lunes, 27 de mayo de 2013

ARDEARTE

La lluvia jugaba al escondite asustando cuando más confiado estabas. Me quedé de pie bajo la sombrilla de un bar observando los goterones que chorreaban por los cuatro costados y el tiempo se paró.
Frente a mí, un chorro arrancaba música de la bandeja de un camarero dejada caer a la orilla de una mesa. Más allá, por los adoquines que el agua había convertido en espejos, chapoteaba una muchedumbre nerviosa que hacía bailar el reflejo de las luces de los bares. Varios jóvenes abandonaron el Döner Kebab que había a mi izquierda con una algarabía ajena al clima, que anticipaba el festín que les esperaba a juzgar por los envueltos que llevaban entre manos.
Al fondo tres personas se disputaban un taxi agobiadas por la bocina del coche que le seguía. Es en estos momentos cuando más se aprecia la importancia de la sintaxis.
Por la acera más próxima una mujer madura se dejaba cortejar por un joven que le brindaba amable sonrisa y el cobijo de su paraguas; era su segunda pasada en pocos minutos. Las noches de los viernes son prolijas en situaciones.
Un grupo de presuntas Erasmus pasaron ignorándome pisando mis zapatos. Lucían pantalones tan cortos que con esta climatología ponían en contacto todas las humedades hasta fusionarlas en una. Una estampa agradable. Su suerte es que los constipados suelen ser de nariz o garganta.
Tuve la impresión de que nadie me veía en mi privilegiada atalaya y seguí disfrutando de mi sigilosa observación.
Al cabo dejé de estar solo y comencé a recibir valiosas informaciones que trajeron al inevitable presente repleto de WhasApp, out-lock y cosas parecidas.
Por fin, unas piernas decididas me rescataron de aquel horror pasajero y me sumergieron en un arte que queda fuera de mis entendederas, y ante el que me dispuse a metamorfosearme en silencioso observador de nuevo.
No ha pasado mucho tiempo, pero sí suficiente para que no sea capaz de recordar lo que he visto ni tampoco lo que he pensado mientras perdía mi mirada más allá de lo que tenía delante de mí. Sin embargo, tengo la seguridad de que sería capaz de escribir una crítica que muy pocos identificarían como la de un inepto total en el tema. Sólo basta para ello que tuviera al final la firma adecuada.
No más de una hora estuve compartiendo una conversación, ajena totalmente a lo que nos rodeaba, a la sazón plagada de monosílabos.
Subí de nuevo a encontrarme con la lluvia con la sensación de que alguna de las expectativas de la convocatoria no se habían consumado. La calle continuaba destilando reflejos de charol; las velas sobre las mesas vacías habían sido apagadas por la humedad o estaban a punto de consumirse.
Tuve la sensación de que los deambulantes también habían abandonado alguno de sus objetivos e intentaban distraerse hasta encontrar los del sía siguiente.
Una fuerte alegría que me brotaba de no sé dónde me provocó una abierta sonrisa y caminé lentamente hacia un sueño largo y dulce.

17/05/2013.

De cómo un Elfo bueno se deshizo de una bruja buena

No me voy a extender en detalles porque creo que no vale la pena, iré directamente al grano o, como dice un buen amigo mío, a la descripción abreviada.
Digo en el título que es un Elfo bueno. Sí, ya sé que todos los elfos son buenos, pero es que este era muy muy bueno. De la bruja nada que añadir a lo que su nombre indica.
Como el Elfo era bueno, deshacerse de la bruja no fue lo primero que se planteó; por el contrario utilizó otros caminos alternativos. Sin éxito, como se puede suponer, por lo que tuvo que recurrir a lo peor. Quiero decir “a lo mejor”, supongo que se da por supuesto.
Voy un poco al detalle pues. Lo siguiente que hizo el Elfo fue morderse las uñas. Tanto tanto que acabó por comerse hasta el codo (más no pudo).
Ya existen en la historia o en la mitología otros casos similares; véase la Venus de Milo, sin ir más lejos.
A continuación optó por subirse por las paredes, como el tal David Cooperfield (o como quiera que se llame), o el Harold Lloyd. Bueno, éste último se subió a un reloj; el Elfo no tenía reloj ni de pulsera, de los que se llevan al final del brazo, pues recordaremos que no tenía brazo porque se lo había comido. Total que no se subió al reloj. Supongo que esto se entiende.
A continuación hizo muchas más cosas, muchas más. Hasta que finalmente optó por la solución definitiva, que no por deseada le fue fácil y placentera al bueno del Elfo.
NO, el placer vino después. Sí, por fin llegó.

