miércoles, 3 de septiembre de 2008

Agosto, golf resort

Agosto nos llama todos los años a ponernos en caravana por el carril de la izquierda, haciendo luces al coche de delante, para llegar cuanto antes donde nunca pasa nada ¿o sí?
Sí, sí pasa. Pasa que hacemos cola en la pizzería, en los pollos asados, en la panadería, en las hamacas de la playa y, por la tarde, en los helados y el café, esto último a 2 Euros (que son nada más y nada menos que 333 pesetas).
Pues bien, éste año, harto de los vecinos de siempre, de las barbacoas de siempre, de los gritos de siempre y del perro del apartamento de arriba, he alquilado un unifamiliar junto a un centro de ocio [unifamiliar: casa de 120 m2 en tres plantas, de los que 60 m2 son de escaleras].
Hasta ahora pasaba el susodicho mes en un “golf resort con SPA”, pero como el lugar había sido durante años un vertedero de basuras, la hierba del “green” crecía muy bien, pero le iban a la par las moscas, mosquitos, avispas y otros dípteros, ortópteros e himenópteros; y es que, eso de estar en plena naturaleza todo el día espantando insectos, cansa un montón.
Así es que este año, en el centro de ocio, ha sido muy diferente. Nada de insectos. El tal centro es un enorme solar polvoriento en un cruce de carreteras muy transitadas por todo tipo de vehículos y a todas horas (especialmente motos de escape libre, coches con “bacalao” a 200 decibelios y camiones); y en él han ido asentándose correlativamente sin fallar ni un solo día: un circo ruso, esos coches americanos con ruedas de tractor, los quark voladores y algún otro espectáculo espectacular de no recuerdo qué parte del mundo (quizá chino, que hay muchos).
Todos muy amables, pues nos invitaron al estreno. Pero no hizo falta ir, pues desde la cocina, con todo cerrado a cal y canto, se “sentía” el espectáculo a flor de piel hasta bien entrada la madrugada; todo gracias a las nuevas normativas del ruido y a su estricta aplicación por las diferentes administraciones.
Un año más, vuelvo encantado al trabajo. Ni síndrome postvacacional ni nada de nada. ¡Pues no he echado de menos yo el estrés ni nada!
Pero para el año que viene me han aconsejado otro “resort” en una zona que hay muchos “golf resort”, y donde creo que los lagartos pasean con cantimplora. Pero los reptiles son muy muy silenciosos.
¡Viva agosto y la parálisis del país!

Velocidad máxima

Me refiero a esos carteles que hay en carreteras, autovías y autopistas, redondos, con el fondo blanco, un número negro en el centro y rodeados de una franja roja.
Esos carteles, según el código de la circulación, indican la velocidad máxima que en cada vía tienen que mantener los vehículos a motor.
Pero resulta que no es así. Aquí, en este país, es la cifra a partir de la cual hay que calcular, y añadir un tanto por ciento (normalmente el 20), para obtener la velocidad mínima a la que hay que circular. Excepto que nos avisen (venden unos aparatitos para eso) o sepamos que hay próximo un radar de control de velocidad.
A esto hay que añadir otras normas de uso habitual; por ejemplo, que en autovías y autopistas debemos de circular por la izquierda y hacer luces si alguien osa ponerse delante. Y, si lo hace con un vehículo de poca cilindrada, tocar el pito al mismo tiempo.
Por lo que propongo a la DGT, que cambie los literales del código, para que coincidan con la realidad.

El Euro. Acierto y errores.

