El domingo iba por la carretera que une Ondara con Denia, y como quiera que hacía poco que "Canal Nuev" había estado dando la tabarra con el nuevo hospital, decidí desviarme para verlo des cerca.
Cual fue mi sorpresa al encontrarme con un deificio en obras. Sacos de cemento, grúas, casetas de obra, etc. Tan diferente a lo que me habían enseñado.
Pero esto no es malo, así se podrá inaugurar más veces. Que seguro que ya habrá quien piense que estoy criticando. Nada de eso, que lo que dice "Canal Nuev" es de verdad de la buena.
Y al salir de "la obra" (no confundir, por favor) reflexioné que quienes, desde puestos de responsabilidad pública, dicen que es más barata la gestión privada de la salidad que la pública (y eso que la privada incluye el beneficio empresarial), están llamándose incompetentes. ¡Qué tontería!, habrá sido sin darse cuenta.
No, si al final tendría razón mi primer jefe cuando, ante afirmaciones mías de esto o de lo otro, me decía: "Vd. lo que tiene que hacer es ver menos la tele y viajar más".
¡UYUYUY qué malo que era mi primer jefe!
¡Salud! que la vamos a necesitar.
martes, 9 de septiembre de 2008
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Números redondos
Cuando hace años visité por primera vez el Reino Unido, me sorprendió ver como sus habitantes, cuando pagaban algo en efectivo, contaban minuciosamente los peniques, del mismo modo que al recoger las vueltas.
Aquí, ya por entonces, aún lejos del Euro, redondeábamos y despreciábamos los céntimos, y, poco después, las pesetas.
En poco tiempo, nuestra moneda pasó a ser “el duro”.
Años más tarde, pero no muchos, llegó el Euro “de metal” (craso error éste), lo que nos trasladó a un escenario de “otro duro”, pero ahora de más de 166 pesetas, sin que tuviéramos tiempo de asumir tan relevante cambio.
Pero es que, a menos de 10 años de la nueva moneda, cuando en el Reino Unido, por seguir con la misma referencia comparativa, se convive con precios de 3,28 £, 17,62 £ ó 122,45 £, aquí nos vamos directamente a 5 €, 25 € ó 150 € (terminación en 0 ó 5 y sin céntimos). ¡AH! Y si puede ser sin IVA, mejor.
Reflexionen los dioses del redondeo en éste país de ricos, en el que la moneda base es pura calderilla.
Aquí, ya por entonces, aún lejos del Euro, redondeábamos y despreciábamos los céntimos, y, poco después, las pesetas.
En poco tiempo, nuestra moneda pasó a ser “el duro”.
Años más tarde, pero no muchos, llegó el Euro “de metal” (craso error éste), lo que nos trasladó a un escenario de “otro duro”, pero ahora de más de 166 pesetas, sin que tuviéramos tiempo de asumir tan relevante cambio.
Pero es que, a menos de 10 años de la nueva moneda, cuando en el Reino Unido, por seguir con la misma referencia comparativa, se convive con precios de 3,28 £, 17,62 £ ó 122,45 £, aquí nos vamos directamente a 5 €, 25 € ó 150 € (terminación en 0 ó 5 y sin céntimos). ¡AH! Y si puede ser sin IVA, mejor.
Reflexionen los dioses del redondeo en éste país de ricos, en el que la moneda base es pura calderilla.
Nikolás y Karim, Karim y Nikolás
Nikolás y Karim son amigos. Amigos en todo el sentido de la palabra.
Karim vino hace 10 años en una patera, aún menor de edad. Por el camino las aguas se tragaron a su padre a un hermano. Ahora Karim tiene una empresa de pinturas en la que trabajan 6 personas; envía dinero a su madre y va a casarse pronto.
Nikolás es de aquí de siempre. Ha hecho un poco de todo y ahora repite primero de física en la universidad. Dice que quiere ser astronauta.
Nikolás le acaba de contar a Karim que ha tenido que pagar una multa por fumar “hachis” y Karim ríe sin control. En su tierra de allá no le creerían.
Nikolás pide un cubata y Karim un zumo de piña. Los dos ríen y hablan de chicas, de fútbol y a veces también de otras cosas; incluso de política, aunque en eso discrepen mucho.
Nikolás envidia en silencio a Karim, por su fuerza, por su constancia, por su alegría. Y Karim, también en silencio, envidia a Nikolás porque no ha tenido que perder a su padre y a su hermano para ingresar en el mundo de la corrupción, desde ese otro, el del fascismo.
