domingo, 13 de abril de 2014

Clóchinas al vapor

Habíamos bailado hasta la extenuación. Buscamos una terraza donde soplara algo de brisa y nos sentamos. Teresa pidió un porrón de vino con gaseosa y unos trozos de limón, y para comer unas clóchinas al vapor.
Se sentó frente a mi cual si la silla fuera una hamaca de playa y fijó sus ojos más allá de aquel lugar. Aunque podría parecer que me miraba, estaba visualizando pensamientos, quizá deseos.
Con el brazo arqueado se acariciaba lentamente la punta de su dedo índice con la lengua, mientras esbozaba una sonrisa ausente.
Estaba radiante. Yo no podía controlar mis ojos que seguían a mis deseos, desde su generoso escote hasta los pezones que amenazaban con romperle la camisa, pasando por el hombro descubierto o por el movimiento de su respiración, más agitada que de normal.
Llegó el camarero, y, a partir de ahí poco recuerdo. Sólo que como buena zocata dio un largo trago del porrón estirando el brazo al máximo, dejándolo de nuevo sobre la mesa, y que rompió a reír sacudiéndose las gotas que habían salpicado su camisa. Yo me incorporé a cogerlo y fue cuando el olor característico de las clóchinas, su color rosado y la textura de la primera que apenas acerté a ponerme en la boca me secuestraron.
Es algo que me ocurría cada vez que comía el dorado molusco, y que sin duda Teresa desconocía, si no no lo hubiera pedido, ¿o sí?.
Las clóchinas al vapor me recordaban a una antigua amiga, Júlia. Era como cuando ponía mi cabeza entre sus piernas oliendo a mar, disfrutando de sus jugos internos al compás de sus alaridos y estrujando su cuerpo hasta donde me alcanzaban las manos. Hasta un nivel de erotismo que no alcanzaba ninguno de los juegos en los que me abandonaba con mis amigas. Perdía, y perdí, toda noción de espacio y tiempo, que luego tardaba en recuperar, no antes de que Júlia lanzara un particular gemido, previo a desmayarse, y a mi me corríera una corriente por la columna que parecía me iba a hacer explotar. Así acababa el encuentro.
Con esos recuerdos tan vivos, a los que me transportaban las clóchinas, cómo iba a prestar atención a lo que pudiera ocurrir en ese momento a mi alrededor. Sólo en un momento de semi-consciencia vi a Tere estrujándome entre sus pechos y besándome, mientras con algo de preocupación, me susurraba si estaba bien.
En ese momento, mi único objetivo fue impedir que la erección que tenía me rompiera el pantalón, así es que lo resolví del modo más próximo y mejor para los dos. No sin antes volver a mi estado de no consciencia interesada.
Lo siguiente que recuerdo fue una fría sensación en el culo; miré y era un banco de plástico blanco aunque algo roñoso. Levanté la vista y allí estaba un señor vestido de negro, que en ese preciso momento decía: "juicio breve de escándalo público". A mi lado estaba Teresa ¡menos mal!.
Aquel hombre habló y habló, cada vez con más furia, acabando cada frase con... aplicación de la pena máxima.
Finalmente sumó todas las penas y condicionó mi libertad a una enorme suma que no recuerdo (total no iba a poder pagar), mientras que a Teresa la dejaba en libertad.
Intenté hablar, aunque no sé qué hubiera dicho si no recordaba casi nada, y lo que recordaba tampoco hubiera arreglado la situación; pero Teresa me lo impidió tapándome la boca. Se levantó y le dijo algo al oído al señor de negro. Éste, con un gesto de disgusto dijo no sé qué de "atenuantes" y redujo la multa a una cantidad que admitía perfectamente mi tarjeta de crédito. Pagué y salimos fuera.
Quise agotar mi curiosidad y salir de dudas, y pregunté a Teresa qué le había dicho al juez, porque resulta que era un juez. Pero ella permanecía muda.
Por fin, conteniendo la risa dijo... es que es mi padre, y le he dicho que si no rebajaba la pena la pagaría con su tarjeta.
Nos fuimos a tomar un porrón de vino y unas clóchinas.