Nadie hoy, ocho años después, pone en duda el acierto de la moneda única europea; pero de ninguna manera quiere eso decir, que el acierto de su creación e implantación, haya sido todo aciertos.
Hubo errores, y muchos, pero desde un punto de vista puramente técnico, globalmente para todos los países y desde mi punto de vista, voy a destacar dos.
Uno, que la moneda base, el Euro, se acuñara en moneda de metal y no en papel moneda.
Se hizo sin duda por razones de costes; pero aunque parezca que se trata de un matiz nimio, no es en absoluto así.
El valor del papel moneda, del billete (en EE.UU. llaman al dólar “el billete verde”) es superior al de la moneda, aunque ésta sea anterior en el tiempo y más valorada cuando se acuñaba en metales nobles (oro o plata).
No voy a recurrir a sofisticados razonamientos psicológicos. No es lo mismo dar unos billetes que dar unas monedas. Tener billetes que tener monedas; por poner dos ejemplos fácilmente entendibles.
No nos quepa ninguna duda de que esta decisión contribuyó de forma importante a una parte de la “inflación oculta” que se produjo en todos los países con la implantación de la moneda única.
Y dos, el billete de 500 € ¿para quién y para qué?... ¿Cómo se les ocurre semejante barbaridad en la era de las transacciones electrónicas?
¿Acaso el objetivo era sustituir al dólar en los “maletines” (droga, tráficos ilegales, etc.)? Pues en ese caso el objetivo se ha cumplido con creces. Y también han conseguido facilitar el fraude fiscal de forma relevante.
Y, no contentos con eso, el BCE y los bancos nacionales le dan a la máquina de los billetes de 500 € sin control. ¿Es posible explicarlo?
Y ya he dicho que me limitaría a los más relevantes desde el punto de vista general y técnico, sin entrar en armonización fiscal y otros temas que pueden poner a la larga en peligro alguna economía cuya estructura y peso en la Unión, no merezcan ser tenidas en cuenta a la hora de las grandes decisiones.
Y, si no, ¡al tiempo!

Mis diálogos con la siesta

Son poco más de las tres de la tarde de un tórrido día de agosto en el sur.
La comida ha sido familiar. Siciliana. Incluida la discusión sobre no importa que, que escenifica el enfrentamiento generacional, los primeros escarceos para disputar el liderazgo tribal; todo así hasta completar un menú de lo más mediterráneo.
Y ahora llega lo mejor: la siesta.
De lo más alto de las escaleras desciende una música de “rap” subida de tono, que hace desear que las cigarras se multipliquen y vengan a mi regazo. En la piscina, unos amigos recién llegados del extranjero relatan a gritos el paraíso recién abandonado. La cerveza es mucho mejor, puedes trabajar o no, según te venga en gana, y ganan mucho dinero. Los santos de lejos son milagrosos, y cuanto más lejanos más milagrosos, dice un viejo amigo mío. [Mi amigo lo recita en otra lengua del estado español]
Mientras esto ocurre, yo acabo con la última mosca, ayudado por las páginas salmón del periódico del domingo.
Sin apenas tiempo para recuperarme, suena insistentemente un móvil que se adivina en algún bolso colgado del perchero. Enseguida otro y, entre móvil y móvil, suben de tono las risas de la piscina, de los que sin duda acarician la idea de viajar cuanto antes a cualquier paraíso de esos lejanos.
Por fin, cuando parece que mi oído se ha acostumbrado a todo, se abre la puerta y aparece una visita inesperada. Quizás ellos también creen que aquí estarán mejor que en su casa.
Ya todo me es indiferente. Mi efímera fiesta huyó más allá de los sentidos.

