martes, 22 de mayo de 2012

PURA VIDA

Qué has hecho hoy, me preguntas.
Yo estoy mirando al infinito, con la vista desenfocada y una tenue sonrisa en mi cara. No me veo pero lo sé.

Me vuelvo a mirarte. Me fijo en tus ojos que comienzan a derramar esa alegría serena que luego acompañas con una mueca seductora. Mi silencio ha despertado tu alegría y también tu curiosidad. Me habías hecho la pregunta casi maquinalmente y de pronto se ha convertido en el centro de tus pensamientos.

Te hablo despacio, sin dejar de mirarte, sin elevar apenas la voz. Quiero que parezca una confidencia que estoy deseando contarte. Y es así, no hay juego en las palabras, no hay manipulación en las intenciones.

Ésta mañana, te digo, he rememorado en vivo algo que ocurrió hace mucho tiempo. Uno de esos episodios que quedan para siempre grabados en algún lugar aún por descubrir. Ha sido un impulso que también a mí me ha sorprendido, como sorprende la tormenta en la montaña. Un relámpago, enseguida el trueno y nuestro cuerpo se empapa sin darnos tiempo a protegernos.

Así ha sido.

“Estábamos en prácticas de biología, en concreto, trabajando en el laboratorio con el microscopio. Ya sabíamos lo fundamental de su funcionamiento así es que tocaba cortar finas capas de un tronco blando ayudados del microtomo, tintarlas, ponerlas en el portaobjetos, cubrirlas con el cubreobjetos, enfocar e identificar los vasos liberianos y leñosos.

Era también una mañana de primavera y yo estaba muy inquieto. Había repetido el proceso varias veces, así es que para distraerme conseguí que por mis oculares se contemplaran millares de pequeñas “larvas cabezudas”, bastante estúpidas a tenor de sus movimientos nerviosos.

Llamé a la compañera que tenía a mi derecha para que las observara, y en poco tiempo las cinco hembras del grupo estaban a mi alrededor pugnando por mirar a la vez aquella danza loca, a la vez que contenían una risita como la que tu tienes ahora.

No tardó el profe en darse cuenta de que algo ocurría allí, pero el desenlace no merece detalle en una historia como esta.”

Hoy continúan moviéndose del mismo modo, buscando lo que entonces no encontraron ni tampoco hoy. Pasada la media hora comienzan a dejar de colear y van muriendo poco a poco. A la hora ya no quedaba ninguna viva.

Entonces sirvieron para arrancar la curiosidad y la alegría a aquella mañana soporífera, hoy han servido para que tú y yo nos sintamos vivos y parte de ese inmenso paraíso que es el universo, a pesar de las limitaciones culturales que a menudo nos impiden disfrutar aún más de él.

Porque somos “pura vida”.


miércoles, 9 de mayo de 2012

SIN TÍTULO (o llámale "culo")


La mañana había sido muy buena con nosotros (y nosotros con ella). Largo paseo en bicicleta, AMIGOS (las mayúsculas son intencionadas), sol regalo del mes de mayo, baño en un mar de plata donde hasta el algodón nuboso quería rielar, y el horizonte que siempre te espera donde nunca llegas, dando sensación de libertad sin límites; aunque en el lote entrara también el poniente que nos abrazó a la vuelta.

Sesenta kilómetros que hubiéramos deseado que se prolongaran hasta el infinito nos obligaron a partir el camino al llegar al río. La soledad me hizo aligerar el paso de forma inconsciente. Nadie con quien hablar, el sol en su zenith y la pista libre para mí solo; bueno, casi.

Al pasar bajo el puente de las flores ya iba a buen ritmo. A un centenar de metros vi venir un ORNI (objeto rodador no identificado) por la pista ciclable. Estábamos solos e iba por su derecha, de modo que no me inquietó; hasta que vi que una moza que bajaba por las escaleras se le cruzaba. Me puse en guardia. Ella cruzó delante de él agitando sus glúteos y nada parecía que fuera a cambiar. Pero cambió.

