averiguar qué. Pregunté si matanzas, si un cementerio, alguna tortura, así como otras preguntas y ninguna me dio resultados “totalmente” positivos; algo sí que me sugirió, pero ya me guardaré yo mucho de afirmar una sugerencia del péndulo. Sólo una certeza, que en el subsuelo había varias corrientes de agua cruzadas, aunque me sorprendió que no hubiera hormigas, quizá, ante la proximidad del mal tiempo ya estaban en sus cuarteles de invierno.
Otra cosa que me llamó la atención es que en el entorno había algunas casas, al parecer no habitualmente habitadas, y que varios perros ladraban continuamente en varios puntos, tanto de día como de noche. Los perros son muy sensibles a los lugares geopatogénicos.
Vamos que allí se estaba mal, siendo prudente en el calificativo.
Yo me pasaba la mayoría del tiempo dando patadas a las piñas que habían caído de los pinos, observando las plantas con sus frutos endurecidos antes de llegar a la madurez, mirando al exterior, cosa harto difícil porque el seto lo impedía; porque nada de ejercicios físicos, que no eran bien vistos.
La primera noche caí rendido por el viaje, por el cambio de hábitos y por el frío. A las 4 de la madrugada sonó el gong y, sin apenas asearme, me fui a la meditación.
Tardé casi tres días en encontrar la postura correcta, posiblemente porque lo poco que he aprendido está dirigido a la meditación Zen, que es muy exigente en la postura. La encontré cuando, al ver que había banquetas, pedí una para mi. Pero sin y con la banqueta tuve varios episodios de sueño en los que estuve a punto de clavar mi testuz en la espalda del meditador de delante.
Las meditaciones las dirigía con su presencia una mujer que salía a escena bastante tiempo después de que estuviéramos meditando, con un aire un poco místico y se sentaba en la posición del doble loto frente a nosotros; a uno y otro lado, en perpendicular, se sentaban los cuidadores, mujeres y hombres (les diré casi monjes) separados a izquierda y derecha.
Y cuando digo “con su presencia” lo hago conscientemente, pues apenas decía algunas palabras y enseguida conectaba una grabación. Grabación que fue sin duda uno de los dos o tres detonantes de mi decisión final.
Tres tipos de grabaciones tuve que soportar: una en la que una voz pastosa que arrastraba gorgoritos en la garganta emitía cánticos indescifrables, sin duda pensados para reforzar nuestro autocontrol (si aguantas eso durante horas, ¿qué no vas a ser capaz de aguantar?); otra en la que la misma voz nos instruía en el modo correcto de ir profundizando en la meditación, con los ya consabidos sistemas de concentrarse en la respiración, repitiendo las instrucciones una y otra vez en inglés; inglés que era a continuación traducido al castellano con otra voz más timbrada pero también grabada; y finalmente, la tercera grabación era el discurso de la noche, que durante más de una hora, ahora sí solamente en castellano, nos contaba historias con la estrategia sibilina de orientarnos hacia el budismo. Por suerte, la voz de éstas últimas grabaciones era la misma del traductor al castellano de la anterior.
Aguanté los tres primeros días porque prometían que si pasabas el tercero todo cambiaba. Yo sólo hacía que recordarme de lo que me había dicho Candy, que allí te dejabas toda la mierda que llevabas, así es que yo esperé hasta el tercer día sin ducharme. Visto lo visto, al cuarto, aproveché el tiempo después de la segunda comida, la de las 11, y tomé una ducha procurando no atascar el desagüe.
Entonces apareció de forma espontánea otra promesa que apuntaba al quinto día. Eso del “quinto día” me traía a la memoria una novela que leí hace algunos años y que me dejó buen recuerdo, así es que esperé.
Habían pasado los días de forma lenta, con lluvias diurnas y nocturnas, con el frío de una geografía casi prepirenaica en otoño, paseando y meditando, sin cruzarme ni una mirada con mis compañeros de retiro, y sumergido en las malas energías del entorno. Soportando en los oídos los ladridos de los perros de por alrededor, que no cesaban ni de día ni de noche. No había encontrado mi sitio en la meditación y mis expectativas, que no sé realmente las que eran, no se veían mínimamente cumplidas.
Yo miraba a mis compañeros durante los paseos y las comidas sin preguntarme nada. Unos tenían aspecto de ejecutivos medio-burgueses, otros de víctimas de la crisis y los menos de monjes iniciados. En cuando a la comida, había también de todo. Algunos comían como si fuera su última voluntad antes de la muerte y otros siguiendo una dieta estricta con la mirada perdida. En cuanto a los voluntarios de la cocina, que entraban y salían como autómatas, o mejor con el semblante inexpresivo, tenían aspecto de venir de cruzar el cabo de Hornos. Bueno, a mi me lo parecía así.
