Conforme pasan los días, las semanas y los meses, me sorprendo más. Y no sólo por las medidas que toman los gobiernos, básicamente de aportar dinero al sistema, que también, sino porque los economistas y otros líderes de opinión (¿especialistas?) más o menos aficionados, se manifiestan en el sentido de que todo se está haciendo del modo adecuado.
Yo no lo veo así. A mi entender, el proceso nos avoca a una mejoría engañosa, para prolongar la agonía y precipitarse a la vuelta de "un tiempo" (entre 5 y 20 años, depende de lo que le den a la maquinita del dinero) a una situación sin retorno. Sin retorno salvo que se utilice el sentido común y se cambie el modelo.
1.- no se puede continuar con un modelo económico (y social, ¿o no?) basado en el consumo, con unos recursos limitados (en un planeta limitado).
2.- no podemos aplicar las plusvalías de la productividad a la competitividad y a los beneficios empresariales.
3.- no podemos seguir mirándonos el ombligo en una economía globalizada, aprovechando la tal globalización sólo para lo que nos conviene.
Las respuestas, cada uno que se las dé. Pero no hay muchas... hay que repartirse lo que hay, cada cual según sus capacidades y su esfuerzo, pero en suma: REPARTÍRSELO.
Que se puede vivir mucho mejor con mucho menos.
Y para finalizar una pregunta: ¿es lógico que media población trabaje 50 horas a la semana y la otra media cobre el paro?, con las consecuencias de tiempo libre, retorno de impuestos vías subsidios, etc. que todo ello supone para los diferentes actores. Pues con las soluciones que nos están dando vamos a eso.
¡ÁNDALE!
miércoles, 24 de diciembre de 2008
viernes, 19 de diciembre de 2008
Teorema de la teoría y la práctica
* Teoría significa saber por qué las cosas funcionan, aunque no funcionen.
* Práctica significa que las cosas funcionen, aunque nadie sepa por qué.
* Cuando Teoría y Práctica se unen, puede una cosa no funcionar sin que nadie sepa por qué.
[Aplicar, salvando las distancias de terminología, a la situación financiera y verán lo bien que duermen...]
* Práctica significa que las cosas funcionen, aunque nadie sepa por qué.
* Cuando Teoría y Práctica se unen, puede una cosa no funcionar sin que nadie sepa por qué.
[Aplicar, salvando las distancias de terminología, a la situación financiera y verán lo bien que duermen...]
CONSEJO A EMPRESAS EN 2009
Primer principio del marketing:
"No mejore la calidad de sus productos ni abarate los precios.
Segmente su clientela y busque los estúpidos"
"No mejore la calidad de sus productos ni abarate los precios.
Segmente su clientela y busque los estúpidos"
NAVIDAD
Estas fechas, como otras muchas, pretenden obligarnos a conductas para las que no siempre estamos preparados, receptivos, son oportunas o, en definitiva, nos apetecen.
Pongo como ejemplo, algunas noches de las derivadas del título, en las que la obligación de divertirse agobia hasta el estrés. Hay otros casos en los que simplemente nos proponen permanecer junto a familiares o presuntos amigos (con los que son de verdad nos encontramos de forma frecuente y espontánea), tanto si disfrutamos de su compañía, como si la misma nos resulta de lo más embarazoso.
Y es que la sociedad, en todos sus niveles, acostumbra a obligarnos a mantener conductas, que en definitiva avocan en privarnos del más mínimo ejercicio de libertad, como condición para aceptarnos en su seno (si al menos fueran senos...)
Todo ello con mil excusas, pero fundamentalmente con la tradición, que más allá de su valor oculta la pretensión del inmovilismo, promovido por aquellos a los que no conviene que nada cambie. Además de la semivelada de la marginación social como contrapunto al orgullo de pertenencia.