Pero ellos nunca hablan de envidias, son amigos.
“K+k=2k”
Karim vino hace 10 años en una patera, aún menor de edad. Por el camino las aguas se tragaron a su padre a un hermano. Ahora Karim tiene una empresa de pinturas en la que trabajan 6 personas; envía dinero a su madre y va a casarse pronto.
Nikolás es de aquí de siempre. Ha hecho un poco de todo y ahora repite primero de física en la universidad. Dice que quiere ser astronauta.
Nikolás le acaba de contar a Karim que ha tenido que pagar una multa por fumar “hachis” y Karim ríe sin control. En su tierra de allá no le creerían.
Nikolás pide un cubata y Karim un zumo de piña. Los dos ríen y hablan de chicas, de fútbol y a veces también de otras cosas; incluso de política, aunque en eso discrepen mucho.
Nikolás envidia en silencio a Karim, por su fuerza, por su constancia, por su alegría. Y Karim, también en silencio, envidia a Nikolás porque no ha tenido que perder a su padre y a su hermano para ingresar en el mundo de la corrupción, desde ese otro, el del fascismo.
Pero ellos nunca hablan de envidias, son amigos.
“K+k=2k”
Lenguaje sexista
Mery es modela. A veces, cuando estamos juntas, me cuenta cosas de su trabaja.
Otras soy yo quien le hace preguntas de esa munda tan particular de la que casi nada conocemos.
Ayer estaba yo muy curioso y ella muy habladora, así es que nos acostamos más allá de la media noche.
Me decía que, cuando desfilan, van tan serias para no distraer a la pública y que éstas se fijen en la vestuaria.
Que no llevan sujetadora para aportar naturalidad y que si las pezonas van de aquí para allá, sólo hace que mejorar la exhibiciona.
Le pregunté por qué cruzan las piás al andar y me contestó que es también para realzar la modela.
Lo de la desgadeza ya lo habíamos hablado antes y tiene que ver con la indefinición de la sexa de quien manipula esas exhibiciones, aunque yo creo que es para darle envidia a Cristina Almeida.
Lo pasamos muy bien porque ella también odia el lenguaje sexista (y todo lo demás).
Otras soy yo quien le hace preguntas de esa munda tan particular de la que casi nada conocemos.
Ayer estaba yo muy curioso y ella muy habladora, así es que nos acostamos más allá de la media noche.
Me decía que, cuando desfilan, van tan serias para no distraer a la pública y que éstas se fijen en la vestuaria.
Que no llevan sujetadora para aportar naturalidad y que si las pezonas van de aquí para allá, sólo hace que mejorar la exhibiciona.
Le pregunté por qué cruzan las piás al andar y me contestó que es también para realzar la modela.
Lo de la desgadeza ya lo habíamos hablado antes y tiene que ver con la indefinición de la sexa de quien manipula esas exhibiciones, aunque yo creo que es para darle envidia a Cristina Almeida.
Lo pasamos muy bien porque ella también odia el lenguaje sexista (y todo lo demás).
Desfile de modelos
Él había pasado la siesta, larga siesta, durmiendo junto a la piscina.
Cuando ella le despertó para avisarle de que faltaba poco más de una hora para el desfile, aún sintió en su paladar el amargor del té de Ceilán con que había rematado la comida.
No tardó en estar listo. La tarde era calurosa pero ligera, así es que se vistió de su color favorito. El blanco. Incluso se permitió coger un sobrero al tono.
Ella lo hizo de negros trasparentes. Yin-yang, el equilibrio zen.
Durante el desfile, él dejó volar sus sentidos de aquí para allá. Como siempre. Unas veces se detenían en los apretados morros de las modelos. ¿Por qué estarán tan serias? Se preguntaba siempre; otras en el movimiento nervioso de sus pezones, libres bajo los exclusivos trapitos. ¿Por qué taconearán con tanta fuerza, cruzando los pasos? Otra pregunta repetida. Y, por instantes, gozaba tanto de fugaces penetraciones como de penetraciones lentas.
Mientras, ella dejaba vagar sus ojos y cambiaba de postura una y otra vez, pendiente del fotógrafo que había al otro lado de la pasarela. Se sintió húmeda y un escalofrío corrió por su espalda.
Nada diferente a cualquier otro desfile de modelos.