El ser humano que estaba a los mandos pegó su mirada en el brillo de las negras mallas que cubrían el movimiento y su cabeza hubo de girar hasta ciento ochenta grados. Bien es sabido que el cuerpo humano es un todo indivisible, de modo que la simetría de su esqueleto se vio afectada y su rumbo viró a estribor. ¡Cómo que si viró!...

Y aquella bella máquina y su extraviado conductor pusieron rumbo a mí sin aminorar la marcha. Gracias que soy de ciencias (ya sé que no lo parece) y en ese momento apareció delante de mis ojos la totalidad de la teoría de las fuerzas vectoriales, dándome la opción de elegir. Y elegí. Sí, elegí cambiar el rumbo ligeramente hacia la derecha aminorando un poco la marcha (pero sólo un poco, para no caer), luego se trataría de mantener el equilibrio, y así lo hice. Lo de girar a la derecha es algo que siempre nos han enseñado a practicar, no digamos en la actualidad. De manera que fue lo más fácil.

No pude evitar la colisión casi frontal; sí minimizar los efectos de unos noventa kilos de masa a unos ocho metros por segundo, contra apenas cincuenta y siete kilos a bastante menos velocidad. Conseguí no ir al suelo, desgraciadamente el ORNI no corrió la misma suerte y tras la colisión rodó por tierra.

Cuando se levantó vi que su mano izquierda sangraba a chorro. Tenía dos dedos totalmente reventados. El pobre estaba consternado. Me pedía perdón una y otra vez mientras se sujetaba los dedos. Le animé a que buscara un puesto de socorro cuanto antes y le regañé respecto de la calidad del motivo de la colisión. Movió la cabeza. Lógico. Era poco más de medio día y el termómetro marcaba treinta y cinco grados centígrados, por lo que es de suponer que los fluidos corporales no estaban en condiciones de responder a la teoría de los fluidos. Eran claramente condiciones de emergencia que no puede contemplar ni la física ni la química.

Yo había recibido un fuerte golpe en el pómulo izquierdo (los golpes siempre van a la izquierda) y también en la ceja, pero nada de importancia.

Vi como aquel ser humano se alejaba dejando un goteo de sangre por la pista y mi mente no fue capaz de hilvanar nada que pueda contribuir a resolver estos problemas en el futuro. ¿Quizás una señal de tráfico?, no, no. Tendré que recurrir a la teoría del color, o a la de las formas. Pera ambas quedan en el campo de las artes plásticas.

El tiempo dirá…


lunes, 23 de abril de 2012

El lenguaje de la tierna mirada

A veces hago deporte en los parques urbanos, pero no me gusta hacerlo los fines de semana porque interrumpo a otros que sólo pueden permitírselo esos días.
Ayer violé algunas intimidades de forma involuntaria y no puedo evitar que para mi sea eso una incomodidad.

Había acabado de correr una decena de kilómetros y hacía los estiramientos lógicos del post-ejercicio.

Busqué un lugar algo apartado y, aunque era muy temprano, ya comenzaban a acudir los domingueros, dicho lo de domingueros con absoluto respeto y simpatía.

Primero pasó uno en bicicleta, full-equipamiento, marcas exclusivas, intentando ver en la montañita que había junto a mí el Turmalen, el alto de los Leones o, quedándonos más próximos, la font del Berro. Un esfuerzo para valorar de inmediato, que luego vendrán las birras que lo neutralicen, a juzgar por su perfil.

A continuación pasaron varias personas corriendo, de esas que se atan el chándal a la cintura, a pesar de que el calor ya aprieta a estas horas, no hay ni una nube en el cielo y por tanto nulas posibilidades de que empeore. Que digo yo, si es para disimular el culo, que en este caso era más que considerable de forma generalizada, lo que hace es precisamente lo contrario, aumentarlo, vaya. Es que cada vez los espejos son de peor calidad y encima no se dejan aconsejar.

Al poco pasó muy cerca una señora que mantenía una conversación (más bien monólogo) muy animada con un tal Paco. Paco era el perro; un perro de esos con forma de rata a los que se les ha agotado la gomina y van que no ven. Lo poco que oí lamenté enseguida no haberlo grabado, porque era un auténtico curso de coaching, digno de la mejor escuela de negocios. Y es que hay mucha pero que mucha cultura en el país, lástima que no se dirija adecuadamente para mejor aprovechamiento.