Y así fue como pudo gozar en toda su intensidad de la música del silencio, del canto de los pájaros, del viento meciendo las hojas de los árboles o, en el peor de los casos, del rugido de los motores de los vehículos que pasan bajo su ventana.

jueves, 25 de abril de 2013

ARTE


En el arte actual (arte plástico sobre todo) el mérito y la dificultad no está siempre en el autor. Reside en primer lugar en el promotor o marchante, que ha de ser capaz de situar al artista de modo que su obra sea deseada; bien por su futura revalorización o bien por la distinción que suponga poseer y exhibir su obra en el entorno social en que se desenvuelva. Y en segundo lugar, en quien ha de explicar de forma convincente e imaginativa (éste puede ser cualquiera de ellos o un crítico de prestigio reconocido) lo que allí ha expresado el artista.
No importa que lo que se dice sea fiel a la realidad; es más, me atrevería a decir que eso ocurre en muy pocos casos. Es muy importante inventar, ser creativo y creíble, al menos ante el segmento social cuyo poder adquisitivo y nivel de ignorancia concuerda con el encadenamiento de estupideces que se están produciendo.
Si ya es difícil convencer del valor y del arte de obras clásicas cuya cotización no depende de la obra en sí, sino de a quien se la atribuyan los expertos de turno; cuando es más que sabido que en los talleres todos pintaban y el maestro firmaba o no según criterios que ahora posiblemente se nos escapen. Mucho más argumentar y convencer de obras actuales en las que el artista unas veces ha hecho lo que le ha pedido el marchante, otras lo que le ha dictado el estómago, una mañana de resaca o una noche de insomnio.
Una persona cuya amistad agradezco, me ha dicho al leer esto: "pero tío, al hablar así te estás excluyendo de los artistas, de los críticos y casi de todo lo que tenga que ver con el arte. Si dices lo que piensas acabarás siendo tu único lector o escuchante". Yo me he sonreído y le he dicho: "no me importa, sólo quiero no traicionarme. Y si alguien quiere compartir mi verdad le recibiré con una sonrisa. Es lo que ahora me hace feliz y lo que deseo".

EL TABLERO DE AJEDREZ


Miré de soslayo el tablero vacío de ajedrez que reposaba sobre la mesa junto a la ventana. Unos rayos de sol que habían conseguido escaparse de la bruma primaveral de la mañana hacían más blancas las casillas blancas, en contraste con las granates que yo había pintado así harto de los convencionalismos del blanco y negro.
Los dedos de Lang Lang regalaban mis oídos, un poco absortos por los efectos de mirto líquido, muy alejado de su significado vegetal, y de una infusión de yerbas silvestres que habían encontrado sitio en cada una de mis células para atemperar el vigor del alba. Me dejé llevar, que a menudo es el mayor placer que nos podemos permitir, y soñé que era yo.
Por mis párpados entrecerrados penetraron imágenes reales que confirmaban la teoría del big bang: somos uno. Sobre el tablero apareció una corona rodando hasta precipitarse fuera de él al vacío infinito. Miré el almanaque y no, no era la fecha que suponía. De inmediato me reconfortaron las teorías de Guerlain y un eslogan muy popular y utilizado en los últimos tiempos: ¡YES, WE CAN!.
Seguro que nos lo merecemos, pero ¿nos lo creemos?. ¡OJALÁ!