En estas estaba yo, cuando apareció la promesa del “séptimo día” en la charla de la noche, en la que se decía, que si llegas al séptimo día de meditación y régimen de silencio, tu objetivo se reencuentra contigo.
La superior, cada dos días, después de una de las meditaciones de la tarde, nos llamaba de 6 en 6, nos poníamos ante ella y con voz tan suave que apenas podías oír, nos hacía uno o dos preguntas: ¿meditas bien?, ¿te duele algo?, y poco más. Yo, el día anterior le había dicho que me dolía el menisco de la rodilla izquierda, que lo tengo roto; hizo un gesto que no supe interpretar y ya está.
Había otras entrevistas que aparecían cada día en una pizarra que había en el comedor, pero yo nunca estuve allí mencionado.
El sexto día por la noche me acosté intranquilo. Pensé en que me había dejado arrebatar de forma pasiva y estúpida la identidad (la documentación, el teléfono, las tarjetas, la llaves…), que una vez más había actuado sin pensar; eso me molestó. Además de que estaba fuera de la ley y atentaba contra mi dignidad como persona. No dormí en toda la noche.
A las cuatro, cuando sonó el gong, me fui directamente a la sala de meditación, pero en lugar de colocarme en mi sitio busqué a mi “interlocutor”; al sentirme junto a él se alarmó; interrumpió su abstracción unos segundos y me indicó que iría después a hablar conmigo.
Más o menos una hora después me hizo señas para que saliera fuera, me llevó a un lugar apartado, y allí le dije que tenía que marcharme, que la rodilla me tenía destrozado y que necesitaba cuidados médicos. Para reforzar mi argumento, que era verdad a medias, o menos, fui cojeando. En la corta conversación que tuvimos me pidió varias veces que bajara la voz, puso cara de contrariado y me dijo que iría a comunicárselo a la superior (es que aún hoy sigo sin saber cual es su tratamiento). Me dijo que fuera a desayunar y que después hablaría conmigo. Sobre las 7 tomé la primera comida y me fui a la litera a poner en mi mochila las pocas cosas que había llevado. Estaba yo allí solo, en aquella habitación con las ventanas tapiadas, hacinada de literas y posiblemente acechado por algunos insectos, chinches y pulgas, porque tenía las piernas picoteadas desde hacía algunos días y me picaban a rabiar. Pensé que también era una forma de meditación, ¿o no?.
Salí fuera y me senté en un banco que había en la puerta; ya no llovía. Al poco pasó un compañero con aspecto jovial y me preguntó en valenciano que qué me pasaba. Le conté lo de la rodilla y se sentó a mi lado, me dijo que era de Canals y que era la segunda vez que iba. Hablamos unos minutos, suficientes para gozar del sonido de una voz humana y para que me deseara una pronta recuperación. Él también repetía, era la segunda vez.
Al rato vino mi cuidador-vigilante con mucho misterio y me dijo, no sin recriminarme con cierto tacto que tenía que haber previsto que me iba a encontrar mal para no ir, que la superior le había dado permiso para que me dejara ir (¡Qué cosas! Que me dejara ir… ni que fuera Sing-Sing). Le di la chapa con el número y le pedí mi documentación, pero me dijo que me la darían en el coche que me iba a llevar a la estación. Rechacé el coche aduciendo que llegaría también andando aunque tardara más, que no quería ocasionar más molestias, pero insistió.
Un hombre de unos cuarenta años, uno de los voluntarios sin duda, me llevó a la estación; en el camino, él también lamentó que no hubiera yo acabado los 10 días, arguyendo que el resultado es espectacular, cosa que no percibes si no acabas. ¡Vaya por dios!.
No sentí ningún deseo de desandar el camino para volver al retiro desde la estación, más bien sentí alivio de encontrarme en aquella desvencijada parada del rodalíes de Barcelona. Le di las gracias y a los pocos minutos estaba sentado junto a una ventana del tren viendo pasar los restos de antiguas zonas industriales, las obras sin acabar del AVE a no sé dónde con los hierros oxidados, los depósitos de coches esperando ser vendidos y varias ciudades dormitorio desperezándose.
En el interior, cada loco con su tema, unos – los más – manipulando su artilugio electrónico, otros leyendo el periódico, y algunos conversando, o castigando al compañero o compañera de viaje con razonamientos obsesivos, con el único objetivo de oírse a si mismos. El tren se fue llenando hasta vaciarse casi de golpe al llegar a Barcelona.
Todo tan distinto, pero tan auténtico. Eso, nos guste o no, es la realidad con la que hay que lidiar cada día.
Ni lo uno, ni lo otro. Pues a ver cómo arreglamos esto.