Pero cuando ya estaba acabando, ocurrió lo que me ha animado a escribir este relato, y que no sé si voy a ser capaz de relatar con fidelidad. Veremos lo que sale.

Dos hombres de mediana edad aunque más bien maduritos, cada uno con un perro tirando de él, se encontraron por pura casualidad junto a un prunus laurocerasus y próximos a un hybiscus rosasinensis. Ambos, como es habitual en estos casos, miraban hacia al cielo que nos sirve de techo, ya azul purísimo a esa hora, sin duda intentando evitar ser corresponsables de cualquier cosa que sus hijitos del alma dejaran caer por el esfínter anal.

Ambos canis canis dejaron de olisquear el suelo y se pararon en seco mirándose fijamente, e iniciaron a continuación una aproximación de tanteo. Cuando estuvieron uno junto al otro acercaron sus hocicos al culo; no cada uno al suyo, sino intercambiando culo y hocico. Fue en ese momento cuando los acompañantes (me refiero a los hombres de mediana edad) se miraron de reojo esbozando una mueca.

A partir de ese momento perdí el control de mis estiramientos. La escena capitalizó toda mi atención, porque los gestos, las miradas, el tímido saludo intercambiado y la satisfacción irradiada por aquellas personas pasaron a ser el acontecimiento más importante del parque. Para ellos.

Ya ajenos al comportamiento de sus hijitos quedaron envueltos en un aura de deseo puro que casi me hace llegar tarde al almuerzo. No tenía yo derecho a interrumpir aquel idilio. Agazapado en la sombra hubiera deseado desaparecer.

He aquí la grandeza del ser humano. Me refiero a los hombres de mediana edad, no a mi; yo en ese momento, casi piltrafilla.

¡Qué sensibilidad! ¡Qué nivel de comunicación! ¡Qué conjunción de astros! Y por qué no decirlo también, ¡Qué envidia!, no mía, claro (¿se entiende?). Pero sobre todo ¡Qué intercambio de sensaciones a través de sus miradas!; quizás el principio de una hermosa relación.

No es posible que haya en todo el Universo nada similar, y debería proponerse como “Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”.

Desde ayer creo en el futuro (del género canis), aunque no volveré a hacer deporte en los parques los fines de semana. Ni loco.

[El Guerrero del Antifaz – abril 2012]