jueves, 13 de marzo de 2014

ALDO

Aldo iba cada noche a aprender danza al patio de Ivana. Al principio se movía torpemente pero finalmente, gracias a su constancia y la paciencia de Ivana, había conseguido disfrutar sintiendo dentro la música y haciendo que parte de su cuerpo se moviera con ella.
Una noche, cuando durante varios giros sus ojos se encontraron comunicando aquello que no expresan las palabras, porque son limitadas, Aldo le dijo a Ivana con voz tenue: “Cásate conmigo. Tengo cuatro mujeres, pero puedo mantener una más sin dificultades.” Luego de unos segundos de perplejidad, Ivana le contestó con una sonrisa: “Ya estoy casada”. Aldo no se inmutó, al contrario, su cara se iluminó más y le espetó: “No importa, a mi me basta con tenerte cerca para poder bailar contigo.”
Su insistencia, la ligereza de su verbo y la suave liquidez de su mirada sobrecogió a Ivana, que acabó por dudar si debería responder o no. Temía que cualquier objeción fuera superada con un nuevo argumento dejándola inerme.
Continuaron bailando todavía mucho tiempo. Se miraban, reían, y al final acabaron coincidiendo en una gran carcajada que les costó atajar.
Se pararon uno frente al otro y a Ivana le rodaron dos lágrimas como perlas transparentes que fueron a iluminar el parqué bajo sus pies. Ella tragó saliva e intentó articular unas palabras, pero él no le dejó. Se adelantó para decirle que no tenía cuatro mujeres, que había sido una broma, y que lo único que quería era alabar la gracia con que había sido capaz de enseñarle a disfrutar del baile.
Pero lo más importante de todo había sido que habían conseguido reír juntos hasta llorar. Reír es vivir en un mundo distinto y maravilloso, reír juntos en un cielo color índigo lleno de estrellas doradas, pero reír hasta llorar es un privilegio que está por definir.

Lo que nunca sabremos es lo que Ivana quería decirle a Aldo cuando él la interrumpió.

SI NO LO VEO NO LO CREO

Planté un árbol a la puerta de mi casa cuando tenía apenas un metro (el árbol, yo sigo igual). Lo hice torpemente o él no se sintió cómodo; digo esto porque comenzó a crecer algo inclinado.
Durante varios años he estado haciendo meditación y golpeándome el timo suavemente cada mañana con los ojos fijos en él. Hoy, por razones o motivos que no considero importante dilucidar, el árbol ha corregido su geotropismo y crece recto y vigoroso.
Hace unos días leí, escuché o ví, el medio no importa, un documental en el que cuestionaban el poder curativo de la homeopatía. Decían, y es cierto, que el principio activo se disuelve hasta 10 veces elevado a 30 en agua, y que es con el resultante con lo que se elaboran las bolitas azucaradas. Que analizando el resultado final, ni cualitativa ni cuantitativamente se puede detectar la presencia del principio activo (creo que son normalmente bacterias), ni trazas de ellas. Y que aún así, inexplicablemente, hay datos que avalan que funciona, que cura.
Arguyen que es un placebo y que lo que cura es el convencimiento y el deseo de curación de quien lo toma.
Sin duda tienen razón (todos). “Nos” enfermamos nosotros y “nos” curamos nosotros. Sólo hay un tenue tabique aún no transparente para todos que hace que no todos lo entendamos igual. Ese tabique comenzó a edificarse a partir de la concepción mecanicista de nuestro entorno, asumida colectivamente, lo que ha alejado por el momento el que haya una explicación que aceptemos con naturalidad.

El tabique desaparecerá cuando entendamos y aceptemos lo que le ha pasado al árbol que crece a la puerta de mi casa. Deseo que sea pronto.