2016 – A. Nonimus ©

martes, 3 de noviembre de 2015

RESPETO Y TIMIDEZ

Era muy temprano. Mochila a la espalda subía por la ladera a paso lento, consciente de que me quedaba un largo trecho hasta llegar a la boca del volcán y no debía de desperdiciar las fuerzas.
En estas latitudes el camino puede volverse aún más penoso. Puede comenzar a llover sin consultarte, esa lluvia que no se nota en la piel sino más adentro.
El calor húmedo y pegajoso del casi ecuador ya comenzaba a sentirlo debajo de la ropa.
Ella estaba allí, en esa posición que nunca sabré como describir, haciendo trabajos agrícolas para los que básicamente se valen de las manos, y sobre todo muy concentrada.
Las he visto pasar así horas y creo que gracias a ellas su agricultura les permite comer todos los días.
Un trabajo para el que no sé si hará falta curriculum pero sí un gran espíritu de sacrificio y amor a la vida.
¿Cómo si no?.
No quería violar su intimidad. Me hubiera gustado acercarme y ver su mirada, calcular su edad y regalarle una sonrisa o simplemente eso, mirarla; pero no lo hice y tomé la foto desde lejos, con timidez.
Isla de Java - 2014

domingo, 1 de noviembre de 2015

AMIGOS SÍ, PERO...