Pero la cosa no acaba en la reunión y el divertimento como obligaciones, además se trata de comer, comer y comer. Probablemente como conducta compensatoria por aquellos semejantes que no pueden hacerlo suficientemente casi ningún día del año. ¿Quizá como una forma de amordazar nuestro Pepito Grillo?, no sé. Pero albergo una duda y una pregunta al respecto: la primera, que nadie con el estómago lleno a reventar y la mesa llena de viandas, pueda entender que alguien, próximo o lejano, pueda en ese momento estar muriendo de inanición; esa es mi duda. Y la pregunta es, que haya alguna filosofía, creencia, organización, secta o religión – humana, se entiende - que conocedora de la situación, tenga aún algún militante convencido participando del “bollo”. No digo directivos, porque estos probablemente tengan objetivos diferentes, de ahí su puesto.
Voy a cambiar de tercio, pues como decía el “tonto” del cuento: “... anda chica, sube en el burro que si tiene vergüenza bastante le has dicho”.
Me centraré ahora en el divertimento obligatorio. Ese que al margen de que tengas dolor de muelas, gripe o biorritmos negativos, te obliga protagonizar justo en ese momento y en ese lugar, unas veces como primer actor, otras como secundario, eso depende del nivel de alcohol en sangre y del de estupidez genética, que tanto monta, escenas grotescas y denigrantes.
Porque, ¿quién no ha visto uno de estos tipos parapetado tras un matasuegras, pitándole al oído, en la nariz o en el escote, a sus sufridos vecinos de silla?. Cuya pretensión no es otra que celebrar que están allí, infectados hasta la médula del virus de la estupidez; virus que por otra parte no tiene cura y del que se puede absorber todo el que se desee, pues es inagotable.
Lástima que algunos de estos actos, sean, desgraciadamente, observados y analizados desde un remoto rincón por quien por agravio social (o conyugal) y poder corporativo, arruinarán el futuro del protagonista borrándolo de la "lista" del próximo evento tradicional (que bien podría llamarse: tonta).
Salud y cordura en 2009.
[Todo el escrito está redactado en género masculino, por torpeza literaria, pero cabe adaptarlo mentalmente al que en cada caso corresponda]
Pongo como ejemplo, algunas noches de las derivadas del título, en las que la obligación de divertirse agobia hasta el estrés. Hay otros casos en los que simplemente nos proponen permanecer junto a familiares o presuntos amigos (con los que son de verdad nos encontramos de forma frecuente y espontánea), tanto si disfrutamos de su compañía, como si la misma nos resulta de lo más embarazoso.
Y es que la sociedad, en todos sus niveles, acostumbra a obligarnos a mantener conductas, que en definitiva avocan en privarnos del más mínimo ejercicio de libertad, como condición para aceptarnos en su seno (si al menos fueran senos...)
Todo ello con mil excusas, pero fundamentalmente con la tradición, que más allá de su valor oculta la pretensión del inmovilismo, promovido por aquellos a los que no conviene que nada cambie. Además de la semivelada de la marginación social como contrapunto al orgullo de pertenencia.
Pero la cosa no acaba en la reunión y el divertimento como obligaciones, además se trata de comer, comer y comer. Probablemente como conducta compensatoria por aquellos semejantes que no pueden hacerlo suficientemente casi ningún día del año. ¿Quizá como una forma de amordazar nuestro Pepito Grillo?, no sé. Pero albergo una duda y una pregunta al respecto: la primera, que nadie con el estómago lleno a reventar y la mesa llena de viandas, pueda entender que alguien, próximo o lejano, pueda en ese momento estar muriendo de inanición; esa es mi duda. Y la pregunta es, que haya alguna filosofía, creencia, organización, secta o religión – humana, se entiende - que conocedora de la situación, tenga aún algún militante convencido participando del “bollo”. No digo directivos, porque estos probablemente tengan objetivos diferentes, de ahí su puesto.
Voy a cambiar de tercio, pues como decía el “tonto” del cuento: “... anda chica, sube en el burro que si tiene vergüenza bastante le has dicho”.
Me centraré ahora en el divertimento obligatorio. Ese que al margen de que tengas dolor de muelas, gripe o biorritmos negativos, te obliga protagonizar justo en ese momento y en ese lugar, unas veces como primer actor, otras como secundario, eso depende del nivel de alcohol en sangre y del de estupidez genética, que tanto monta, escenas grotescas y denigrantes.