lunes, 16 de abril de 2012

LA MONTAÑA SIEMPRE MIRA A LOS OJOS

Rogelio es mi amigo. Con él voy a la montaña y a menudo compartimos habitación. Me gusta porque es tranquilo, educado y no ronca, pero sobre todo porque antes de que nos durmamos me cuenta historias.
Rogelio no inventa nada, tampoco repite historias aprendidas, simplemente derrama en el silencio de la habitación momentos de su vida. Pero a mí me gusta lo que me cuenta, porque como coincide con el mismo tiempo en el que yo he vivido y algunas de sus historias se aproximan tanto a las mías, es como si me contaran mi propia historia. Pedacitos de vida, momentos lejanos pero muy próximos aún, que relajan los músculos y abren la puerta al sueño.
Anoche me contó que cuando tenía 16 años, había acabado formación profesional, yendo y viniendo a la capital en el coche de línea cuando reunía dinero para ello, y cuando no en auto-stop. Y fue entonces cuando su padre le dijo mirándole a los ojos: Rogelio, ya eres mayor, en casa hay muchas bocas que tapar, es el momento de que hagas algo por tu cuenta.
Rogelio hizo su pequeña maleta, se puso el traje de los domingos, metió en una carpeta el título de formación profesional y en el bolsillo los ahorros que tenía más unos duros que le dio su madre, y partió para Valencia. A Valencia porque era la ciudad más próxima donde había fábricas de cosas químicas, no por otra cosa. Abrazó a sus padres y a sus hermanos y cogió el tren regional. Cinco horas de viaje le dieron tiempo para despedirse de su tierra mientras la dejaba atrás. Era la primera vez que salía de ella.
Al llegar buscó una pensión barata, se instaló, y a partir del día siguiente desgastó las suelas de sus zapatos de domingo en buscar empresas a las que ofrecer sus servicios.
En la mayoría no querían recibirle, pero él insistía e insistía y al final todos le escuchaban. Enseñaba el diploma, decía lo que sabía hacer, pero sobre todo a lo que estaba dispuesto: a trabajar.
Fueron más de quince días. Más de un centenar de lugares los que visitó y otras tantas entrevistas. Empezó por entrar sólo en las que tenían que ver con lo que había aprendido, pero luego entraba en casi todos los sitios que tenían puerta. Un polígono industrial tras otro hasta casi quedarse sin dinero para pagar donde dormía. De la comida ni se acordaba.
Rogelio recuerda la descarga de adrenalina que sufrió el día que un hombre de edad mediana que se parapetaba tras unas gafas de cristal grueso le dijo mirándole fijamente: muchacho, tú mereces que alguien te ayude. Vente mañana que vas a trabajar aquí.
Para mayor suerte, era una empresa de productos químicos, donde el jefe de laboratorio, a pocos años de retirarse a descansar, le enseñó todo lo que sabía. Un máster de los que no ofrece ninguna universidad.
Después de varios años pasó a otra empresa, y luego a otra en la que también participó como propietario; donde actualmente dirige el laboratorio. En total 47 años de nada…
Al final, ya entredormidos los dos, me dijo: te cuento esto porque mi hijo, que es ingeniero industrial, me pidió antes de venirme de viaje que pasara por su casa. Me dijo que le han despedido porque ha cerrado la empresa y que no sabe si irse a Inglaterra a aprender bien inglés mientras le dura el paro. Mientras me lo decía estaba echado sobre la cama deshecha y jugueteaba con un aparato de esos que funcionan toqueteando la pantalla. Casi no me miró a los ojos. También me preguntó, bueno, me dijo, que si algún mes le faltaba algo si podía pedirme para pagar la hipoteca.
Me dieron ganas de llorar, pero no por mí sino por él. Le dije que sí, le di un beso y me vine a la excursión.
Cada vez me gusta más venir a la montaña, creo que cuando no tenga que trabajar me vendré aquí para siempre. La montaña siempre mira a los ojos, como mi padre.

DESPUÉS DE LEER A HOUELLEBECQ

Qué se puede esperar de una sociedad, y de los seres que la forman, que ha propiciado el desarrollo de un sistema económico y social como el capitalismo, mientras que ha hecho fracasar otros más solidarios, racionales y acordes con el entorno en el que vive.
Nada.
Si esta y sólo esta es la forma en que podemos permitirnos convivir, queda claro que caminamos lenta pero decididamente hacia la destrucción de lo que nos soporta – el planeta – y por ende del hombre como especie dominante.
Es el fin del Holoceno y el comienzo del Antropoceno. También el momento culminante de una nueva especie, el “homo estúpidus”. Insolidario y enemigo de sí mismo.

lunes, 2 de abril de 2012

Abril, cimas mil

El recuerdo de este fin de semana no está escrito con la intención de suscitar envidias, aunque presumo que no va a ser posible evitarlas.
El viernes de “dólares” lo respetamos, nadie prueba la carne hasta pasada la media noche. El pulpo (de Manu) y las tostas, mejor las segundas, nos ayudan un poquito a ello. El camino es largo y el cirio corto, que dice el refrán con sabiduría.

Nos vamos a dar trabajo a una antigua posada, donde descansaban y hacían trueque los pastores de la trashumancia. El dueño, un yupi desencantado, nos asegura que está en vísperas de un “tsunami centromesetario”; a continuación, el citado fantasma huye, quizá en busca de una sábana con que recibir lo que se le viene encima (o debajo, que nunca se sabe).

Poco después de acabar la cena, sólo recordaremos los postres y al multidisciplinar siervo que nos atiende, que lo mismo plancha un huevo que fríe una corbata.

Para decepción del profeta-meteorólogo y confirmación de nuestras dudas, el esperado acontecimiento se hace esperar, así es que entretenemos la noche identificando galaxias sobre un puente de aguas calmas.