jueves, 11 de abril de 2013

LA MALA EDUCACIÓN


[Le dedico este relato a José Luis Sampedro, que tanto nos ha enseñado]
Ayer tuve un sueño. Soñé que me encontraba a Piaget en el huerto. Sí, en el huerto; estaba cultivando cebollas y tomates, lo saludé y se incorporó. Iba vestido con tres capas de jerseys y lucía una sonrisa serena, nada extraño en él. Me devolvió el saludo y me dijo ¿por qué no nos sentamos un rato?. Asentí y nos echamos sobre unos sacos que había junto al albergue donde se guardan los útiles de la huerta.
Al poco iniciamos una conversación que más bien fue un interrogatorio. Tenía yo tantas ganas de hacerle preguntas sobre la educación, siempre tan polémica, que sin apenas pedirle permiso, y también sin darme cuenta, inicié así el diálogo.
-         ¿Qué es la educación?
-         Nada del otro mundo. Nada y todo. Nacemos y allí, junto a nosotros, están todos los instintos. El primero el de supervivencia y luego todos los demás.
Entonces nuestros padres deberían de comenzar poco a poco a ir preparándonos para que nos desenvolvamos de forma autónoma en el entorno en el que nos va a tocar vivir. Pero nunca o casi nunca es así.
-         ¿Por qué ocurre esto?
-         Porque lo primero que dicen y piensan es “mi hijo”, nótese que el sustantivo va precedido de un posesivo. Y ahí comienza el error. Piensan que es de su propiedad, que tiene que ser su prolongación, una forma de perpetuarse en la tierra cuando él muera. Se esfuerzan en que tenga todo lo que ellos tuvieron, incluso lo que no pudieron tener. Y lo intentan modelar a su imagen y semejanza. No contentos con eso lo fuerzan a que haga lo que ellos no hicieron, para que sea el mejor de los mejores, bien en deporte o en los negocios o en qué sé yo. De modo que juzgue Vd. lo que puede salir de ahí.
-         ¿Está entonces Vd. en contra de la educación?
-         Le remito a la primera respuesta. Nada más.
-         ¿Podría ampliar un poco aunque sólo sean las ideas generales?
-         Encantado, claro que sí. Mire Vd. Le sobreprotegemos, le coartamos la libertad, le condicionamos sus iniciativas, cuando no se las prohibimos, y, lo que quizá es más grave, le mantenemos alejado durante todo el tiempo que podemos de lo que se va a encontrar cuando se tenga que enfrentar a la sociedad. Cuando llegue la hora de la verdad.
¿Se imagina Vd. a una persona que tiene que convivir con los animales de la sabana que la mantuviéramos en un colegio irlandés hasta la mayoría de edad y a continuación la dejáramos en medio de África?, pues aún lo hacemos peor porque entre eso y sobrevivir solo en la sociedad accidental no hay mucha diferencia.
-         Pero en las familias, en los colegios y en las universidades se enseña a eso, a sobrevivir en la sociedad.
-         ¡AH! ¿Sí?, no comparto su opinión, me da la sensación de que lo ha dicho Vd. sin pensar. De forma automática.
-         ¿Podría profundizar en algún detalle?
-         Claro, podemos comenzar por lo primero que le dije: sobreprotección. Comienza el niño a andar y, si se cae es todo un drama ¡que el niño se ha caído!. Luego, cuando algo mayor, si se hace sangre o si se pelea en el colegio o si se constipa, otro drama. Sin hablar de la protección a las emociones: el niño debe de tenerlo todo porque no puede sentirse en inferioridad con los demás, aunque cueste lo que no se tiene. Y la realidad es que sólo necesita cariño, apoyo y ejemplo.
-         ¿Es Vd. partidario de dejar hacer más que de conducir?
-         Tampoco es eso, el niño aprende sobre todo del ejemplo y de un principio de autoridad que debe de ser referente cuando se enfrente a la vida real, cosa que debe de hacerse de forma paulatina y cuanto antes.
Lo primero que está muy debilitado, cuando existe, que no siempre aparece con claridad, es una autoridad definida que debe de personalizar el padre. Fíjese Vd. que no sólo hay disensiones entre los educadores y los padres sino incluso a menudo entre los propios padres. Eso difumina la autoridad y hace que el niño llegue a pensar que la autoridad es él mismo. Desastroso, sencillamente desastroso.
-         Eso suena a libertad.
-         Pues sí, a libertad y a responsabilidad. No puedo decirle otra cosa porque no la pienso y he comprobado que lo que le digo funciona. Hay que cortar el cordón umbilical cuanto antes. Los padres y los educadores deben de estar ahí, pero prolongar dependencias y sobreproteger hay veces que hace más daño que el maltrato físico o psíquico.