Porque, ¿quién no ha visto uno de estos tipos parapetado tras un matasuegras, pitándole al oído, en la nariz o en el escote, a sus sufridos vecinos de silla?. Cuya pretensión no es otra que celebrar que están allí, infectados hasta la médula del virus de la estupidez; virus que por otra parte no tiene cura y del que se puede absorber todo el que se desee, pues es inagotable.
Lástima que algunos de estos actos, sean, desgraciadamente, observados y analizados desde un remoto rincón por quien por agravio social (o conyugal) y poder corporativo, arruinarán el futuro del protagonista borrándolo de la "lista" del próximo evento tradicional (que bien podría llamarse: tonta).
Salud y cordura en 2009.
[Todo el escrito está redactado en género masculino, por torpeza literaria, pero cabe adaptarlo mentalmente al que en cada caso corresponda]
martes, 2 de diciembre de 2008
Ir al cine
Recuerdo que hace años había un crítico de cine llamado Alfonso Sánchez, al que escuchaba con curiosidad en el único canal de televisión que sufríamos: "la televisión española". Aquel hombrecillo de voz gangosa nos orientaba sobre las películas en cartelera de forma entretenida y creo que también acertada.
Pues bien, recuerdo también que un día, como único comentario de una película nos obsequió con la descripción del peinado que, al parecer bastante voluminoso había lucido la señora de su butaca de delante; razón por la que, al ser el hombre bastante bajito, no había podido disfrutar de la película, ni tampoco darnos su opinión.
Y de él me acordaba yo días pasados; aunque a decir verdad me acuerdo casi todas las veces que voy al cine, pero no porque sea bajito, que lo soy, ni porque se me sienten delante señoras con peinados voluminosos. No. Simplemente porque cuando voy al cine quiero ver cine y escuchar cine y si fuera posible oler cine; aunque esto último todavía no entra en la oferta. Y a menudo, muy a menudo, me veo rodeado por personas que pasan una parte de la película comentándosela al vecino de butaca, cuando no haciendo comparaciones con otras del mismo actor o director.
Pienso que se trata de una costumbre adquirida en el sofá de casa, delante de la televisión, y que luego se ha trasladado al cine, para desgracia de éste último y por lo menos mía. Pero crearme que me resulta altamente desagradable, pues al final me condenarán a ver las películas en mi proyector de DVD, renunciando al encanto del cine en el cine.
Y que conste que no he dicho nada del olor a palomitas, del rodar de botes de refresco bajo los pies, ni de esa costumbre de levantarse y marcharse nada más comienzan los créditos.
Felíz película!
Pues bien, recuerdo también que un día, como único comentario de una película nos obsequió con la descripción del peinado que, al parecer bastante voluminoso había lucido la señora de su butaca de delante; razón por la que, al ser el hombre bastante bajito, no había podido disfrutar de la película, ni tampoco darnos su opinión.
Y de él me acordaba yo días pasados; aunque a decir verdad me acuerdo casi todas las veces que voy al cine, pero no porque sea bajito, que lo soy, ni porque se me sienten delante señoras con peinados voluminosos. No. Simplemente porque cuando voy al cine quiero ver cine y escuchar cine y si fuera posible oler cine; aunque esto último todavía no entra en la oferta. Y a menudo, muy a menudo, me veo rodeado por personas que pasan una parte de la película comentándosela al vecino de butaca, cuando no haciendo comparaciones con otras del mismo actor o director.
Pienso que se trata de una costumbre adquirida en el sofá de casa, delante de la televisión, y que luego se ha trasladado al cine, para desgracia de éste último y por lo menos mía. Pero crearme que me resulta altamente desagradable, pues al final me condenarán a ver las películas en mi proyector de DVD, renunciando al encanto del cine en el cine.
Y que conste que no he dicho nada del olor a palomitas, del rodar de botes de refresco bajo los pies, ni de esa costumbre de levantarse y marcharse nada más comienzan los créditos.
Felíz película!
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Qué mesias?