Pero el “raro vino” comienza a dar sus frutos. Y alguien confunde la luz intermitente de una alarma con el reclamo de un club nocturno; otros se conforman con no jugarse nada a la siete y media (mal empezamos).

Apenas un sueño de por medio y el sábado nos inyecta algo terminado en “ina” que nos encamina ilusionados hacia la Laguna Negra y el nacimiento del Duero.
La primera parte del camino hacia estos bellos parajes es facil de seguir por el reguero de "clinex"; por suerte pronto comenzamos un estimulante aprendizaje típico de montañeros avezados: aprendemos a ponernos y quitarnos los crampones, a utilizar el culo de una forma diferente a la que conocíamos hasta ahora, a identificar el punto G-eodésico y a partir de él llegar juntos a la “cima”, y muchas cosas más que es complicado resumir.

A la vuelta, hay incluso quien imita con éxito a Tarzán-ito (por aquello de la liana y tal), por suerte sin consecuencias.

Un “mazizo”, abandona a su amada y se lanza al rescate del maltrecho individuo, salvando(me) del vacío; quien sabe si también de ser pacto de las truchas; todo ante la sorprendida mirada de nuestra "Reina Mora", que el susto había dejado petrificada, y a la que hay que agradecer su "atención" al evento.

[Yo, que tenía tan definida mi sexualidad (o al menos eso me creía), dedico desde entonces todos mis sueños y mis fantasías al valeroso salvador. Todavía no sé cómo voy a confesar esto a mi madre, va a ser un golpe para ella difícil de superar.]

Pero el grupo sale muy unido de cada dificultad, hasta nos hacemos fotos y hablamos…

La Laguna Negra no es negra, el nacimiento del Duero se limita a un “chorrito” al que allí reza que rindió homenaje un alcalde de Oporto. El pico de Urbión está decorado con una imagen religiosa del "líder" de la misma, representando su agonía (más bien de su muerte). Se empeñan siempre en ello, como si el hombre no hubiera tenido buenos momentos...  ¡Qué le vamos a hacer!

Y, por último, el (o los) picos de Urbión, nos sorprenden con su morfología geológica (esto que acabo de escribir no tengo ni puta idea de lo que quiere decir, pero no me negaréis que está guay).

La tarde noche va de catedrales, que no sólo de montañas vive el grupo. Guiados por la prudencia culta y dulce de Ana, penetramos (siempre que utilizo este verbo me cuesta acabar la “oración”) en la cultura Orogonesa,  lo que nos da gran satisfacción y placer. Repito, esto va sólo de cultura ¿vale?, aunque ya sé que no me va a creer nadie; será que tampoco yo me lo creo.

La cena del segundo día: discreta; al son de la tamborrada procesional. Luego ya toca volver a disfrutar del circuito de los Ónix en el “sorprendente” hotel del señor de los chorizos, Mirador del Moncayo. El que me toca (el ónix) es mexicano, extraído a 2500 m de altitud, decora un excelente lugar apropiado para jugar al pádel o a cualquier otra cosa más que para cagar que es a lo que está básicamente destinado; lástima que no he traído lo necesario para su mejor aprovechamiento. Me temo que no podré jugar a nada…

El cansancio acorta la noche: sueño con mi salvador y echo de menos los dados y el mentiroso. Una decepcionante seguridad para quien comparte conmigo el sueño.

Al día siguiente nos alejamos del lujo sibarítico y trasnochado poniendo los ojos en el Mon-yayo. Suave cima que cubrimos sin dificultad gracias a la protección de Francesc I de Torís.

Desde allá en lo alto, el paisaje es tan amplio que no parece tener fronteras, pero esas descripciones las dejaré para Almerich… zapatero a tus zapatos. No vayamos a cagarla ahora que vamos tan bien.

Un malentendido y media hora de nada de despiste, nos acercan  de nuevo al clímax y a la autodestrucción. Finalmente la resignación y el respeto al libre albedrío se imponen, y el grupo se dirige más cohesionado que nunca a hacer votos en un monasterio cercano, patrimonio de la humanidad cuando ésta todavía existía.

Sublime hallazgo al que nos dirige una vez más esa maravillosa aparición que ha sido Ana.