COSAS DE CINE

¿Cuántas veces lo hemos oído?, seguro que muchas: ¡está de cine!, “eso sólo pasa en el cine” y tantas otras.
No obstante sí que hay cosas que no pasan nada más que en el cine. Unas lógicas y otras no tanto, unas buenas y otras raras, sobre todo raras. Vamos, que llaman la atención. Vamos allá:
Una mujer está sola en la cama de su casa, y al levantarse se cubre con la sábana, la cual arrastra hasta el cuarto de baño, donde se ducha la cabeza y treinta centímetros de su cuerpo.
Una pareja está follando (hacer el amor sólo lo hacen los franceses) y, cuando el tío se levanta resulta que lleva los calzoncillos puestos. Mi bisabuela me contó que llevaba en sus tiempos un camisón con un agujero, pero los calzoncillos ya no los hacen con agujero, que yo sepa. Parece que para las películas, especialmente las de “jolibus”, sí.
Hay que dar sensación de que es noche cerrada y no hay nadie por allí, pues la gran mayoría recurre a los ladridos de perros. Sabíamos que los perros tienen buen olfato, no que odiaran a los cineastas noctámbulos.
Todo eso, y mucho más, pero no quiero extenderme porque deseo dejar un párrafo para lo que ocurre en el cine, pero fuera de la pantalla.
Me refiero a tener que soportar el ronroneo y el perfume de las palomitas de maíz, también llamadas “roses”, “pop-corn” y “tostones”; el último se ajusta más a lo que son en realidad. Nada que ver con el olor a tortilla de patatas de antaño, que abría el apetito hasta el límite.
Y no quiero acabar sin homenajear a los que confunden la sala de proyección con el sofá de su casa y se pasan toda la película haciendo comentarios en voz más que alta sobre lo primero que se les ocurre.
Y aún así, pagamos bastante más de mil pesetas (perdón quise decir unos pocos euros) por ir al cine.

Tendremos que reflexionar. Todos.

ASIER YA TIENE 5 AÑOS

Diciembre 2013.
Nada más acabar el entierro de la abuela Pilar en el pueblo, cominos rápidamente y nos vinimos a Valencia.
Queríamos pasar por Beniarbeig y llegar a tiempo de recogerte del colegio, en Benidoleig, a apenas 3 kilómetros de tu casa. Salías a las 5 de la tarde y venía un poco justo.
Aún así, cuando llegamos a la puerta faltaban casi diez minutos para la hora, aparqué el coche y me adelanté hasta la puerta. Grandma me siguió arrastrando su tristeza y transmutándola en alegría por verte. En el coche se quedó la tía Encarna silenciosa y Camino fumándose un cigarro.
Saliste y nos abrazaste como siempre. Luego fuimos hacia el coche. Tú te acercaste a la puerta de atrás, donde estaba la tía Encarna; ella abrió la puerta.
Fue entonces cuando noté que el tiempo se paraba y que tu te tornabas algo inquieto. Te quedaste mirando fijamente a la tía y, con una voz inhabitual en ti, algo temblorosa le preguntaste con timidez mirándola fijamente: “¿la otra se ha morido?” (la otra era Pilar, tu bisabuela). La tía vaciló unos segundos y contestó: “Sí”.
Se hizo un silencio, tú bajaste la vista y yo sentí un vacío en el estómago. Se siente con el estómago. Fue tu primer encuentro con la muerte, que, aunque un poco lejano, no te había pasado desapercibido. Sin duda fue lo primero que habías preguntado de forma apresurada cuando fuiste hacia el coche. Todos sabíamos, tú también, que aunque la vida seguía ya nada iba a ser como había sido hasta ahora.
Tenías sólo cinco años y comenzabas a tener una idea de lo rica y compleja que es la vida, tan llena de sentimientos y situaciones diferentes.

Un beso.