Tras la desbordada alegría que se vive en el mundo "progresista" (y sigo sin saber qué narices quiere decir esa palabra), por que ya ha llegado el "mesias" a salvarnos, y conociendo los antecedentes y la limitada capacidad de maniobra con que cuenta, hago la siguiente reflexión:
He visto en los últimos meses como por unanimidad se afanaban en poner parches en las ruedas (es un símil), hicharlas a cada rato y otras tantas marrullerías para que sigan "rulando". Y no se me ocurre nada más que lanzar un insulto que lo dejaré en ¡ignorantes!, aún a sabiendas de que del todo no lo son.
Y es que ya no vale jugar con el IPC, el PIB, el IPI, los tipos de interés, la bolsa, el precio del petróleo o el cambio de la moneda. NO.
El sistema está agotado porque, como dice el refrán "se coge antes a un embustero que a un cojo", y esto ha sido mentira, es mentira y será mentira (no entraré en detalles, ¿son acaso necesarios?).
Yo no tengo la receta, ni creo que se pueda resolver en un santiamén; pero cualquier mente normal puede intuir que el "nuevo sistema" ha de pasar por nacionalizar los recursos naturales, incluida el agua, con el fin de evitar guerras e injusticias, y luego tener que hacerlo por "huebos" (ojo que está con "b") como está pasando con la banca, y por estatalizar, quiero decir por situar bajo un control estricto del estado, los cuatro pilares en que se sustenta la actual sociedad: sanidad, enseñanza, seguridad y banca.
Cuidando de que las estructuras o controles que los soporten sean eficaces y eficientes, para que no se conviertan en enormes órganos burocráticos y/o de corrupción (curiosamente la primera nació para evitar la segunda). Y, a partir de ahi, caminar hacia un mundo de gobiernos cada vez más coordinados, tarea tan urgente como necesaria para lograr que haya vida después de la muerte.
He visto en los últimos meses como por unanimidad se afanaban en poner parches en las ruedas (es un símil), hicharlas a cada rato y otras tantas marrullerías para que sigan "rulando". Y no se me ocurre nada más que lanzar un insulto que lo dejaré en ¡ignorantes!, aún a sabiendas de que del todo no lo son.
Y es que ya no vale jugar con el IPC, el PIB, el IPI, los tipos de interés, la bolsa, el precio del petróleo o el cambio de la moneda. NO.
El sistema está agotado porque, como dice el refrán "se coge antes a un embustero que a un cojo", y esto ha sido mentira, es mentira y será mentira (no entraré en detalles, ¿son acaso necesarios?).
Yo no tengo la receta, ni creo que se pueda resolver en un santiamén; pero cualquier mente normal puede intuir que el "nuevo sistema" ha de pasar por nacionalizar los recursos naturales, incluida el agua, con el fin de evitar guerras e injusticias, y luego tener que hacerlo por "huebos" (ojo que está con "b") como está pasando con la banca, y por estatalizar, quiero decir por situar bajo un control estricto del estado, los cuatro pilares en que se sustenta la actual sociedad: sanidad, enseñanza, seguridad y banca.
Cuidando de que las estructuras o controles que los soporten sean eficaces y eficientes, para que no se conviertan en enormes órganos burocráticos y/o de corrupción (curiosamente la primera nació para evitar la segunda). Y, a partir de ahi, caminar hacia un mundo de gobiernos cada vez más coordinados, tarea tan urgente como necesaria para lograr que haya vida después de la muerte.
miércoles, 29 de octubre de 2008
En los baños árabes
Mi cuerpo ya había soportado dos veces el paso por las diferentes piscinas. Del templado al frío y después al más frío aún, y luego de nuevo al muy caliente. Así es que me encontraba muy tonificado y lleno de vitalidad..
Reposaba ahora, quizás un poco ausente, con la espalda junto a la pared de la segunda piscina, observando el tiritar de unos y el alivio de otros, según su procedencia.
Así y todo, en mi subconsciente, había llamado la atención el paso de una mujer cuya mirada se había parado fugazmente donde me encontraba, con un gesto que intuía algún sentimiento. En el momento no supe qué me había querido comunicar, pero me inquietó.
Me estremecí suavemente, lo que me ayudó a salir del letargo y examinarla con un poco más de atención siguiéndola con la mirada, hasta que desapareció camino de otra poza.