Dorada a la sal

El verano se acaba, y el calor relajado va recuperando perezosamente el estrés de un nuevo ejercicio que ni eso tiene de nuevo.
Así es que, nos disponemos a comer unos pescados en un lugar que garantiza que hace pocas horas, todavía plateaban reflejando en sus lomos la luz del amanecer.
Yo pido dorada a la sal. Si el pescado es fresco, como ahora, me gusta entero y sin más condimentos que un poco de cocción. La sal y el calor del horno son excelentes para eso.
El placer de sus mollas blancas de suave sabor a mar es único y me transportan a mis primeros años de vida, cuando a la sombra de los tambalillos, rebozado de blanca arena y oliendo a la brea de los calafates, comíamos pescado porque no había dinero para otra cosa.
Y ese placer, para mí se hace supremo cuando toca paladear las vísceras, ahora sí, condimentadas con unas gotas de limón. Mi bocado favorito.
Pero algo me alerta hoy que no es como siempre. Un trozo de plástico verde está alojado en su buche. Tiro de él con el tenedor y veo que le llega hasta la boca. Es un trozo de bolsa de las que hay miles de toneladas flotando y en el fondo de los mares.
Todo eso gracias al ser humano, a nuestra envidiada civilización.
Siento una mezcla de angustia y rechazo difíciles de expresar.
Dejo los cubiertos, apuro un vaso de agua y tomo una patata frita del centro de la mesa.
Alguien dijo que la edad de piedra no se acabó porque se acabaran las piedras. Del mismo modo creo que el hombre sobre la tierra desaparecerá (desapareceremos) mucho antes de que se extinga la vida en éste planeta.
Por suerte… para el planeta.

jueves, 8 de mayo de 2008

Los 3 cerditos

Ole con ole, ole
son 3 son 3
como los 3 cerditos
como los hijos de la Amparito
que son 3 son 3

el mayor
que no le come nada
sale tol fin de semana
y llega temprano por la mañana
pasa de la ensalada, del cocido y de la empanada
pero que empanada, que empanada
que lleva toda la panda
venden para ponerse que es cara
pero va y le para la pasma
pillan al camello no al que manda
la mafia gana, la pasma gana
los sabuesos de los que mandan

ole y ahi va uno
ole con ole, son 3 son 3

el mediano se queja, protesta
ve como está el tema, como margina el sistema
no es justo, nada justo
y se rebela
pero la pasma llega a su casa
dejando a Amparito pasmada
lo registran todo y no encuentran nada
magia, magia
hacen magia y aparece una traca que no estaba
ley antiterrorista contra Eduardo García, injustamente aplicada

ole con ole y van 2
ole con ole, ole son 3 son 3

en los recreativos está el pequeño
que se conoce hasta al dueño
ay como gasta el consumo le atrapa
tiene de todo de donde lo saca
pues pilla un coche hace un puente y se larga
rápido, rápido por la ciudad anda
pero la pasma se encarga
de esos robos esta encargada

ole con ole, ole y van 3
ole con ole, son 3 son 3

y Amparito...ahora vive sola...por mala
y sus hijos en otra casa
con barrotes en las ventanas
y yo quiero ser el lobo
para tirarla
de un soplido, de una patada
vamos, vamos todos lobos a derrumbarla
muchos soplidos, muchos patadas
hasta que los muros caigan

viernes, 18 de abril de 2008

Bicicletas en Valencia ¡Sí!

Bicicletas en Valencia ¡Sí!

Hay que continuar presionando a la administración para que facilite los carriles y las conexiones necesarias para que se pueda utilizar la bici como medio de transporte en Valencia. Es una apuesta importante para la mejora de la salud, desde muchos puntos de vista (más ejercicio, menos contaminación, etc.). Se necesitan además lugares para dejarlas con cierta seguridad y, cuanto antes, un servicio de alquiler razonable.
Pero digo NO a que sea el peatón quien tenga que pagar ese precio. Bien (mal) por la pasividad de la administración, bien (mal) por que supongan (suponen ya) una invasión de los espacios reducidos que en muchas calles quedan para el peatón, que tiene que compartir la acera con el aparcamiento de motos (cuando no de coches), sillas y mesas de bares, mobiliario urbano, árboles, semáforos y cagadas de perros. Todo esto ante la pasividad total de la "presulta" autoridad local, que no va más allá (hay excepciones) de cubrir objetivos difíciles de entender.
Mientras entre todos presionamos, por favor, RESPETO AL PEATÓN.
¡A deu sigau!