Bebía sin cesar y repetía cada plato pasando una miga de pan por él al acabarlo. Cuando la salsa untaba sus dedos los chupaba con fruición hasta dejarlos sin duda libres de bacterias, con los ojos siempre fijos en lo que se llevaba a la boca, hasta bizquear.
Los suyos, claro, porque los de Moddy, una perra alsaciana que reposaba echada a poco más de un metro de él, sin perder detalle de sus movimientos, habían pasado de estar ligeramente achinados y somnolientos, a abrirse como platos primero, y poco después a hacerse acompañar de un arqueado de cejas como solo los perros alsacianos saben hacer.
En vistas de que, al parecer, la capacidad de engullir de aquel homo sapiens era ilimitada y de que en la mesa apenas quedaba nada comestible; Moddy, que se había erguido visiblemente inquieta para analizar la situación con todos sus sentidos desde una perspectiva mejor, emitió un par de hipidos y puso prudente distancia con el sujeto.
Así permaneció unos minutos, hasta que sintió los ojos de él repasando su anatomía con cierta "curiosidad", mientras mantenía en ambas manos un cuchillo de trinchar y un tenedor.  Fue en ese momento cuando Moddy inició un trote decidido para alejarse del supuesto peligro, a la vez que intentaba aliviar su miedo en forma de agudos gruñidos.
No la volví a ver hasta mucho después, una vez tuvo la seguridad de que había desaparecido el peligro.
Yo también me marché de inmediato, casi sin despedirme, tenía un compromiso que atender; aunque una vez fuera olvidé cual era. ¿Será que comparto instintos que desconozco? .

¡Qué mala es el hambre!

GOYA: The portraits, in The National Gallery (London)

(Del 7 de octubre de 2015 al 10 de enero de 2016)
Una excelente exposición. 
Aunque la mayoría de las obras ya las había yo más que contemplado, en esta ocasión me he leído todos los folletos y releído las crónicas de los diferentes medios de comunicación, los cuales no han regateado elogios para éste gran pintor aragonés, para mí el primer impresionista.
Pero de todo lo leído quiero resaltar algunos detalles que, los muy estudiosos del arte han coincidido en tener en cuenta.
Goya retrataba algo más que la cara, el cuerpo, las ropas y en general el gesto de sus clientes; pues al observar los retratos de Goya se puede inferir la personalidad de ellos sin ningún género de dudas.
Resaltan, y estoy de acuerdo (salvo que los historiadores nos hayan mentido), la profusión de retratos a la Duquesa de Alba, con quien tenía una relación "especial", así como con otros miembros de la corte, en la que estuvo durante largo tiempo asentado. Cabe preguntarse si se marchó al país vecino antes de que , no muy espabilados al parecer, se dieran cuenta de que los "desnudaba" vestidos.
Y, voy a transcribir lo que Le Guardian dice respecto del retrato a Fernando VII, del que el retratado se sintió muy orgulloso. Dice literalmente que refleja con fidelidad que el "tal fulano" era impotente, tiránico, vicioso y con poco criterio (poca sesera).
Lo comparto todo, ¿cómo no?, así como lamento haber tenido en el pasado semejante gobernante (sin hablar de su no mejor descendiente). Y, el que estuviera el "VII" tan a gusto con su retrato aún siendo tan evidente lo que dice el crítico del periódico, confirma sin duda lo certero del análisis de la personalidad del mismo.
Dicho esto, repito: la exposición "worth it"

jueves, 29 de octubre de 2015

FROM STONEHENGE (GB)