Cuando ella le despertó para avisarle de que faltaba poco más de una hora para el desfile, aún sintió en su paladar el amargor del té de Ceilán con que había rematado la comida.
No tardó en estar listo. La tarde era calurosa pero ligera, así es que se vistió de su color favorito. El blanco. Incluso se permitió coger un sobrero al tono.
Ella lo hizo de negros trasparentes. Yin-yang, el equilibrio zen.
Durante el desfile, él dejó volar sus sentidos de aquí para allá. Como siempre. Unas veces se detenían en los apretados morros de las modelos. ¿Por qué estarán tan serias? Se preguntaba siempre; otras en el movimiento nervioso de sus pezones, libres bajo los exclusivos trapitos. ¿Por qué taconearán con tanta fuerza, cruzando los pasos? Otra pregunta repetida. Y, por instantes, gozaba tanto de fugaces penetraciones como de penetraciones lentas.
Mientras, ella dejaba vagar sus ojos y cambiaba de postura una y otra vez, pendiente del fotógrafo que había al otro lado de la pasarela. Se sintió húmeda y un escalofrío corrió por su espalda.
Nada diferente a cualquier otro desfile de modelos.
El burro del tío Patiño
Dice un refrán aragonés: “para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo”.
Y es que, el burro, hasta que a mitad del siglo pasado se generalizó el uso del motor en el transporte, fue una ayuda imprescindible para el hombre, acarreando cargas y subiendo cuestas; aunque no siempre el pollino lo hiciera de buen grado, según parece.
Cuentan en mi pueblo que, al menos el del tío Patiño, se resistía a llevar la carga de un lado para otro, y mucho menos hacerlo a buen trote.
Y cuentan también que un buen día que el animal se resistía más de lo habitual, no se le ocurrió otra cosa al mentado tío Patiño que restregarle un pimiento picante por el culo. Lo que parece que dio el efecto deseado. Más incluso, puesto que el tío Patiño, aún apretando el paso no conseguía ir a su par; de modo que, antes que perder al burro de vista, optó por hacer lo propio consigo mismo.
De modo que, bajóse los pantalones y, culo en popa, puso manos a la obra. Pero se ve que lo hizo con tal fuerza que al poco, no sólo había alcanzado al animal sino que lo superaba largamente sin poder poner freno a la carrera. Por lo que hubo de gritarle con todas sus fuerzas: “En la cuadra te espero”.
Y es que, el burro, hasta que a mitad del siglo pasado se generalizó el uso del motor en el transporte, fue una ayuda imprescindible para el hombre, acarreando cargas y subiendo cuestas; aunque no siempre el pollino lo hiciera de buen grado, según parece.
Cuentan en mi pueblo que, al menos el del tío Patiño, se resistía a llevar la carga de un lado para otro, y mucho menos hacerlo a buen trote.
Y cuentan también que un buen día que el animal se resistía más de lo habitual, no se le ocurrió otra cosa al mentado tío Patiño que restregarle un pimiento picante por el culo. Lo que parece que dio el efecto deseado. Más incluso, puesto que el tío Patiño, aún apretando el paso no conseguía ir a su par; de modo que, antes que perder al burro de vista, optó por hacer lo propio consigo mismo.
De modo que, bajóse los pantalones y, culo en popa, puso manos a la obra. Pero se ve que lo hizo con tal fuerza que al poco, no sólo había alcanzado al animal sino que lo superaba largamente sin poder poner freno a la carrera. Por lo que hubo de gritarle con todas sus fuerzas: “En la cuadra te espero”.
17 de julio
Arriba el telón. Peleles sanguinarios. Enfermos ávidos de sangre y de poder. Incomprensibles reveses, deslealtades, apoyos y fidelidades.
En principio, desavenencias entre hermanos. Un conflicto local.
En el fondo, el crisol de una nueva era. El destino de occidente, y de oriente, y de mucho más allá.
La caída del primer telón, preludio del segundo.
Victoria de la ilegalidad, de la no ética, de la inhumanidad y de las mentes enfermas.
Abajo el telón. Y entre bambalinas: la iglesia, siempre la iglesia.
En principio, desavenencias entre hermanos. Un conflicto local.
En el fondo, el crisol de una nueva era. El destino de occidente, y de oriente, y de mucho más allá.
La caída del primer telón, preludio del segundo.
Victoria de la ilegalidad, de la no ética, de la inhumanidad y de las mentes enfermas.
Abajo el telón. Y entre bambalinas: la iglesia, siempre la iglesia.
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