Mire Vd., en el momento actual, en la sociedad occidental (por decirlo de un modo que se entienda) se dan continuamente situaciones de esclavitud y tiranía en las relaciones padres-hijos, por ese orden. Los padres, inconscientemente, asumen la situación de esclavos de sus hijos a los que han educado en una supuesta abundancia sin esfuerzo que a ellos les va a resultar dificil alcanzar sin esfuerzo. Y los hijos asumen la de tiranos porque son incapaces de abrirse camino en la “selva” del capitalismo despiadado que impera. No están entrenados.
Piense Vd. qué nivel de libertad se puede disfrutar en el mundo actual más allá de la autosuficiencia. Y si se depende hasta en lo más esencial de los padres o del Estado o de la sociedad, realmente la libertad queda dilapidada.
-         ¿No le parece muy duro esto último?, dice Vd. palabras que indican que estamos ante un error casi colectivo y de dimensiones importantes.
-         La sociedad actual está formando seres malcriados que no se han esforzado en absoluto y que tienen todo lo que desean y más. De modo que cuando se hacen adultos y quieren algo se vuelven a sus padres para que se lo faciliten. Se quejan de todo y achacan los males a la sociedad. Todo menos esforzarse para conseguirlo.
-         ¿Qué diagnóstico psicológico tiene esos comportamientos?
-         Uno muy sencillo: miedo y pereza por parte de las nuevas generaciones. Los dos van unidos y se fomentan tanto en los entornos de familia como por la sociedad civil. Y miedo y sentido de la culpabilidad en los padres. Porque la sociedad al estar atrapada por el miedo es mucho más gobernable, y eso interesa a quienes tienen que dominarla que cuentan con infinidad de recursos para ello. Hasta el punto de que cuando algún educador intenta forzar a los alumnos está mal visto y se le persigue, incluso por los propios padres.
Por suerte no todas las personas son así y existen las “anormales” (tenaces, trabajadoras, entregadas, motivadas) que tienen una gran autoestima y se superan día a día. Gracias a ellas estamos nosotros aquí hablando.
-         Ha dicho Vd. AUTOESTIMA, me ha parecido que enfatizaba, que lo decía con mayúsculas.
-         Sí, es que es el único fármaco que funciona. La seguridad en uno mismo se obtiene a partir del trabajo y del esfuerzo. Intentando cosas nuevas y audaces. Si se hace siempre lo mismo no se puede esperar llegar más allá.
-         ¿Qué futuro nos espera entonces?
-         No sé, no tengo muchas esperanzas. Sí creo que los líderes reales  de la sociedad que nos gobierna, desde la penumbra, tienen suficientes herramientas a su disposición para esclavizar a quienes no espabilen. La “mala educación” llevará a la ruina económica y a la esclavitud social a una parte importante de la actual clase media, salvo que reaccionen a tiempo, que sigo dudándolo.
El paro juvenil es consecuencia de esa sobreprotección a la que he hecho referencia antes, si no tuvieran el apoyo incondicional de la familia todos absolutamente estarían integrados porque habrían forzado su integración ellos mismos. La sociedad no la forman quienes la dirigen sino quienes la integran. Cuando la sociedad de forma solidaria toma unos derroteros no hay nadie que pueda pararla, pero no hay ni ganas ni solidaridad ni siquiera se plantea de forma teórica. Mire Vd., lo mismo que un deportista que entrena a diario necesita las endorfinas, también una persona que se sumerge en la pasividad y en echar la culpa a la sociedad de sus males necesita de su diario “pobre de mí” para sobrevivir. De nuevo vence la pereza, es una característica del ser humano cuando tiene asegurada la supervivencia, aunque sea sólo eso, supervivencia.
-         Vuelve a ser Vd. muy duro.
-         Quiere Vd. más detalle. Una persona sin ambición, porque todo le ha venido sin esfuerzo; que tiene cama, comida, artilugios electrónicos para “jugar” y muchas otras personas a su alrededor con las mismas “inquietudes y motivaciones”, ¿de qué esfuerzo piensa que es capaz?.
-         Si le parece, le haré una última pregunta y nos vamos a seguir con los tomates.
-         De acuerdo, de acuerdo, yo también prefiero los tomates.
-         ¿Cómo ha educado a sus hijos?
-         Mis hijos. Mis hijos han sido muy bien educados porque los educó su madre que no sabe nada de esto.
-         Muchas Gracias.