Después de mucho tiempo allí, mi mente comienza a devanarse. Ato cabos y, de entre lo mucho que he leído y lo poco que he visto y experimentado, relaciono unas cosas con otras. Finalmente me queda una foto más o menos así.
No fueron lugares de un solo uso. Fue necesario que hubiera una estructura social con autoridad definida y aceptada, pues todo esto requiere del trabajo de mucha gente y alguien que dirija, que lidere. Por supuesto que el jefe no curraría, eso no ha cambiado y debía de ser así también entonces.
Volviendo a los emplazamientos, parece más que probable que nacieran con un objetivo; ¿de qué tipo? ¿civil?  ¿religioso?. Es probable que originalmente no hubiera diferencia entre ambos, que la diferenciación sea posterior.
Aunque no lo he dicho pero también resulta obvio, es que éstas sociedades deberían de no ser nómadas; es decir, que habría asentamientos a partir de los cuales desarrollarían sus actividades de subsistencia. Las construcciones de estos lugares no son entendibles en pueblos nómadas.
A partir de aquí, y analizada su distribución y orientación, puedo afirmar sin demasiado temor a equivocarme, que para ellos era importante conocer las estaciones, cuando cambiaban y su progresión, con el fin de optimizar sus cultivos. Así es que, en cada lugar, observo que en los solsticios y equinoccios el sol penetra por un espacio concreto muy definido. Ello le da al lugar la categoría de “sagrado” (no confundir con religioso); a partir de lo cual lo faculta para ser utilizado para otro tipo de ceremonias, encuentros y acontecimientos sociales. Bien para celebraciones (la cosecha o una unión entre miembros de esa sociedad), o bien para enterramiento de personajes destacados.
Me pregunto si para estas “construcciones” se buscaron lugares con especial energía; si sabían buscarlos, o si es que tenían sensibilidad para percibirlos. Aunque también podría ser que debido a su utilización fueran adquiriendo la fuerza que todavía hoy tienen. Para quedarme contento voy a pensar que un poco (o un mucho) de cada.
Las piedras de estos lugares están “vivas”, pero que muy vivas. Vaya por delante que todas las piedras están vivas. La vida de las piedras transcurre lenta y de manera más sólida y estable de lo que nosotros los humanos entendemos por vida, pero lo están.
Probemos a poner piedras con la intención de activar un lugar y pasado un tiempo tendremos la respuesta.
Yendo a lo concreto, en los yacimientos del sur de Inglaterra no hay demasiadas posibilidades de sentir cosas, pues la visita está limitada y guiada con objetivos exclusivamente turísticos. Vamos, al modo de Carnac en la Bretaña francesa y de otros lugares de interés (Machu-Pichu, Brobudur y muchos más). Sobre todo ahora que recientísimos e inmensos descubrimientos por desenterrar (se encuentran allí inmersos en la planificación de cómo sacar a la luz lo que puede ser el más importante conocido), tienen el lugar en cuarentena.
Me dirijo por tanto bastante más al norte, donde puedo medir, mirar, fotografiar y todos los “ares” posibles a dos yacimientos situados por encima de Stafford, junto a una granja.
Están señalizados con hitos de VR (Victorian Regina) lo que da idea de que no se descubrieron antes de ayer. No hay vigilancia pero se nota que hay un respeto exquisito por el lugar. Llegan senderistas a verlos, algunos de los cuales aprovechan para descansar y tomar un tentenpié, pero todo está limpio.
No me atrevo a asegurar que fuera igual antes (antes de la VR), y que alguna granja de los alrededores no tenga algún dólmen en sus paredes maestras. Quizá eso es pensar como un individuo del sur o simplemente como un individuo, pero así lo pienso y así lo digo. Lo vi en Carnac donde había dólmenes delimitando granjas o la terraza de un bar.
Pues aquí me explayo en medir, pasear y disfrutar sobre una colina en forma de cráter de perfiles redondeados y cubiertos por una suave alfombra de yerba fresca, donde una veintena de piedras caídas, de diferentes tamaños, forman el círculo de lo que sería (siguiendo con el símil) el borde del cráter. En el centro hay una de mayor tamaño, también caída, en lo que podría haber sido en su día el “altar” o lugar de referencia desde el que se realizaban los ritos u ofrendas hace 4.500 años (4.500 b.p.).
El círculo tiene un diámetro de unos 30 metros (lo mido a zancadas largas y le aplico coeficiente corrector pues a tanto no llego). Una corriente subterránea de poco caudal cruza el círculo de O a E pasando por el centro. El nivel energético del centro apenas llega a los 9.000 bovis. En las piedras de alrededor del círculo mido la mitad observando que, aunque con pequeñas diferencias, a mayor tamaño de las piedras más energía.
Siento el cansancio de las piedras que, aunque parecen querer levantarse (o que las levanten) no encuentran el modo. Es como si se resignaran sumidas en la añoranza de lo que fue el lugar. Agradecen que estemos allí. Voy con dos personas más que me esperan pacientemente hablando en una orilla, junto a dos caminantes que han parado allí a tomar un bocadillo. Los cuatro me miran de hito en hito todo el tiempo.
Antes de que llegáramos pactaban unas ovejas que poco a poco han ido abandonando el lugar y alejándose.
El foso que hay entre las orillas de lo que he llamado cráter y la meseta del centro donde está la piedra grande apenas alcanza los 2 metros de profundidad. Todo el conjunto goza de unas suaves irregularidades que la vista agradece.
Ha pasado algo más de una hora, así es que, como no quiero hacer esperar más a mis amigos y tampoco hay mucho más que hacer, nos vamos a otro promontorio, más pequeño y posiblemente bastante más antiguo que hay a pocos metros.
El caso es que me encontraba bien y me hubiera quedado más tiempo. Es muy posible que no vuelva más, así es que a pocos pasos me vuelvo para mirar y sigo mi camino.
El segundo emplazamiento es tan solo un pequeño promontorio, también señalizado con la “VR”, pero en el que las pocas piedras que hay al descubierto lo están parcialmente. No merece más comentarios.
Para lo que he medido me he valido de un pequeño péndulo de madera que suelo llevar en el bolsillo (no pita en los arcos detectores) y de dos varillas que llevaba en la maleta.
El día es soleado aunque en el cielo se perciben algunas nubes altas. La temperatura: entre 15 y 18º C. El horizonte se puede ver con claridad, y entre éste y nosotros unas suaves colinas dan de comer a vacas y ovejas totalmente ajenas a cualquier otra cosa.
Volvemos por la misma senda, abriendo y cerrando la pesada puerta de madera, y atravesando después la misma granja por la que vinimos, en la que esta vez una mujer madura, con la piel curtida, nos saluda regalándonos su limpia sonrisa.
Al final del camino, junto a la carretera, está el panel anunciador del emplazamiento, y junto a él una cestilla para que se deje la voluntad.
Unos 50 kilómetros después nos esperan tres pintas de 4,5º (imposible probar todos los tipos de cerveza que hay aquí) y unos “fish and chips” calientes.
Bueno, ¿y si todo esto me lo estuviera inventando…? sí,  porque me hubiese venido antes de que "lo acabaran". Era descortés quedarme y no ayudar ¿no?.
El último párrafo (en negrilla y cursiva) está escrito después de repetir “pinta” al menos una vez que recuerde. Al fin y al cabo, casi todo lo escrito ha sido una teoría poco soportada, pero de la que estoy convencido.


