La mano es importante. Claro que lo es.
Tampoco hay que magnificar pues si nos paramos a valorar
también lo son otras partes del cuerpo, los sentidos y así hasta la última
célula.
Pero hoy me he quedado mirando la mano. Más exactamente
la palma de la mano, y, quizá porque acababa de pasármela por la cabeza en la
que quedaban restos de aceite o porque mi curiosidad estaba más sensible, me he
parado en la gran riqueza de arrugas de todos los tamaños que la surcan de acá
para allá y de allá para acá.
Eso me ha hecho recordar que hace algún tiempo leí que en
esas arrugas reside toda nuestra vida codificada. Tanto la pasada como la
presente e incluso el futuro. Sea como sea, hoy me ha sobrecogido su belleza.
La de sus formas, sus diferentes tonalidades, incluso una energía especial que
he percibido que surgía de ella y que he tenido la tentación de calificarla de
vida.
He estado largo rato mirando las líneas principales y
otras más pequeñas, innumerables, que con un orden desordenado surcan dedos y
cada centímetro de piel, la mayoría con apariencia de innecesarias, lo que las
hace más cargadas de misterio y de valor para mí, así como portadoras
potenciales de esos mensajes a los que me refería al principio, un poco en
broma y un poco en serio.
Al rato me he dado cuenta de que mi mirada se perdía en
los detalles de la mano igual que se pierde mirando al cielo en las noches
estrelladas en la montaña.
Y he pensado que quizá será eso, que más que manos tenemos
cielos.
2 comentarios:
Me gustaría osbervar tus cielos y yo te enseñaría los míos. Bonito momento de contemplación, gracias por escribirlo.
La belleza de esas palabras, que intentan competir con su espíritu sagrado (que no religioso), animan a seguir escribiendo eternamente.
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