Y ME DESPERTÉ. Lástima porque podría ser verdad, y quién sabe si lo es.

Lanjarón-Cabo de Gata 2013


Echado en la cama escuchando los latidos de mi corazón me pongo a contar. Cuarenta y seis en un minuto, sí, son cinco menos que hace dos semanas.
Sólo por eso ya habría valido la pena es esfuerzo, pero ha sido más que eso. Mucho más que eso.
En la leja donde reposan los altavoces, ahora en silencio, una esfera color azafrán deja escapar una tenue luz. También eso importa, antes no estaba.
Y, no digamos que digamos, pero tampoco digamos que no digamos, pero iniciar la actividad diaria sin tener que dar la conformidad al peinado de un hippy con nombre de torero, reconvertido a biólogo es a todas luces un gran alivio.
Ninguna mención para el doctorado en leyes con aspecto de maestro de kun-fu, orden constancia y método, que asciende las líneas de máxima pendiente al mismo ritmo que pasea por la platería.
Han sido ocho días, seis con el culo en el sillín, en los que hemos compartido lluvia, viento, cuestas, ríos casi navegables, fotos, nombres latinos de la flora silvestre, silencios, ¡ah! y wassap, mucho wassap.
Y aquí, como final, un incauto con montura improvisada y equipaje de quita y pon (lo mismo), deficitario de todo excepto de voluntad.
El equipo descrito con el detalle que se puede leer, equipado con cuatro pastillas de chocolate negro "made in pampaneira", agua y chicles de menta, consiguen acabar vivos en el Cabo de Gata, pedaleando desde la fría Lanjarón, al pié de la nevada Sierra Nevada. Para ser exactos, no siempre pedaleando, ya que otras veces ha sido a "golpe de pedal" (en la espinilla, en el gemelo o en el tobillo), encima o debajo de la bicicleta.
Las montañas nevadas (sin banderas al viento, por suerte) nos vigilan casi todo el camino, y nos recuerdan que los casi 5.000 m de desnivel que salvamos podrían haber sido más; las cuestas no se distribuyen homogéneas y nos obligan a escalar a veces por pendientes en torno al 20% (sólo llevo disponibles 6 piñones), que luego hay que descender de forma emocionante para mí que no llevo freno detrás; todo un reto para la adrenalina. El escaso sol, cuando aparece se desquita hasta el punto que temo tener que ducharme.
Cuando el camino se ameniza con piedras (Almería en fenicio significa piedra), llego a preguntarme ¿quién me manda a mí a venir aquí?. La respuesta es fácil: estas experiencias son como mirarse a los ojos sin necesidad de utilizar un espejo. Fijan a la tierra, elevan a lo más alto y unen a los que nos rodean sin que nuestra voluntad se manifieste. De forma natural y automática.
Y como recompensa el magestuoso Cabo de Gata, envuelto en llúvia y neblina y azotado por el fuerte viento. Nada importa si de fondo está el mar, la mar.
Contra los ocultos deseos de alguna reina mora, un artilúgio llamado GPS nos ayuda en el camino. La constancia doblega todas las voluntades; a ver si es verdad y es esto una puerta al acceso de otros sueños.
Pero este breve relato no puede ocultar las situaciones particulares con que nos sorprenden los “ocho días de oro de Al Aldalus” (sin descuentos ni ofertas). A saber.
Un conductor de autobús con el que la compañía se puede ahorrar el letrero de “No hablar al conductor” o cambiarlo por el de “Cuidado con el perro”.
Un acompañante magrebí cuyo perfume me transporta a mis noche en las gargantas de M’Goum, compartiendo lecho con las mulas.
Una cantinera que ofrece decenas de clases diferentes de té y otras tantas ginebras, mientras afirma que allí sólo viven alpujarreños. Será la herencia de Gerarld Brenand.
Una ruta supuestamente ciclable a través de la Alpujarra (Lanjarón, Bubión, Pampaneira, Capileira, Pítres, Trévelez y otros tantos), que omite cual es el lugar en el que se han de colocar la bicicleta y el ser humano que la lleva. ¿Arriba y abajo o abajo y arriba?.
Unas noches amenizadas con música de jazz sin ayuda de instrumentos, propias de Le Cirque du soleil.
Mi más encendido recuerdo para Aben Aboo, último “rei” de Montenegro, señor de las Alpujarras; y para Aben Humeya, del que ya casi nadie se acuerda, pero que reinó por estos lares.
Y no olvidaremos nunca a las diferentes subespecies del “homo sapiens” que han sido muy eficientes desviando caminos, echando escombros y derribando señales, para hacer más interesante nuestra ruta.
Gracias sobre todo a la naturaleza que no deja de arroparnos con sus diferentes especies: rosa canina o escaramujo, jara, tomillos, retama, olivos, almendros, cipreses (incluso el arizónica) y tantas y tantas otras que Antonio va nombrando cientificamente; vigiladas desde arriba por las sierras Nevada y de Gador.
Los caminos, las calles y las plazas están vacías, y cuando nos tropezamos con alguien no dudan en alabar nuestra fuerza y nuestra alegría.
Gracias Andalucía. Gracias compañeros.