domingo, 16 de febrero de 2014

SIGLO XXI, EXCESO DE TECNOLOGÍA

SIGLO XXI, EXCESO DE TECNOLOGÍA
Nunca hasta ahora, los seres vivos que han habitado este planeta, habían vivido situaciones similares. Explico mi reflexión:
A principios del siglo pasado, los avances tecnológicos comenzaron a producir radiaciones para usos industriales, militares y sociales, que sometían a todo el planeta a esas radiaciones, tanto si las utilizaban para su beneficio como si no. Por poner ejemplos, el radar y las ondas de radio, como más antiguas, y en las últimas décadas, la televisión, los teléfonos móviles, el wi-fi y un sinfín de ondas de diferente frecuencia y longitud, cuyos efectos sobre los seres vivos que habitamos el planeta son en su mayoría desconocidos.
Estas ondas, por sus características, atraviesan paredes, cristales, muros y metales como si nada; también tejidos vegetales y animales, afectando de un modo en parte desconocido y a menudo ignorado a las radiaciones y frecuencias de los propios tejidos a los que atraviesan. Porque, no vamos ahora a poner en duda los experimentos de Lakhovsky, sería estúpido o, lo que es aún peor, interesado.
Ninguna voz se ha alzado en contra o cuestionando estos efectos de forma relevante. Pues la mayoría no valoramos nada más que lo que se cuenta, se pide o se pesa; sobre todo si se ve o se toca, pero si queda fuera de estos límites, no nos interesa.
Por otra parte, nos sentimos muy bien porque valoramos positivamente las posibilidades que estas tecnologías nos dan: comunicación, distracción y libertad, entre otras.
Desdeñamos su adictividad, la posibilidad de que sean el origen de algunas afecciones que sufrimos (he evitado decir enfermedades), o por poner sólo un ejemplo, que contribuyan al descenso del número de abejas, que es sobradamente conocido que se guían por estos tipos de ondas; o a las migraciones de aves y peces.
Leemos un día lo que dice la OMS y al día siguiente lo olvidamos. La OMS no insiste porque ante el abandono de su financiación por parte de los estados, ésta ha sido asumida por grandes multinacionales y, cómo van a insistir y tirarse piedras sobre su propio tejado o el de sus hermanas de “sangre” (léase dólares, euros o yenes) .
No pretendo ser un alarmista, esto no es un grito desesperado ni nada parecido, si alguna vez tomamos consciencia de nuestro poder simplemente como consumidores, exigiremos garantías de todo aquello a lo que nos someten, y encima pagando.
Desde que existe el planeta los seres vivos que lo han habitado han estado sometidos al campo magnético terrestre, y al que nos envían las tormentas solares y a otros muchos procedentes del universo, sin desdeñar los producidos en el propio planeta derivados de las erupciones volcánicas o de los procesos radiactivos naturales.
Pero, ¿es eso comparable a lo que ahora nos rodea, tanto si nos “beneficiamos” de su existencia como si no?, ¿tenemos idea de cómo nos está afectando?, ¿y de cómo afectará a generaciones que están ahora iniciando su andadura sometidos cada vez a mayores radiaciones?.
No, no lo sabemos, aunque presumo que puede haber quien si tenga conocimiento de ello pero no tenga intención de decirlo o no le dejen hacerlo. Algunos países han comenzado a legislar limitando estas radiaciones (Finlandia, Alemania), aunque tímidamente; otros, la mayoría, nada de nada.
El camino va a ser largo y complicado, sobre todo mientras cada uno de nosotros vayamos por el mundo con al menos un artilugio en el bolsillo, tengamos en nuestro entorno otros tantos elementos emisores y/o receptores, porque son un símbolo del progreso tecnológico que vivimos y de nuestro nivel de vida.

No hemos pensado y quizá nunca pensaremos que vivimos un exceso de tecnología que no beneficia nuestro bienestar ni nuestra salud.

viernes, 14 de febrero de 2014

¿Cómo actuar...?

…si huele a gas

-      Abra las puertas y las ventanas.
-      No manipule los aparatos.
-      No genere llamas.
-      Cierre los mandos de los aparatos de gas y la llave general de paso.
-      Llame al teléfono de urgencias.
-      No vuelva abrir las llaves de paso, ni a encender llamas ni nada hasta que no se haya detectado y reparado el problema.

… si huele a mierda

·        Aquí hay que matizar: a) estás acompañado, b) estás solo.

a)   estás acompañado.
-      Mire cada uno las suelas de sus zapatos por si estuviera ahí el origen.
-      Inspeccionese el entorno haciendo inspiraciones nasales suaves.
-      Reúnanse y sincérense sobre la posibilidad de que alguno, con o sin intención, haya dejado escapar aires por su esfínter anal.
-      Si todo esto resulta negativo, abran las ventanas, perfumen el local y tengan la seguridad de que ALGUIEN MIENTE.

b)   estás solo.
-      Repítanse los dos primeros puntos del apartado anterior.
-      Si resultan negativos, consciente o inconscientemente TE HAS CAGADO.
-      En el último caso, toma precauciones para posibles situaciones similares en el futuro. Por ejemplo: échate una prenda de ropa interior en el bolsillo. Más vale prevenir que curar, que dice el refrán.


El segundo caso tiene tres ventajas sobre el primero: una que no hay peligro de explosión ni de intoxicación (generalmente, hasta ahora y que se haya confesado), dos que se suele resolver con más rapidez (si hay sinceridad) y tres que no hay que llamar al teléfono de urgencias, que últimamente suele ser 902, en el que te tienen esperando un buen rato (“por motivos de seguridad la conversación puede ser grabada; todos nuestros agentes están ocupados, rogamos permanezcan a la espera”) y acaba costando un güevo.