Al poco volvió a pasar repitiendo el gesto de la vez anterior, y todo lo demás pasó a ser secundario, a no existir.
Nuestras miradas se encontraron y una sacudida eléctrica corrió a lo largo de mi columna vertebral. A pesar de la tenue luz de los candiles de aceite que colgaban de las paredes, descubrí el brillo de sus ojos moros y leí en ellos todo cuanto una mujer puede comunicar a un hombre aunque no conozca su lengua.
De repente dio media vuelta y entró en las duchas de hombres. Yo esperé algo más de un minuto, por ver si se trataba de un error. Transcurrido ese tiempo, puse fin a mi baño y, seguí sus pasos, al compás de los latidos de mi corazón que se aceleraba por momentos.
Al entrar pude percibir su cuerpo, insinuándose tras el cristal de la primera ducha y me apresuré a entrar en la contigua, separada por una fina lámina de vidrio traslúcido.
Durante la ducha en la que nos recreamos largamente, ella apoyó varias veces su cuerpo en la medianera. Yo cerré la boca para evitar que se me saliera el corazón.
Fuera, mientras nos vestíamos, abundamos en comentarios adolescentes que no reflejaban ni por asomo lo que ninguno de los dos sentía.
Un bañista que acababa de entrar se dirigió a ella para advertirle que estaba en el vestuario de hombres. Sonrió sin apenas inmutarse y dijo no haberse dado cuenta; a continuación, con una mirada cómplice, me espetó con voz más íntima: podría parecer que lo he hecho para ligar y nada más lejos, aunque ya que estoy aquí... lo que concluyó con una carcajada al unísono que rompió la poca tensión que quedaba en mi interior.
Tras un silencio estratégico obligado, fui yo quien, continuando con el juego anterior, inició el sempiterno y poco original interrogatorio (¿eres de aquí? ¿Conoces bien esto? ¿Dónde se puede cenar? Y no sé qué más.)
Ella se mantuvo elegante en las respuestas y ni fácil ni difícil en mis incursiones a su intimidad, haciendo gala de esa experiencia adulta que absorbe el interés. No había ninguna duda de que en aquel asunto yo, al menos por el momento, no había puesto nada de mi parte; y que estaba siendo dirigido desde cerca.
Algo más de una hora más tarde, tras un largo paseo, nos encontrábamos frente a frente en la terraza de un restaurante desde el que se podían contemplar dos ciudades; la real y la que guarda el Guadalquivir; invertida, imaginaria y caprichosa, prolongándose hasta casi debajo de nuestros pies.
La cena fue una exhibición de erotismo en todo. Gestos, miradas, risas, palabras y hasta el ruido de los cubiertos estaban impregnados de una música perfumada que anegaba la razón. Pero fue sobre todo en los silencios donde encontré los momentos más sublimes de placer.
La imaginé de infinitas maneras. Con el rostro cubierto teniendo solamente acceso a sus ojos, abiertos o cerrados, y yo descifrando el idioma embrujado que con ellos hablaba, o leyendo en las aletas de su nariz el ritmo de la respiración, o en los guiños de sus labios el sentido de sus mensajes.
Después, después, después. Sé que hubo un después. Siento que hubo un después, pero la cena me evaporó la razón y la memoria, y no fue el vino ni el Guadalquivir, no. Fueron sus ojos y sus manos, fueron sus miradas y sus caricias, sus susurros y sus besos, su cuerpo y quizá también el mío, del que ya nunca fui dueño.
Recuerdo vagamente risas y gemidos, palabras inconexas, su cuerpo contra el mío, sus pechos llenos y un momento eterno de placer.
El mundo, y nosotros dos solos en él.
Sentí frío y abrí los ojos, no sé cuanto tiempo pudo haber pasado. Estaba solo en la poza y con el agua helada.
;-)
Reposaba ahora, quizás un poco ausente, con la espalda junto a la pared de la segunda piscina, observando el tiritar de unos y el alivio de otros, según su procedencia.