martes, 12 de marzo de 2013

Al Moro Muza



Nos conocimos de niños. Ambos vivíamos en el mismo barrio, en la misma ciudad e incluso en el mismo país, pero realmente nos conocimos en el colegio, a pesar de haber infinidad de estos. Fue fácil porque yo nunca fui al colegio.
Para situarnos, pensad que la isla del archipiélago en el que vivíamos se encuentra en el centro del continente, más o menos entre Filipinas e Irlanda. De modo que se entiende que al hacer mucho frío durante todo el año, pasábamos la vida en la calle, calle que nunca me dejaron que yo pisara.
Se llamaba (y se llama) Ferdinand, nombre de origen quechua que le puso un mendigo que pasaba por allí el día que salió solo de la nada por primera vez. Y era el hermano que ocupaba la posición central entre los 5 ó 9 que eran. Nunca lo recordaré. Él tampoco.
Yo le envidiaba. Sí, le envidié siempre porque era invisible. Fue así durante toda su vida. Hoy todavía es invisible. Cuando no había nadie no se le veía, mucho menos cuando eran multitud. No recuerdo su cara ni su estatura ni nada de nada. Recuerdo su nombre porque lo apunté.
A pesar de todo eso, o posiblemente gracias a, sabía estar. Si necesitabas algo él te ayudaba sin que se notara, y si hacías un esfuerzo y prestabas atención hasta dicen que podía vérsele. Estaba sin estar, hacía las cosas sin hacerlas, pero nunca nada malo, por eso descartó enseguida dedicarse a la vida pública. El mundo perdió su oportunidad y él ni se dio cuenta.
Vivía en un castillo subterráneo y se desplazaba en una vieja locomotora tirada por patos para no contaminar y para que no se le notara. Pero la historia que quiero contar de Ferdinand está muy alejada de la aplastante lógica que le rodeaba, y se relaciona con su último verano.
La familia pasaba los 8 meses de vacaciones en una villa de una sola habitación, sumergida entre nubes, que poseían en otro lejano país apenas distante unos metros del castillo. Allí tenían cada uno una silla de enea y en ella se arrellanaban cómodamente hasta esperar que pasara todo.
Aquel verano, la familia desplumó los patos para que corrieran más y así llegar antes a su destino, y a Ferdinand no le dio tiempo a abrir todas las puertas y ventanas del castillo para que no entrara nadie, antes de que la familia partiera. Él no se percató de tal situación e hizo lo que siempre hacía al acabar, tomar el ascensor y apretar el botón de puesta en marcha. Justo en el momento en el que el jardinero, que era quien conducía los patos, desconectaba la energía. Siempre lo hacía así. Nadie se podía imaginar en un castillo de una sola planta que alguien tomara el ascensor para irse de vacaciones; si hubiera sido para quedarse hubiera tenido sentido, pero así…