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miércoles, 9 de septiembre de 2015

LA SELVA NEGRA

LA SELVA NEGRA

La denominada “Selva Negra” está situada al sur de Alemania, frontera con Francia y Suiza.
A decir verdad, ni es “selva” ni tampoco “negra”, a mi me ha parecido un gran “bosque verde”, pero para no hacer publicidad a una marca de productos de limpieza la voy a seguir llamando Selva Negra.
Le digo esto a un amigo que la ha visitado en invierno y me dice que a él le pareció muy negra y muy blanca. Volveré en esa época para remodelar la impresión que me ha dejado.
Voy a intentar no hacer comparaciones porque yo vengo del sur y los lugares los diseña el clima pero también (y mucho) la cultura y carácter de sus habitantes, y centro Europa es “otra cosa”.
Para intentar protegerla, sus gobernantes y los habitantes obedecen sin que les siga un servidor de la ley; no permiten que haya vehículos parados con el motor en marcha, los transportes públicos son modernos, frecuentes, gratuitos (también para los que se hospedan en sus hoteles) y eléctricos, hay prioridad absoluta para las bicicletas, la recogida de residuos está programada (no hay contenedores en las calles); y en otro orden de cosas, los servicios públicos son excelentes y usados por todos, sin importar su nivel económico. Me refiero por ejemplo a los polideportivos y piscinas públicas, que por cierto son espectaculares. A cambio no vi ni una sola casa con piscina privada; todo un ahorro de recursos.
También observé algunos detalles como la calidad, de por ejemplo el mobiliario de las terrazas, que parece que sea, y seguro que es, para “toda la vida”, lo que me hace pensar que no compran ni en Ikea ni en Leroy Merlin; pagarán bastante más pero eso tiene sus ventajas.
Vergüenza propia y ajena me dio ver que la mayoría de las casas tienen el tejado cubierto por placas de energía solar fotovoltaica (el coste medio de la energía en Alemania es la mitad que en España, contando que ellos utilizan mucho la madera para la calefacción en los pueblos, claro, pero es un dato humillante).
Y voy al viaje.
El primer día, al llegar a Frankfurt, preciosa ciudad, lo primero que me fijé fue en la gente, con el siguiente resultado:
Siempre he pensado que tenemos una tendencia natural a imitar al “poder”. Será por eso que no veía por todas partes nada más que “Ángelas”… ¿si alguien había diferente estaría oculto?.
Todos ellos rubios, serios y en posición de firmes; los que van andando van a paso marcial.
Bromas aparte, tampoco estuvimos mucho tiempo en la ciudad pues enseguida, guiados por una pelirroja holandesa, domiciliada en Cádiz desde hace 3 lustros y de nombre Ini, tomamos un autobús hasta Zell (a unos 300 km) donde nos esperaban unas camareras húngaras para servirnos una cena alemana (sobran los detalles) en el hotel Sonne, que creo que significa Sol, y que sería nuestra base de rutas de senderismo y visitas turísticas.
Con la barriga llega nos fuimos a la cama a media noche, inhabitual en estos lugares, mucho menos en mi caso, pero “es lo que hay”.
Como cuando escribo esto ya estoy de vuelta, me anticiparé diciendo que los esfuerzos de la guía y su ayudante por hacernos las excursiones agradables a “todos” (harto difícil pues somos 40) han sido superiores a los que ella ha hecho para aprender nuestra lengua. En su descargo tengo que añadir que tampoco Cádiz, ese paraíso del sur, es la capital de las conjugaciones verbales y la fonética castellana.
A partir del día siguiente, el 5 de agosto, que comenzó nuestra andanza por la mentada Selva Negra, las temperaturas no bajaron de los 25ºC NI DE NOCHE, llegando a ver en los termómetros más de 40ºC algún que otro día; y por supuesto que de llover NI UNA GOTA.
Las rutas escogidas además de muy suaves, la mayor cota no llegó a superar apenas los 1.500 m, y transcurriendo generalmente bajo el frondoso bosque centenario, poblado de diferentes especies: coníferas, hayas… y su duración entre 5 y 6 horas en los que apenas caminabamos una veintena de kilómetros. Así las cosas, dió tiempo a conversar a hacer fotos y a recrearnos en los tentempiés y en algún que otro relax.
Fue un placer observar que el bosque crece mudo con un potente geotropismo negativo, que sorprende por su empeño en impedir que el sol llegue a la tierra; a pesar de lo cual ésta le corresponde con una vegetación variada en la que predominan los helechos.
Pudimos admirar restos de antiguas civilizaciones celtas cuyos poblados, altares o edificios principales estaban sabiamente construidos con piedras engarzadas con troncos de madera. Intenté medir la energía que todavía allí permanece y me impresionó el resultado. Cada vez que visito un lugar así me convenzo más de que somos cada día más ignorantes; y lo que es peor, nos sentimos orgullosos de ello.
Me viene bien caminar de vez en cuando con otros que no tienen como objetivo llegar al final cuanto antes, entre otras cosas porque su final, y ahora también el mío, no se encuentran tan alejados como yo estoy acostumbrado que esté.
Fotografíé saltamontes verdes, nidos de hormigas con sus huevos (la primera vez en mi vida), árboles que se elevabann más de 20 metros y las empalizadas rectas de sus troncos cuando allá en el fondo puede penetrar algún rayo de sol.
Contra lo que pudiera parecer, el agua (las fuentes) escasean en las rutas, por lo que hay que ir bien provisto. Cuando alguien olvida ese principio fundamental del senderista y montañero, ocurren accidentes con consecuencias no previsibles. Mis colegas tuvieron que hacer cola en una granja pidiendo agua. En las granjas sólo están obligados a atender a un máximo de 3 personas, pero en esta llenaron la cantimplora más de 30. Cuando acabaron de abastecerse le cantaron al granjero “adiós con el corazón…” , dos gestos bonitos que observé desde un altillo con más de un litro (de agua) todavía de reserva en mi mochila.
La selva está salpicada de granjas, aunque no muy frecuentes, de claros en los que se cultivan frutales y de algún pequeño poblado. También hay numerosos crucifijos de tamaño casi natural.
Las indicaciones en los cruces de caminos y sendas son excelentes, con distancias y tiempo estimado.
El pueblo desde el que partimos diariamente, Zell am Harmersbach, no tiene nada de particular salvo una fábrica de cerámica. Permanece mudo y sólo le devuelve la vida el paso intermitente de algunos vehículos durante el día. Tiene un supermercado y una estación de servicio a las afueras; y, un poco más allá, el polideportivo con tres espectaculares piscinas de acero inoxidable en cuyos trampolines y toboganes algunas tardes pudimos disfrutar compitiendo con adolescentes. Al final, allí mismo, reponíamos energías a base de, cómo no, salchichas y excelente cerveza.
Otros días cenaba en el pueblo con unos u otros compañeros; bien junto a la torre de las cigüeñas, al borde del canal o en un restaurante griego atendido por griegos cuya cocina responde por cierto con fidelidad a su origen.