Así y todo, en mi subconsciente, había llamado la atención el paso de una mujer cuya mirada se había parado fugazmente donde me encontraba, con un gesto que intuía algún sentimiento. En el momento no supe qué me había querido comunicar, pero me inquietó.
Me estremecí suavemente, lo que me ayudó a salir del letargo y examinarla con un poco más de atención siguiéndola con la mirada, hasta que desapareció camino de otra poza.
Al poco volvió a pasar repitiendo el gesto de la vez anterior, y todo lo demás pasó a ser secundario, a no existir.
Nuestras miradas se encontraron y una sacudida eléctrica corrió a lo largo de mi columna vertebral. A pesar de la tenue luz de los candiles de aceite que colgaban de las paredes, descubrí el brillo de sus ojos moros y leí en ellos todo cuanto una mujer puede comunicar a un hombre aunque no conozca su lengua.
De repente dio media vuelta y entró en las duchas de hombres. Yo esperé algo más de un minuto, por ver si se trataba de un error. Transcurrido ese tiempo, puse fin a mi baño y, seguí sus pasos, al compás de los latidos de mi corazón que se aceleraba por momentos.
Al entrar pude percibir su cuerpo, insinuándose tras el cristal de la primera ducha y me apresuré a entrar en la contigua, separada por una fina lámina de vidrio traslúcido.
Durante la ducha en la que nos recreamos largamente, ella apoyó varias veces su cuerpo en la medianera. Yo cerré la boca para evitar que se me saliera el corazón.
Fuera, mientras nos vestíamos, abundamos en comentarios adolescentes que no reflejaban ni por asomo lo que ninguno de los dos sentía.
Un bañista que acababa de entrar se dirigió a ella para advertirle que estaba en el vestuario de hombres. Sonrió sin apenas inmutarse y dijo no haberse dado cuenta; a continuación, con una mirada cómplice, me espetó con voz más íntima: podría parecer que lo he hecho para ligar y nada más lejos, aunque ya que estoy aquí... lo que concluyó con una carcajada al unísono que rompió la poca tensión que quedaba en mi interior.
Tras un silencio estratégico obligado, fui yo quien, continuando con el juego anterior, inició el sempiterno y poco original interrogatorio (¿eres de aquí? ¿Conoces bien esto? ¿Dónde se puede cenar? Y no sé qué más.)
Ella se mantuvo elegante en las respuestas y ni fácil ni difícil en mis incursiones a su intimidad, haciendo gala de esa experiencia adulta que absorbe el interés. No había ninguna duda de que en aquel asunto yo, al menos por el momento, no había puesto nada de mi parte; y que estaba siendo dirigido desde cerca.
Algo más de una hora más tarde, tras un largo paseo, nos encontrábamos frente a frente en la terraza de un restaurante desde el que se podían contemplar dos ciudades; la real y la que guarda el Guadalquivir; invertida, imaginaria y caprichosa, prolongándose hasta casi debajo de nuestros pies.
La cena fue una exhibición de erotismo en todo. Gestos, miradas, risas, palabras y hasta el ruido de los cubiertos estaban impregnados de una música perfumada que anegaba la razón. Pero fue sobre todo en los silencios donde encontré los momentos más sublimes de placer.
La imaginé de infinitas maneras. Con el rostro cubierto teniendo solamente acceso a sus ojos, abiertos o cerrados, y yo descifrando el idioma embrujado que con ellos hablaba, o leyendo en las aletas de su nariz el ritmo de la respiración, o en los guiños de sus labios el sentido de sus mensajes.
Después, después, después. Sé que hubo un después. Siento que hubo un después, pero la cena me evaporó la razón y la memoria, y no fue el vino ni el Guadalquivir, no. Fueron sus ojos y sus manos, fueron sus miradas y sus caricias, sus susurros y sus besos, su cuerpo y quizá también el mío, del que ya nunca fui dueño.
Recuerdo vagamente risas y gemidos, palabras inconexas, su cuerpo contra el mío, sus pechos llenos y un momento eterno de placer.
El mundo, y nosotros dos solos en él.
Sentí frío y abrí los ojos, no sé cuanto tiempo pudo haber pasado. Estaba solo en la poza y con el agua helada.
;-)
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