Ya en tierras bilbilitanas, nos despedimos varias veces (si es que no queremos…), y nos vamos “a contar mentiras tralará…” para no variar, e intentar hacer más atractiva la próxima salida.

Gracias a todos, también a los “Tonis”, pero sin Miky.

Hay momentos que no se olvidan. ;-)

[30-31 mar y 1 abr 2012.]

El Guerrero “sin” Antifaz

martes, 6 de marzo de 2012

Persiguiendo a Ulyses por el Olimpo


[La célula disidente de un grupo expedicionario próximo al ejército clandestino de PV (léase Pancho Villa), llega a la antigua Grecia con el objetivo secreto de tomar el Olimpo, aprovechando las fiestas de Carnaval.]

Hemos elegido cuidadosamente la estación, el mes y el día, para que el viaje sea un disfrutado fracaso; y como tal nos aprestamos a vivirlo.

Para entrenamiento de nuestros sueños mitológicos, nada más iniciar el viaje, un pasaporte toma prestadas las alas de Pegaso y vuela delante de nuestras narices rumbo a un paraíso fiscal.

Gracias a la rápida reacción de la policía se le captura escondido en un aparato listo para despegar hacia Suiza.

Pero eso no consigue mermar nuestros ánimos, así es que decidimos perseguir a Ulyses, guiados por un GPS, que (¡Horror!) ha programado en secreto el traidor minotauro (el del laberinto), para que nos aleje del Olimpo, con una u otra escusa placentera.

Encandilados por sus mensajes, partimos a catalogar varios centenares de piedras milenarias (grande, pequeña; yin-yang). Poco después nos dirigimos hacia el sur a pedir consejo a las sirenas y, de paso, comer pescaíto frito; lástima que intervenga el dios del fuego y nos lo sirvan casi carbonizado.

Morfeo nos alcanza junto al Egeo dándonos un respiro. Al despertar nos trasladamos a teatros desgastados por las obras de Eurípides, Sófocles y Esquilo, pero Efevo se chiva y no dura mucho el sueño.

Rumbo de nuevo hacia el norte, el malvado GPS se afana en retorcer la carretera entre las abundantes montañas del Peloponeso que, de entrada, nos obsequian con una pasarela de más de un metro de nieve a uno y otro lado, lo que condiciona la llegada al siguiente destino. El frío nos traspasa los huesos y nos deja una risa nerviosa y perenne, gracias a la cual, interpretada como gesto de buena vecindad mediterránea, encontramos donde dormir, aunque sólo por una noche.

A la mañana siguiente, tomamos un coqueto tren cremallera para subir no sé dónde, que luego resulta que baja (¡Ay Penélope, Penélope!, que no queremos desposarte, no seas cruel con nosotros).

Como tenemos aún “in mente” el sabor carbonizado del pescaito, probamos ahora con la carne y con los dulces. Pero “Arkinano” el dios de la cocina, ha puesto en ellos leche del centauro Quirón, lo que hace que sucumba el primero de los guerreros, a causa de sus debilidades terrenas.

La noche se hace larga en el nuevo laberinto que nos pone ahora a prueba. Desde lo alto, Casiopea, las Osas y Pegaso obligan a que el ahora “guerrerito” (tirando a “piltrafilla”) devuelva todo lo que se comió, mientras contemplan a los demás, desconcertados, errantes y sorprendidos de no encontrar vida en tan largo tramo. Buscamos desesperadamente un oráculo.

Pero el GPS (nuevo dios de la tecnología) que no descansa, retuerce aún más si cabe la ruta obligándonos a esquivar vacas sagradas, saltar sobre los corderos bíblicos y apartarnos de los derrumbes de unas montañas por las que nadie, desde el emperador Adriano, había transitado. Sesenta kilómetros en 4 horas es… ¡Todo un record! (las tortugas nos adelantaban por la izquierda).

Todo esto añadido a tener que superar a cada paso la dificultad de un alfabeto alejado del que nos dejaron los fenicios, no siempre traducido igual y con profusión de repetición de nombres. ¡Por Júpiter! la torre de Babel ha venido también a nosotros.