Uno de los día, Ini, la guía, nos alertó de una “fiesta alemana” junto al cementerio y allá que nos plantamos unos cuantos. El lugar elegido era excelente, sobre todo porque los decibelios no había riesgo de que molestaran a los vecinos. Escuchamos música en directo de un grupo que intentó complacer a todas las edades y continentes, sin temor a recibir solanáceas a cambio; la compensación se limitó a pasar después el sombrero.
Las bebidas nos las facilitó un kiosco a precio “centroeuropeo” pagando el correspondiente euro por el envase, fuere el que fuere, que luego devolvían con el retorno del mismo. Un modo convincente de que no quedaran restos de la fiesta sobre la hierba que nos sirvió de reposo.
Alguien incluso improvisó un baile, nada ajeno a mi persona, y hubiera ido mejor de tener las pernas adaptadas a las irregularidades del terreno como los rumiantes autóctonos. Buena velada, aunque breve pues a eso de las 10, allí no queda nadie ni en las fiestas.
Me sorprendió que algunos restaurantes exhiben crucifijos e imágenes religiosas por doquier, comportamiento cuya justificación no he sido capaz de entender. Pero es lo que es… ellos sabrán, o no.
Por otra parte el servicio de la hostelería “propia” se colapsa con gran facilidad. Probablemente influye que mientras no acaban con unos no comienzan con los siguientes, y que tienen por costumbre hacer cuentas separadas SIEMPRE, con todo lujo de detalles. Claro que estos comportamientos deben de ser de los pequeños lugares, porque no los he visto ni en Berlín ni en Hanover ni en ninguna otra gran ciudad alemana.
Una de las visitas diferentes al senderismo habitual que realizamos uno de los días fue al lago Titisee, junto al pueblecito del mismo nombre. Se trata del lago más grande de la Selva Negra y está explotado turísticamente de forma absoluta: tiendas, restaurantes, hoteles, paseos en barca o ferry, y todo lo imaginable. Aún así, fuera de los meses centrales del verano debe de ser agradable para pasar una semana.
Allí me encontré varios autobuses de españoles cuyos conductores me confesaron que venían contratados por agencias turísticas. Esos son los viajes los que yo ¡adoooroooo!.
El día que vuimos a Friburgo (o Freiburg) tomé la foto de un termómetro a poco más de las 2 de la tarde con 41ºC. Ni aquí es agradable tanto calor. Que se vayan acostumbrando que el problema es y va a ser de todos.
Una curiosidad de esta ciudad es que las calles del casco antiguo están flanqueadas de canales por los que discurre el agua. La gente mete los pies para refrescarse, los niños hacen navegar pequeños barcos de madera que, muy oportunistas, venden en cada esquina, y los turistas despistados caen batacazos (¡pobre Mariluz! ¡qué hostia!).
Y más de lo mismo: que si la catedral fue la más alta hasta no sé que siglo, que si la ciudad fue conquistada por unos y luego por otros, que si guerra de sectas de una misma religión por aquí y guerra por allá (aquí no llegaron los moros, y no sé si Asterix…), y matanzas al estilo humano, etcétera.
Hoy en día goza esta ciudad de un lugar privilegiado y de un clima asumible aunque vean el sol con cuentagotas en invierno. Pero todo no puede ser.
Los tranvías se deslizan dulcemente , los músicos tocan sus instrumentos en algunas esquinas (uno de ellos es de Barcelona) y las sillas y mesas de los bares, heladerías y cafeterías reposan sobre los adoquines de sus plazas atendidas por italianos malhumorados o por venidas del este con ambos faros de Alejandría encendidos (¿estará en el contrato?).
En los museos hay más cuidadores que obras, algunos de éstos últimos fuera de edad laboral con toda seguridad. Todo un misterio.
En algunas esquinas se mendiga con atuendo digno y con mucha discreción, dejan alguna montera delante y mantienen la vista triste y perdida entre las piernas de los transeúntes. En fin, una ciudad cuyo centro es de artesanía y funciona como una máquina pesada con la grasa justa para que no chirríe y con el alma olvidada en algún remoto rincón, que parece no haberse desprendido de los viejos rencores de sus luchas de religión, que es como decir económicas, sin duda.
Las entidades financieras (todas, aquí aún hay pequeños bancos y cajas de ahorro) abren por las tardes y los sábados. Ojo al parche.
No sólo en los pueblos sino también en las ciudades es todo monolingüe; sorprende encontrar a alguien que hable o siguiera entienda en francés, cuyo territorio está a pocos kilómetros; quizá algo más algunas palabras en inglés, pero tampoco demasiado.
No quiero parecer negativo, la limpieza, sin duda resultado de una educación de la que gran parte de la humanidad carece, es admirable. Limpieza no es sinónimo de limpiar sino de no ensuciar. Aquí es así.
Otros permaneceremos durante mucho tiempo todavía, quizás eternamente, en la “otra” Europa.
El día que subimos al Feldberg, el pico más alto de toda la Selva Negra con unos 1500 m, no sin incidentes curiosos de pérdida de colegas (vamos, como perderse en un supermercado, más l menos), durante el largo rato que permanecimos en lo alto, se me ocurrió, continuando con la imaginativa publicidad de un panel que allí reza que se puede ver el Mont Blanc, decir “allí, entre aquellas colinas y aquellas otras, ved”, con tal acierto que varios de los que lo intentaron llegaron a verlo, y eso que aún no nos habíamos lavado los ojos en las fuetes del Monaterio de santa Odile.
Al día siguiente lo visitamos (el Monasterio de santa Odile), que es la patrona de Alsacia (¡qué sería de pueblos y ciudades sin un patrón o patrona!), cuya historia es conmovedora, tanto que no estoy en condiciones de yo ahora… (está en Internet), y después el pueblo de Obernai. Ese mismo día, por la mañana, atravesamos un sendero en el que un imaginativo artista ha aprovechado la tala selectiva para a golpe de hacha inmortalizar a algunas especies de animales frecuentes aquí, y que de no ser así no hubiéramos visto en todo el recorrido. Buena idea eso de que no puedan huir.
Descubrimos que por aquí también pasa el camino de Santiago; gran senderista el tal Santiago.
El pueblo ha respetado su estructura medieval y la ha aprovechado para vender de todo, bueno, de todo menos adosados y campos de golf… cada uno elige su presente y condiciona su futuro.
Otro día visitamos Strasburg (Estrasburgo, que la estupidez de traducir nombres propios no deja títere con cabeza), ciudad del “parlamento Europeo”, que resulta ser un organismo que cuesta un güevo a los europeos aunque no sabemos para qué sirve. Todo sea porque quienes no sirven para otra cosa vivan como dios. Lo vemos desde lejos mientras paseamos en un paquebote de esos de río, cerrado herméticamente por arriba y por abajo, de tal modo que si por una de aquellas naufragáramos daríamos titulares a la prensa mundial durante varias semanas. Aquí todo está pensado, no hay que dejar ni un cabo suelto.
La ciudad está secuestrada por la pasta que genera el organismo mentado, pero aún así es limpia, está surcada por unos aerodinámicos y silenciosos tranvías y resulta un paraíso tanto para el ciclista como para el peatón.
Un icono de la democracia civilizada controlada por los “poderes” del mundo occidental.
Aún así, ya la quisiera yo para sustituir a la mía.