Con las prisas, todos partieron a su magna residencia de vacaciones, les encantaba estar allí casi 250 días mirándose los unos a los otros. Y nadie, durante los casi 250 días se percató de que no estaba la mirada de Ferdinand, pensaron que tendría los ojos cerrados.
Todo pasó en un soplo, porque cuando las personas nos miramos a los ojos todo es más rápido. Tanto que llegó el día de la vuelta. A los patos les habían crecido las plumas y el jardinero no se había traído sus útiles de trabajo, de modo que los patos, todos emplumados, tardaron varios días en llegar al castillo. Ya se sabe que ellos vuelan y nadan lentamente, pero tirar del carro con plumas les cuesta menos.
La llegada fue apoteósicamente triste. Tenían que volver a aquel inmenso castillo, cada uno a sus habitaciones, sin apenas poder mirarse a los ojos, pero se resignaron. Y fue el más pequeño el que tuvo la feliz idea de coger el ascensor para tardar más en llegar a su cuarto, con la consiguiente alegría, pues allí se encontró el esqueleto de Ferdinand. Supo que era de él porque el cocinero les había grabado a todos su nombre en el fémur y allí lo ponía bien claro “éste fémur, que no otro, es de Ferdinand”.
Todos celebraron encontrarlo de nuevo, aunque a decir verdad nadie se había dado cuenta de que faltaba. Era tan, tan invisible, insonoro e insípido, que no cabía otra cosa.
Y es por eso que yo, desde que Ferdinand me lo ha contado, me esfuerzo en que se me note. Salgo a la calle con traje, como en las comidas, duermo en la cama y otras muchas barbaridades. Esos comportamientos inhabituales ya me han costado varios arrestos. El último un año de viaje dando la vuelta al mundo por ir por la calle con corbata; bueno, eso es lo que dijo el ujier que había en la puerta, que es quien dictó la sentencia, pero en realidad yo sé que fue por apedrear siete escaparates, y es que el número 7 les sugiere malos presagios: "El Enanito y las 7 Blancas Nieves" (envidia del enano) o cualquier cuento chino a mano.
Pero yo prefiero disfrutar de esos arrestos antes que correr el riesgo de aburrirme durante 8 meses dentro de un ascensor sin tener a nadie a quien mirar a los ojos. No quiero acabar como el pobre Ferdinand, que ya me dijo ayer, mirándome a los ojos, que nunca más subirá a un ascensor.
Me siento muy feliz de haber conocido a Ferdinand, aunque nunca lo haya visto ni sepa si existe. Es lo que tiene pasar tan desapercibido, que reinas en el mundo de la nada, como yo.
[Dedico esta poesía al Moro Muza, por su cumpleaños]