No contentos con esta estratagema, los dioses, aprovechando la turbación del grupo, se afanan en esconder nuestras pertenencias. Ya en los armarios de los hoteles, ya en cualquier hueco que encuentra a nuestro paso.

Así las cosas, por democracia directa y tras varias horas de deliberación, decidimos ir a meditar (de ayuno hemos cumplido sobradamente) a los monasterios de Meteora, para ver de apaciguar estas iras tan perversas; pero el resultado es pobre y breve. ¡Tenemos una ensalada de dioses!. Parece que éste (el de Meteora) no tiene mucho que ver con los que antaño dominaron estas tierras, y que aún siguen presentes.

Apenas recuperados de estos contratiempos, el grupo sufre un ataque “brutal”; máscaras y drag-queens se precipitan sobre la noche ayudadas por la fuerza de Eolo (alguien abrió el odre de los vientos mientras dormíamos), y sus compinches los nuevos dioses de la lluvia (goretex) y la nieve (yeti), hacen que, de nuevo, tengamos que emprender la huida hacia el sur.

Un “casto sueño” nos revela el paradero donde se encuentra lo que los dioses nos han ido escondiendo por el camino, y el GPS nos da un pequeño respiro; a decir verdad, demasiado pequeño. De no ser así, ¿quién sabe dónde podríamos haber recalado? Quizás en Verjoyans, si es que no estamos ya allí a juzgar por el frío que hace; que no hay que infravalorar los poderes de estos inmortales.

Así las cosas, volvemos a las cariátides con musaka y al cafetín de Plaka, no sin que, aquí también, se nos hielen todas las puntas del esqueleto, partes blandas y cartílagos incluidos.

La nieve y varias jaurías errantes están esperándonos junto al Partenón (¡es que no descansan…!). No quieren desaprovechar la ocasión “única” de obligarnos a huir. Digo única, porque toda Grecia sabe ya que somos los “únicos” extranjeros en este momento en el país.

Pero ellos, ni el país ni sus habitantes, se merecen el “brutal” clima que ahora tienen (el atmosférico tampoco, menos cuando estamos al final del invierno). Si ha sido por nosotros podrían habérselo ahorrado…

No hemos encontrado a Dyonisos en su templo y nuestro “guía” (GPS) ha sido confundido por los cantos de las sirenas de las montañas.

No han entendido que hemos venido en son de paz… Aunque, quién sabe si nos han confundido con Alsacianos, Renanos, por la talla de algunos de nosotros, o Sajones (aquí no se me ocurre nada que se pueda escribir… siguiendo criterios de decencia).

Así las cosas, y puesto que “Kronos” no para nunca, optamos por volver (VOLANDO), deslizándonos poco a poco hacia el oeste de nuestro “mar de siempre”, sin dejar de sufrir hasta el último momento el ataque despiadado de “Alta-la-maya” (la diosa del escondite) y sus cómplices.

Como castigo, dejamos al malvado GPS haciendo penitencia y espinando sus culpas en el parking de un solitario aeropuerto. Pero  lo recibimos después con gusto tras su arrepentimiento y una vez cumplida la penitencia.

¡Volveremos! (no es una amenaza)… a llamar a la puerta de los dioses del Olimpo, pero antes nos aseguraremos que han entendido que es una visita “amiga”.

El viaje nos deja un recuerdo inolvidable de ayuno y castidad, también un “Master en piedras” y grandes dosis de cultura, de amistad, de buena gente, de solidaridad, de fuerza para superar las adversidades; y como siempre de enseñanzas humanas.

Hemos aprendido a esquivar vacas sagradas en la carretera, a cómo insultar a un GPS (¡Caldoso!), también a ignorarlo (gracias a lo cual logramos volver), a conducir haciendo lo contrario de lo que dicen las señales de tráfico, para no desentonar con los nativos, a pedir descuento en los tickets con el carnet de la “Internasional Federasion de Montain” (y conseguirlo), y hasta hemos aprendido que los viajes son una escusa para poder después contarlos ¡Como todo! (bueno, casi todo).

[A Estelia, Josep y Caesar: Thanks “I miss you”]



NOTA: Traducción del griego realizada por “Pericles el de los palotes”©