Y, más o menos, con esto y un asiento de vuelta en un excelente 787 nuevecito de LAN, líneas de Chile, aterrizamos en uno de los aeropuertos con más nombres del planeta (hasta tres), propuesto para el premio de “nombre gilipollas” patrimonio de la Unesco.



martes, 1 de septiembre de 2015

LECTURAS DE VERANO

Me voy fuera y, como no voy a tener libros a mano para solazarme o flagelarme, pues me abalanzo sobre una librería y comienzo a descartar. Tanto tanto que me quedo sin nada, así es que cuando ya iba a marcharme me acuerdo de haber oído que Jardiel Poncela, del que he visto un par de obras de teatro que me han agradado “relativamente”, tiene una colección de cuentos o algo así.
Como no me acuerdo bien del título le pregunto a la librera ¿por...  “que no se entere ni dios”, de Jardiel Poncela?. Teclea en el ordenador y me dice: será “por dios que no se entere nadie”. ¡Poseso! le contesto.
Primero acabo “Mi otra madre” premio Valencia, de mi amigo y excompañero Vicente Marco, y el de Zarzalejos “Mañana será tarde”. Pero cuando ya estoy dispuesto a intentar pasármelo bien con Poncela, ya que dice en la portada que son sus mejores relatos y además divertidos, me cae (con buena intención) un “mejores ventas” (me jode eso de best seller, como si no hubiera palabras en castellano; y si no las hay se inventan). Nada menos que “La verdad sobre el caso Harry Quebert” de un tal Joël Dicker, que promete ser el Cervantes del siglo XXI y siguientes. Premio Goncourt; premio del que yo era asiduo aunque hace dos o tres años que no lo leo, simplemente porque el último que intenté acabar casi me produce sarpullido.
El tocho tiene más de 600 páginas (hay autores que con menos de 500 sienten que no cumplen, cuando para torturar con éxito sólo hay que elegir el instrumento adecuado y un libro puede serlo aunque sea breve).
A pesar de mis prejuicios lo comienzo con ilusión y en dos ratos ya estoy en la página 236. Y sanseacabó!
Una novela escrita a la medida de los invasores del norte del continente americano, con sus traumas, sus manías, sus “costumbres” y su estupidez; estupidez que espero que no comparta el joven escritor.
Ha mezclado el homicidio de una adolescente enamorada de un adulto (eso en los USA es silla eléctrica o casi) con los prejuicios recalcitrantes y la hipocresía de la sociedad americana, y partir de ahí se repite más que el ajo con una trama de policías y sospechosos que no se sabe si quieren colaborar o no, ñoñería, tortitas y salchichas, y más etcéteras. Sin duda los “académicos” de la Goncourt han visto en la obra una oportunidad para lavar sus penas de los últimos años y lanzarse al mercado americano.
No obstante, el librote contiene frases brillantes y aportaciones originales en la trama y en su desarrollo. Todo ello daría para unas 200 páginas. Pero la ya mentada manía de intentar demostrar (o demostrarse) que son capaces de escribir hasta acabar con todos los bosques del planeta es bien recibida por las editoriales, entre otras cosas porque pueden subir el precio y como se compran por “peso”, pues más beneficios.
Quien me lo regaló no lo hizo con mala intención, le perdono.

En cuanto a los otros mentados al principio, pues ya digo…

Sobre el del Zarzalejos: Cuando alguna vez alguien me ha dicho: “tengo dos noticias, una buena y otra mala”, yo nunca he dudado, respondiendo: “primero la mala”.
Por eso, al dar mi breve opinión sobre el libro de José Antonio, diré primero que le sobran perífrasis y circunloquios, así como algunos enrevesados detalles que pueden escapar a muchos lectores. Probablemente son intencionados y el autor no quiere llamar así de golpe ladrones y sinvergüenzas a los que hasta hace poco le daban de comer.
Pero dicho esto, resulta un análisis certero y documentado de la situación social (sí, primero social), política (sí, segundo política) y finalmente económica (porque es consecuencia de las anteriores) del “sarao” en el que está inmersa la acojonada sociedad española.
Lástima que no lo lean o no le hagan caso quienes todavía (no sé yo si hay tiempo to-da-ví-a) pueden enderezar la situación.
[Reflexión: ¿pá qué cojones sirve un jefe d’estao?]
Por cierto, ayer hablaba casualmente con un empresario de éxito internacional, nacido en el sur, y me decía ante cuatro testigos que la mayor concentración de inútiles de Europa se encuentra en Bruselas, y en el caso de España en la Moncloa y en la carrera de San Jerónimo.
Me sorprendió su afirmación, tanto más porque añadió que algunos empresarios triunfan a pesar de los políticos.
No, no dijo todos. Hay algunos que se hicieron grandes con fondos de la UE, con favores Políticos o aupándose a dirigir clubes de millonarios en pantalón corto. Pero a esos no se les debe de denominar empresarios, hay que llamarlos de otro modo aunque estén en el IBEX 35.
Volviendo al libro de José Antonio, que por cierto no es un libro para las siestas del verano, creo que vale la pena tenerlo a mano para ver dentro de muy poco tiempo si ha acertado en lo que dice y predice.
Por hacer un símil, salvando las diferencias, puede ocurrir como con el libro que publicó el Club de Roma en la década de los 80, en el que abogaba por el “crecimiento 0” para que el planeta y los humanos continuáramos viviendo en armonía, y que se ha cumplido a raja tabla. Mientras los humanos NI PUTO CASO.

El de “Que no se entere ni dios” (me doy licencia para cambiarle el nombre). Pues ya no me cabe duda de que este escritor fue lo que hoy llamaríamos un “niño pijo”, y que el Mota se inspira en sus cuentos para los programas que le emite la TVPP (quiero decir la RTVE, ha sido un lapsus).
NO DIRÉ NADA MÁS!

Y ahora voy a por Vicente Marco.
Los escritos de Vicente, así como también sus obras de teatro, cortas o largas, me recuerdan a Poe (pero sólo un poco ¿vale?). Conforme se avanza en la lectura Poe se queda atrás.
Recuerdo que hace años, cuando los piropos, ahora desaparecidos (como no se construye...), eran habituales, había uno que decía más o menos: entre lo que se te ve y lo que se te adivina, menudo tormento para la imaginación. Pues esa exactamente es mi opinión sobre la novela de Vicente (Premio Valencia 2015).
Él antes no era así, pero ya ves, se nos ha refundado.
su obra me gusta porque tras cada párrafo hay una pregunta y porque una vez acabada no todas las preguntas han sido contestadas.
Ésta tiene además el atractivo del erotismo, que siempre es más lo que sugiere que lo que dice, y que es cortita.
Pero, siempre hay un pero, me quedaría a medias si no dijera que hay un personaje , por cierto sin nombre, que llena la novela sin apenas abrir la boca. Sin él no hay novela. Sí, ese que llegó a la puerta de la calle empapado por la lluvia una tarde aciaga.
Vas bien tío!

Y ahora a ver si el invierno trae algo interesante para leer o tengo que de nuevo intentarlo con el Ulises de Joyce.


Aunque a mí siempre me quedará ERRI DE LUCA.